Viernes, 22 de marzo de 2019

Religión en Libertad

«¿Jesús me ama a mí, que me río de las cosas de la iglesia?», dudó José Antonio Godina

Alcohólico, su vida deshecha, una mujer le dijo en el bar: «Jesús te ama», y le invitó a una oración

José Antonio Godina en Lourdes... cada año colabora en la organización de un peregrinación al santuario
José Antonio Godina en Lourdes... cada año colabora en la organización de un peregrinación al santuario

Pablo J. Ginés/ReL

José Antonio Godina Miñana es un hombre que disfruta con el mar y el buen humor. Le encanta crear memes divertidos en Internet, en su cuenta de Facebook, y ha publicado un par de novelas de humor absurdo. Cada año es uno de los organizadores de una peregrinación a Lourdes desde Barcelona. Y no falta a su oración semanal en Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en la Ciudad Condal. Pero durante muchos años estuvo muy lejos de Dios y hundido en la esclavitud del alcohol. Quiere dar a conocer la historia de cómo Dios lo sacó de ese agujero.

Fe de niño, se alejó después

José Antonio nació en una familia católica. "Mis padres me enseñaron a rezar. De niño fui a un colegio religioso, de franciscanos, y mi Primera Comunión fue una revelación", recuerda.

Sin embargo, el alcohol empezó a adueñarse de su vida al crecer. "Comencé a beber a los 18 años. Me daba seguridad para relacionarme. Mi trabajo, ligado a las relaciones públicas, también influyó", explica.

"Tenía un buen empleo, una familia, y no le daba demasiada importancia al hecho de que cada día necesitaba beber más para desarrollar mi trabajo. Lo que empezó como eso que llaman "bebida social", terminó haciéndome esclavo de la barra de los bares. Me parecía que si dejaba de beber sería incapaz de hacer las cosas más sencillas, que la vida no tendría ningún sentido y que aquello de tomar copas era parte consustancial a mi existencia", detalla.

Un hogar que se deteriora por la bebida

Entre los 30 y los 40 años, vivió su peor momento de dependencia. "La convivencia matrimonial se fue deteriorando, no en un día, sino a lo largo de interminables meses. Mi hogar era un infierno por mi falta de respeto a la vida familiar, mis continuas discusiones y mis borracheras". Llegó el momento en que le abandonó su esposa.

También en el trabajo todo se desmoronaba. "Trabajaba como jefe de área en una multinacional y mi tarea consistía en hacer visitas en el ámbito de gerencia. Naturalmente, mis jefes se dieron cuenta de mi dependencia de la bebida, cada vez mayor, y no tuvieron más remedio que cesarme. Yo, como casi todos los que beben en demasía, no me enteraba de la triste impresión que producía en los demás".

Perder amigos, familia, dignidad... todo por alcohol

"Durante un año estuve dando tumbos, emborrachándome de buena mañana y llegando a la noche en condiciones deplorables. Mi única ilusión era conseguir una botella de vino. La meta más importante de mi vida era conservar la borrachera y vivir entre los vapores del alcohol. Si alguien dice que la bebida ahoga las penas yo puedo asegurarle que no es así. Las penas y los problemas flotan en cualquier copa de vino".

alcoholismo

"Poco a poco fui perdiendo a los amigos. Desmoronado, era imposible que pudiera conseguir empleo, y de hecho tampoco lo buscaba. La bebida tiene una tremenda capacidad para ocultarte el porvenir. Si hoy has conseguido tu ración diaria de copas, el mañana no existe. Ante este engaño te despreocupas de las cosas más necesarias".

"Me cortaron la luz y el agua. Más adelante se llevaron el teléfono. Debía ya unos cuantos recibos del alquiler. Mi familia no sabía nada de mi situación y yo, por un falso orgullo mal entendido, no les pedí ayuda. En mi casa andaba con velas y por la noche bajaba hasta la calle para llenar un par de cubos de agua en una fuente pública. Me acostaba pensando de dónde sacaría cien pesetas para conseguir un litro de vino peleón… Esa era la meta de mi vida, ninguna otra. Había perdido la familia, el trabajo, las relaciones sociales y el respeto a mí mismo. Y no pisaba una iglesia desde hacía más de veinte años".

Una oración desesperada ante un crucifijo

"Una noche llegué borracho a mi casa, como de costumbre. Encendí una de las velas y mirando a mí alrededor me di cuenta, por primera vez en muchos meses, de mi lamentable estado. Aquel día estaba desesperado". Tenía un crucifijo en la habitación. Lo miró, se arrodilló y llorando le dijo: "¡Si Tú no me sacas de este pozo, yo no puedo salir!"

"¿Jesús me ama? Si me río de las cosas de la iglesia..."

Unos días más tarde, mientras estaba en un bar de su barrio, se acercó una mujer a la que conocía vagamente. "Yo seguía tomando mis copas y ella, después de hablar de otras cosas, me dijo: "Jesús te ama". Naturalmente me la tomé a broma". Se pidió otra copa, pensando: "¿Cómo puede Jesús quererme a mí, con la vida que llevo y riéndome de todas esas cosas de iglesia?"

"Nos fuimos viendo. Ella me hablaba de Dios y yo seguía con la bebida. Un día me habló de un grupo de oración, en una iglesia cercana; me invitó a conocerlo. Me negué en redondo. Pero otro día y algunos más, insistió. Al fin, para quitármela de encima y no parecer un maleducado, acudí a aquel grupo de oración".

Una oración especial: "aquellas personas estaban locas"

Así llegó José Antonio al grupo de oración de Renovación Carismática de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Como en todos los grupos de oración carismática, se cantaba mucho y con alegría, con oraciones espontáneas, y cualquier persona era bienvenida. "La primera impresión que saqué es que todas aquellas personas estaban locas. Levantaban las manos, cantaban. Pero algo había allí. La oración era sencilla pero directa. Parecía que el Señor estuviera sentado, acompañándoles, en cualquiera de aquellos bancos".

José Antonio se sentaba por allí y observaba. "Yo no hablaba en el grupo, no cantaba. Solo asistía. Intuyendo mi situación, se presentó en mi casa aquella mujer que me había invitado al grupo. Me traía comida. Naturalmente yo no había contado a nadie mi situación personal, pero no era difícil entenderla. En el grupo yo no abría la boca. No cantaba y me sentaba lo más cerca posible de la puerta".

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Imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en el santuario de Barcelona,
de los Misioneros del Sagrado Corazón 

Algunas cosas empezaron a mejorar. Empezó a trabajar en algunos empleos de corta duración, aunque todavía seguía bebiendo. "Algunos meses más tarde uno de los hermanos del grupo me proporcionó un empleo estable en un aparcamiento. ", explica.

Primera confesión: fue liberador

Pasados unos años en el grupo, José Antonio dio un gran paso: se confesó. "Mi primera confesión con el padre Tomás fue una liberación. Fue un volver a empezar mi relación con Dios". Y, sin embargo, aún sentía rabia contra sí mismo. Tardó tiempo en animarse a comulgar.

"Volví poco a poco a la iglesia, participaba un poco más en el grupo y mi vida iba normalizándose. Recuperé la luz, el agua, el teléfono y hasta me compré un coche de segunda mano. Pero todavía tenía el hombre viejo en mí. No había dejado totalmente el alcohol. Llevaba dos años trabajando cuando un día caí al suelo y no podía levantarme. Aquello se pasó, pero unos días más tarde se repitió".

Pulmón e hígado dañados, y tuberculosis

"Me llevaron al hospital y después de una noche de exploraciones me dijo el médico de guardia: "Tienes un agujero en el pulmón como un puño, el hígado hecho polvo y una polineuritis". Y se quedó tan tranquilo. Tenía, pues, una tuberculosis y todo lo demás. Cuando todo parecía que iba viento en popa llegaba la enfermedad. Estuve ingresado en el hospital en situación verdaderamente grave".

Aquello le sirvió de acicate para dejar definitivamente la bebida y para ver la vida de otra forma.

"Estuve casi siete meses sin poder andar, sentado en un sillón, viendo cambiar el color de las hojas de los árboles. Gracias a la oración de los hermanos mi curación fue, según los médicos del hospital que me trataban, espectacular. La tuberculosis quedó completamente curada, la polineuritis ha desaparecido, ando perfectamente, y en los controles hepáticos todo es normal".

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Sanación... y servicio a los demás

"Siendo importante la curación física creo que lo más importante ha sido mi sanación espiritual, porque ésta trae como consecuencia la otra. Todavía me queda mucho camino por recorrer, pero después de mi experiencia del poder salvador de Jesús el camino se hace más fácil".

Desde entonces no ha probado nunca una gota de alcohol, y de hecho ni siquiera le apetece: lo considera una gran gracia de Dios. Ha perseverado en su grupo de oración, en la vida de los sacramentos, en las peregrinaciones a Lourdes y fue coordinador de la Renovación Carismática en Cataluña durante unos años.

"Sigo en el grupo de oración, que está en el Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Barcelona. Veo que el Señor actúa en nuestras vidas diariamente, en las pequeñas cosas, como un amigo al que siempre se puede acudir. El Señor está vivo entre nosotros y a Él le debo que me sacara del pozo en el que había caído. He colaborado con los Misioneros del Sagrado Corazón, ayudando a personas necesitadas, drogadictos, alcohólicos, también he trabajado con presos. Siempre digo que el alcohol es un engaño. Y animo a los que tengan problemas con la bebida a que acudan al médico que puede curarles: Jesús".

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