León XIV habla en Mónaco de la «soberanía» de Jesús y pide frenar los «impulsos del secularismo»
Los dos primeros actos del Papa fueron en el Palacio del Príncipe y en la catedral de la Inmaculada Concepción.
León XIV bendice a los fieles que le reciben en la catedral de Mónaco.
León XIV fue recibido a su llegada a Mónaco, tras dos horas de viaje en helicóptero, por el Príncipe Alberto II y por su familia, con quienes mantuvo un encuentro privado a primera hora de la mañana.
Es el primer viaje de un Papa a la capital monegasca, aunque Alberto le mostró dos cuadros expuestos en el palacio de acogida que reflejan la visita del Papa Pablo III a la ciudad en 1538 y el paso del cadáver del Papa Pío VI en 1802. Aquel pontífice, que ocupó la Santa Sede en 1775 y murió en 1799 en el exilio tras ser expulsado del Vaticano por las tropas de la Revolución Francesa, fue trasladado tres años después a la basílica de San Pedro y su cadáver pasó por Mónaco, lo que fue así recordado en esta ocasión.
Las primeras palabras en Mónaco
Antes de dirigirse a la catedral para orar y predicar ante los católicos, León XIV se dirigió a los monegascos que le aguardaban en la calle y le vitorearon, en su saludo a una población mayoritariamente católica.
El pontífice tuvo eso muy en cuenta al recordar que Mónaco es "una ciudad-estado que se distingue por el vínculo profundo que la une a la Iglesia de Roma y a la fe católica", y que su "herencia espiritual viva" comprometen su riqueza "al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz". Incluso elogió su pequeñez, porque "en la Biblia, como saben, los pequeños marcan la historia".
Alberto de Mónaco se dirige a los monegascos antes que el Papa.
Eso sí, añadió "esta fe solo cambia el mundo si no evadimos nuestras responsabilidades históricas". Y eso genera unas obligaciones morales, pues "cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido, para que la vida de todos sea mejor".
León XIV recordó a los monegascos que son "de los pocos países del mundo" que tienen la fe católica "como religión de Estado", y ello "nos sitúa ante la soberanía de Jesús, que compromete a los cristianos a ser en el mundo un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une; dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad". De ahí que les invitó a "profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia" y a "elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora".
"Incluso en una cultura poco religiosa, muy secularizada", señaló el Papa -quien es consciente de las peculiaridades sociológicas del país-, "el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social puede revelar a nuestro tiempo la gran luz que viene del Evangelio".
En la catedral
León XIV se dirigió entonces en papamóvil hasta la catedral de la Inmaculada Concepción para la celebración del oficio de mediodía, ocasión de su primera predicación (por la tarde será en la misa).
Estuvieron presentes, además de la familia real, el arzobispo de Mónaco, Dominique-Marie David, y el párroco del templo, el canónigo Daniel Deltreuil.
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En sus palabras, León XIV predicó sobre el misterio de la salvación y utilizó una palabra muy definitoria, al referirse a la muerte en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo como una "víctima de expiación": "Cargó sobre sí el mal del hombre y del mundo, lo llevó con nosotros y por nosotros, pasó por él transformándolo y liberándonos para siempre".
Luego habló del "don de la comunión", entendido en el sentido de que "Jesucristo, el justo... no viene para realizar un juicio condenatorio, sino para ofrecer a todos su misericordia que purifica, sana, transforma y nos hace parte de la única familia de Dios".
León XIV lee su homilía en la catedral de la Inmaculada Concepción, ante el Príncipe Alberto II de Mónaco y la familia real, entre otras autoridades y fieles.
Por eso, los gestos de Jesús como "abogado... de los pobres y pecadores" no tienen como misión "secundar el mal", sino al contrario, para "hacerlos hijos de Dios". Y con eso los actos del Hijo de Dios adquieren "una importante dimensión social y política", pues "la persona sanada es reintegrada, con toda su dignidad, a la comunidad humana y religiosa de la cual, a menudo precisamente por su condición de enfermedad o de pecado, había sido excluida".
Enseguida aplicó estos principios a Mónaco, en cuyos habitantes se dan grandes diferencias, tanto de procedencia como de nivel socioeconómico. Pero para la Iglesia esas diferencias "nunca se convierten en ocasión de división en clases sociales; al contrario, todos son acogidos en cuanto personas e hijos de Dios, y todos son destinatarios de un don de gracia que impulsa la comunión, la fraternidad y el amor recíproco".
En ese sentido, el pontífice quiso "subrayar... el anuncio del Evangelio en defensa del hombre", tanto de "su dignidad e identidad auténticas" como de "su fin último" de "comunión plena con el Dios Trinidad".
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Al servicio de ese fin, el Papa quiso animar a quienes le escuchaban "a prestar un servicio apasionado y generoso en la evangelización": "Anuncien el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor; lleven a todos la luz del Evangelio para que sea defendida y promovida la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural; ofrezcan nuevos mapas de orientación capaces de frenar aquellos impulsos del secularismo que corren el riesgo de reducir al hombre al individualismo y de fundar la vida social sobre la producción de la riqueza".
Pidió que el Evangelio no se reduzca "a costumbre, aunque sea buena", sino a "fe viva", que es "siempre profética", esto es, "capaz de suscitar preguntas y ofrecer provocaciones" sobre los propios principios que rigen "el modelo económico y social vigente".
Por eso concluyó pidiendo a todos que mantengan "la mirada fija en Jesucristo" para generar "una fe arraigada en la relación personal con Él" y "capaz de transformar la vida y renovar la sociedad".