Jueves, 23 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

Su impresionante testimonio en la enfermedad conmovió al Papa, que llamó a su casa

Muere María José, totalmente paralizada y ejemplo de fe pura: «Dios mío, gracias por haberme creado»

María José Solaz, besada y acariciada por sus padres
Pese a su grave enfermedad y discapacidad María José Solaz afirmaba vivir una vida plena

J.Lozano / ReL

El pasado 16 de noviembre María José Solaz Viana fallecía a los 46 años en Caudete de las Fuentes, mujer cuyo testimonio de fe en la dura enfermedad degenerativa que sufría “conmovió” de tal modo al Papa Francisco que decidió llamarla por teléfono hace dos años tras recibir una carta suya contándole cómo afrontaba el sufrimiento desde su amor a Dios.

Aquella carta, junto con una foto de María José, se la hizo llegar al Papa el antiguo párroco de Caudete de las Fuentes. Sufría ataxia de Friedreich, una enfermedad degenerativa que fue mermando su sistema nervioso y la musculatura de todo su cuerpo. El sacerdote había invitado a esta mujer a escribirle una carta a Francisco para que él se la hiciera llegar en una audiencia que sacerdotes valencianos junto al cardenal Cañizares tendrían con el Pontífice.

Tal y como informa el Arzobispado de Valencia, ella se la dictó, porque ya no podía escribir, y él acudió a la audiencia con el Papa el 21 de septiembre de 2018. Cuando el párroco saludó al Pontífice, le habló de María José y le enseñó una foto que él le había hecho para la ocasión. El Papa la bendijo y le pidió que transmitiera la bendición a ella y a su familia. Después, el sacerdote entregó la carta de María José a monseñor Georg Gänswein, prefecto de la Casa Pontificia.

María José Solaz

A los pocos días de ese encuentro, el Papa Francisco llamó a casa de María José, estuvo hablando varios minutos con su madre, María Luisa, y solicitó hablar con ella pero su madre le explicó que no era posible porque ya casi no podía hablar y apenas se le entendería. El Pontífice, a su vez, le contó a María Luisa que había leído la carta de su hija, que le había conmovido y resultado “muy linda”; y que su testimonio le había hecho “mucho bien”. En el momento de la llamada del Papa, la enfermedad de María José ya se encontraba en un estado muy avanzado. La había sido diagnosticada con 8 años de edad.

¿Qué impresionó tanto al Papa?

Francisco pudo ver en María José un claro ejemplo de fe profunda, de entrega confiada en el Señor en medio de un terrible sufrimiento. En una entrevista que le realizaron hace 10 años, esta mujer recordaba que recibió la noticia de su enfermedad con 9 años “cuando tomé la Primera Comunión” y que “el último día que pude andar por mí misma fue el de mi Confirmación”, con 15 años.

Después de ese día, hubo de emplear silla de ruedas y con el paso de los años, otra de tipo eléctrico, que solo pudo manejar autónomamente durante algún tiempo. Con 25 años de edad, su grado de discapacidad motriz era ya del cien por cien y en los últimos años el avance de la enfermedad hizo que apenas pudiera ya ver, oír y hablar. El pasado 16 de noviembre fallecía en Caudete de las Fuentes.

En aquel momento, María José afirmaba que rezaba todos los días dos horas a solas en su parroquia para pedir a Dios, entre otras cosas, “poder llevar la cruz de las personas que sufren” y en acción de gracias por “la belleza de mi vida”.

 De ese modo, “me ofrezco al Señor” para que remitan “los males de quienes sufren y me piden que ore por ellos” o, “al menos, para que encuentren alivio”.

En aquel momento todavía podía utilizar el ordenador, donde escribía reflexiones, meditaciones y cartas a Dios. En una de ellas titulada “Gracias” decía: “Dios mío, gracias de todo corazón por haberme creado, por regalarme un nuevo día, por todo lo que me das y por lo que me darás porque, aunque me inquiete, siempre será lo mejor”.

En otro pasaje, expresaba su gratitud a Dios “por tu amor y por permitir que cada día me enamore un poco más de Ti, por ayudarme a llevar esta cruz, por hacerme fácil lo difícil o porque estás a mi lado en mis luchas diarias”. La carta concluía así: “Seguro que algún agradecimiento se me habrá quedado en el tintero de la memoria, así que lo mejor es darte las gracias por todo, Dios mío”.

Pero no siempre ha aceptado su historia. María José atravesó profundos baches tanto anímicos como espirituales hasta que pudo aceptar su enfermedad y todo lo que ello conllevaba. En aquella entrevista reconocía haber sufrido un una fuerte crisis de fe cuando era veinteañera. “No sólo iba perdiendo la salud, sino también a muchos amigos”, lo que le llevó a sentirse “sola y desgraciada, a pesar de que también había gente que me ayudaba”, recuerda. Incluso confiesa que estuvo “a punto de arrojar la toalla”.

Para superarlo, esta mujer fuerte aseguraba que fue fundamental la fe que le transmitieron sus padres, el “ejemplo cristiano” de su tía Caridad o, entre otras personas, la ayuda de sus dos hermanas.

El Vía Crucis que dejó escrito

María José dejó una obra escrita suya que ha ido paulatinamente extendiéndose también en distintas localidades valencianas. Se trata de un “vía crucis” realizado por ella misma hace una década a sugerencia del sacerdote Salvador Romero y que se ha leído en varias parroquias valencianas durante el Viernes Santo así como en el santuario francés de Lourdes.

María José Solaz, con sus padres

En el inicio del texto del Vía Crucis, María José señalaba: ”Qué gratitud poder acompañarte en tu Vía crucis, cogidos de tu mano, en tu Pasión, en tus momentos difíciles, en los más duros y desgarradores que un corazón puede soportar. Cuánta humillación, soledad, miedo, vacío; es lo peor a lo que todos nos podemos enfrentar. Como Tú siempre has estado conmigo, me has acompañado en mi vida, no me has fallado y tu mano no me ha soltado jamás, ahora yo quiero hacer este camino contigo”.

“Mi vida es bella”

María José explicaba en la entrevista que su “vida espiritual” ha sido lo que desde hace ya muchos años le permitía “comprender que mi vida es bella”, así como manifestar que “no cambiaría nada” y que, a pesar de sus problemas, puede ser “feliz”. También afirmaba que se sentía “amada de Jesús”, una de sus “preferidas”.

“Dios no me ha maltratado, no me arrepiento en absoluto de haber confiado en Él y ni siquiera le pido que me cure con un milagro, sino que haga siempre su voluntad en mí”, agregaba. Para ella, el sentido de su vida radicaba en “saber que Dios me ama hasta el extremo” y que su discapacidad, su soledad… tienen sentido porque “me han ayudado a conocerle a Él” y porque, además, “puedo ofrecerle mi sufrimiento para ayudar a otros”. Preguntada sobre las personas que en su situación prefieren morir, responde que “si se acogieran a Dios, todo cambiaría”.

 Además, “quizás viendo mi pequeñez, es como algunas personas puedan reconocer que Dios es grande” y que, “a pesar de cosas como las que me pasan a mí, es posible sonreír y tener muchos momentos buenos".

Su párroco, sorprendido por la fuerza de su fe

Durante los últimos meses de su vida, el actual párroco de Caudete de las Fuentes, Celestino Aló, estuvo presente y pudo observar también la fuerza de la fe de María José. Al acudir a su casa para llevarle el viático, su feligresa estaba ya parcialmente sedada pero por un instante, al recibir la comunión, recobró la energía. El sacerdote se la administró con un fragmento pequeño en una cucharilla con agua y se sorprendió al ver la reacción de María José. “Abrió de repente la boca con una fuerza increíble, como si no pasara nada”, ha explicado.

El presbítero le había administrado también los sacramentos de la Unción de Enfermos y del Perdón. Pese a que no podía hablar, pudo confesarle mediante los ges-tos con que ella iba contestando a sus palabras. “María José ha vivido el final de su vida con una fe, entereza y paz enormes”, ha asegurado.

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