Cuando España reveló el verdadero rostro del Papa León
Para él, la misión no es un concepto ni un lugar ni una superioridad moral.

No ha suavizado nunca el Evangelio para que encaje en la comodidad de nuestro mundo.
Más allá del carácter afable y sencillo que todos hemos podido descubrir en su viaje a España, debo decir que, desde que fue elegido, a León XIV le tengo especial simpatía. Y, es que, por circunstancias de la vida, comparto con él algunas curiosas, llamémosle, "similitudes biográficas".
La primera es que, en 1985, el joven Prevost llegó al Perú, concretamente a Chulucanas, como misionero agustino. Y mi familia, de misioneros españoles, lo hizo tres años después, en 1988, a Lima, en donde yo nací. Ambos, con nacionalidad peruana, salimos del país en el año 2001, después de haber vivido el mismo contexto social: inflación, carestía, terrorismo... ¡y hasta la teología de la liberación! Nunca nos conocimos, es verdad, pero estoy convencido de que tuvimos que coincidir físicamente en algún evento eclesial.
Y la segunda coincidencia, y más especial, es su infancia rodeada de curas, que llegó a ser el origen de su vocación sacerdotal. Cuando fue elegido Papa, varios medios publicaron la importancia que tuvieron los sacerdotes en su infancia, gracias a sus padres –su madre, voluntaria en la parroquia del barrio donde nació, y su padre, catequista–.
"Cuando Robert Francis Prevost crecía en Chicago en la década de 1960, un flujo constante de sacerdotes pasaba por su hogar familiar. Se sentían atraídos por los irresistibles platillos que preparaba su madre, Mildred Martínez, de ascendencia española", publicó la prensa en su día.
Exactamente la misma escena en la que me crié. Decenas de seminaristas, y sacerdotes, se dejaban caer por casa, atraídos, en este caso, por las tortillas de patata de mi madre y el instinto de conversación de mi padre, profesor del Seminario del Callao –donde, años después, llegaría a ser administrador el mismo Robert Prevost–.
Pues bien, mucho se está escribiendo estos días de la personalidad del Papa León, y yo me atrevería a decir que, si hay un rasgo característico en él, es que es un genuino misionero. Un Papa que, con sus gestos sencillos y decididos, y sus discursos y maneras efectivas de acercarse al otro, tiene todos los elementos de quien, como decía su antecesor, el Papa Francisco, conoce de primera mano cómo se vive en las "periferias".
Porque, León XIV nos ha demostrado en su viaje a España que la misión no es un concepto ni un lugar ni una superioridad moral ni una forma de asistencialismo social, sino que es un modo de estar en el mundo, un estilo de vida, una forma de ser, a la que estamos todos llamados a vivir
Podríamos decir que su paso por Madrid, Barcelona, Montserrat, Arguineguín o Tenerife ha sido una catequesis constante sobre lo que significa ser misionero, "enviado", tocar heridas, y, sobre todo, no vivir de las ideas sino desde la realidad. "La realidad es superior a la idea", dijo ante las autoridades en el Palacio Real. Y, no interpretar el Evangelio sino encarnarlo. "Sed Biblias abiertas para el mundo", llegó a decir en Madrid.
Un Papa, precisamente, como hacen los misioneros, que anuncia siempre desde la Palabra, y no desde ideas preconcebida de palacios arzobispales o estrategias pastorales. En Gran Canaria, ante el clero, recordó que la primera actitud del cristiano es "abrazar la cruz de Cristo", ¡cuánta falta hacía escuchar esto!, y la segunda, "cultivar una espiritualidad eucarística". No habló nunca de estructuras, ni de números, ni de planes quinquenales. Habló de Cristo crucificado y, especialmente, resucitado, y de unidad, y de caridad.
Porque, León XIV sabe bien que un misionero no es un gestor preocupado por si algo es o no diocesano: sino un testigo inmerecido. Y por eso vuelve su rostro siempre donde más duele. En su viaje a España, el Papa no se ha limitado a bendecir multitudes; si no que ha buscado siempre a los descartados; a la mujer que se quiso suicidar y a la joven a cuya madre su padre quiso matar. A la que llegó a decir: "Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad".
Y, más importante todavía, como Papa misionero, León XIV no ha suavizado nunca el Evangelio para que encaje mejor en la comodidad de nuestro mundo, al revés, anima a "alzar la mirada" para que, ante la imposibilidad manifiesta de poder dar la talla, nos rindamos todos ante Él.
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En Santa Ana, recordó la tradición de la lluvia de pétalos ante el Santísimo. En Montserrat, habló de la belleza que eleva el alma. En Madrid, abrazó a niños, jóvenes y ancianos. No separó nunca oración y acción, liturgia y calle, contemplación y compromiso. Oró siempre con los labios pero también con los pies.
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Y es un Papa que vive la misión con alegría. Incluso sus anécdotas más pequeñas —su madridismo, su tenis en Castel Gandolfo, que de niño no quería ser Papa— muestran algo profundamente misionero: la cercanía. ¡Los misioneros no son héroes tristes! Son hombres y mujeres que se contagian de la esperanza cotidiana. Y León XIV, lo hemos visto... es uno de ellos.