Sábado, 24 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Santa Marta, virgen.

Santa Marta.
Santa Marta.

De una confesión de fe y una leyenda.

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Santa Marta, virgen. 29 de julio.

De Santa Marta, lo único que se puede afirmar con certeza es que era una mujer de fe, cercana a Jesucristo, que le atendió en su propia casa. En su boca el Evangelista Juan pone una de las declaraciones de fe más grandes del Evangelio “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Las leyendas nos hablan de su familia, de que estuvo junto a la cruz del Señor, cosa probable, puesto que San Mateo dice estaban allí "muchas mujeres que le habían seguido desde Galilea”.

Todo lo demás, pertenece a leyendas muy posteriores y de sabor medieval, sin ningún crédito, pero que forman parte de la devoción, la cultura y el arte de siglos: Según la leyenda provenzal, atribuida erróneamente al Beato Rábano Mauro (8 de febrero), Santa Marta, anfitriona de nuestro Señor Jesucristo, nació de una familia noble. Sus padres se llamaban Siro y Encharia. El padre era duque de Siria y les había dejado a sus hijos Lázaro, María y Marta, una buena herencia en Betania y Jerusalén. Marta jamás se casó y permaneció virgen, contenta de servir al Señor, tanto en su mesa, como por la fe. Después de la Ascensión de Nuestro Señor, partir los discípulos, y arreciar la persecución contra los cristianos, ella con un grupo de santos: Su hermanos San Lázaro (29 de julio y 17 de diciembre) y Santa María Magdalena (22 de julio y 5 de mayo), San Maximino (8 de mayo), San Cedón (20 de marzo), que fue el ciego de nacimiento de Juan 9; Santas Sara y Marcela (28 de julio), esclavas de la familia, Santa María Salomé (22 de octubre y 5 de mayo), Santa María la Cleofás (9 y 11 de abril, y 5 y 25 de mayo) y muchos otros obispos elegidos y enviados por los apóstoles, se trasladaría a la Provenza, entre los años 42-43. Más que trasladarse, fueron metidos en un buque sin velas, ni remos ni timón y abandonados en el mar, llegaron hasta Marsella, desde donde fueron a Aix, convirtiendo a la gente a la fe de Cristo y Marta llamaba la atención por su fe, pureza y caridad.

En esa época, en un lugar entre Arles y Aviñón, había un gran dragón, nacido de un leviatán un onagro, bestia mítica gallega, y que había llegado allí por mar desde Galicia. El monstruo entró en tierra y se comió a un hombre, la gente asustada se encomendó a las oraciones de Marta y ella, arrojándole agua bendita, y mostrándole una cruz (que se venera en Anon), lo amansó como una oveja, atándole con su propia faja y fue muerto con lanzas y espadas por el pueblo. El sitio se llamaba Tarascón, por lo que se le ha llamado "tarasca" el bicho. Luego de ello, Marta, con permiso de San Maximino [1], se quedó en aquel sitio para predicar y dedicarse a la oración y penitencia. Construyó un monasterio y una iglesia en honor de la Santísima Virgen María, donde llevó una austera vida, evitando la carne y grasa, huevos, queso y vino, y comiendo solo una vez al día. Cien veces al día y cien veces de noche doblaba sus rodillas en oración. Hasta muy entrada la Edad Media, existieron unas beguinas que se decían herederas directas de esta supuesta fundación de Santa Marta.

También vivió en Avignon, donde mientras estaba predicando entre la ciudad y el río del Ródano, un joven, deseoso de escuchar sus palabras, se tiró al río porque no había barco que le cruzara. Comenzó a nadar, pero de repente fue tomado por la fuerza del agua, se ahogó y el cuerpo fue encontrado al día siguiente. Llevaron el cadáver a los pies de Marta y esta, haciendo la señal de la cruz cayó al suelo y oró: "Oh, Señor Jesucristo, que en que un día resucitaste a mi bien amado hermano, ten a bien resucitar a este joven". Lo tomó de la mano, y de inmediato resurgió la vida y recibió el santo bautismo.

La leyenda provenzal dice que Santa Marta murió con grandes consuelos del Señor, que apareció a San Frontón (25 de octubre) y le llevó por los aires desde Perigeux, junto a sus diáconos para que la enterrasen y cantaran misa sobre su sepulcro. Frontón, por olvido, dejó allí su anillo y guantes, lo que sirvió de prueba del milagro. El mismo Señor le aseguró que los devotos de su santa anfitriona cuando vivía, no padecerían al momento de la muerte. Clodoveo, rey de Francia, después de ser bautizado, enfermó, fue al sepulcro y allí recibió la salud. Este sepulcro se venera aún, pero se cree que en realidad sean las reliquias de Marta y Sara, mártires persas cuya traslación a la Galia constan desde el siglo V, y que sucesivas equivocaciones hicieron lo demás.

Sus atributos más comunes son el acetre e hisopo de agua bendita, el dragón (en Filipinas es un cocodrilo, por un milagro local), una lanza que termina en cruz, la antorcha (la luz de la fe), el libro (los evangelios), y en ocasiones un cesto o bandeja con frutos, en recuerdo de su hospitalidad. Es patrona de las amas de casa, la hostelería, contra los maridos infieles y difíciles (por la tarasca que amansó). Su culto ha ido derivando en una serie de supersticiones más o menos constantes: Amansa o aleja a los maridos, y de hecho hay sitios donde se acostumbra a poner en la boca del dragón, dentro del acetre o a los pies de Marta un papel con el nombre de los hombres rebeldes. Se dice que siempre concede lo que se pide pero a cambio quita algo, es una santa triste que concede, pero hace sufrir... y dos o tres boberías más. De hecho su conocida oración es una amalgama de frases supersticiosas y de origen desconocido. Nuestra fe católica nos enseña que ningún santo "cobra" por interceder ante Dios, primeramente porque no necesita nada nuestro, que bien poco podemos ofrecerle. Es que ¿cómo podría necesitar alguna miseria nuestra, una santa que posee al Todo: Dios?. Esa creencia de “doy-quito” está arraigada, no solo con Santa Marta, sino con Santa Rita (22 de mayo) o Santa Helena (13 y 18 de agosto).


A 29 de julio además se celebra a
Santos Simplicio, Faustino y Beatriz, mártires.
San Guillaume de St-Brieuc, obispo.



[1] De Aix sería Maximino el primer obispo. Junto a la Magdalena, habría construido y consagrado una pequeña capilla dedicada al Salvador, en cuyo altar pondría reliquias del Santo Sepulcro de Cristo. Esta iglesia, que hoy se sabe que no es anterior al siglo III, fue destrozada por los sarracenos en el siglo IX y reconstruida en el siglo XI, en el 1080, pero como una gran basílica, hasta el punto que la pequeña capilla hoy ocuparía un trocito de la nave derecha de la catedral del Salvador, que es su nombre.

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