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Muere Jean-Claude, «el hermanito que vestía de marrón»: fue cofundador de la Comunidad del Cordero

El fraile franciscano vivió en la calle varios años encarnando la vida de los más pobres. 

Fundó, junto a la hermanita Marie, la Comunidad del Cordero, hoy con 170 hermanitas y 40 hermanitos en todo el mundo.archivo

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La Comunidad del Cordero acaba de perder a su cofundador, el fraile francés Jean-Claude OFM (1931-2026). En el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, el sacerdote llamaba la atención por seguir vistiendo su hábito marrón de franciscano mientras acompañaba espiritualmente a la orden de azul que ayudó a fundar en Francia hace décadas. 

Nacido el 29 de septiembre de 1931, el cofundador de la Comunidad del Cordero falleció el día de Pascua de Resurrección en Saint-Pierre, Francia, en la casa madre de la orden francesa, donde vivía desde hace años.

Un hombre de Dios

"Soy franciscano", esa fue la certeza innegable que sintió Yves Chupin (Jean-Claude) de 19 años, mientras navegaba por las costas de su Bretaña natal en una tarde de 1951. "Desde que tengo memoria, siempre he querido ser un hombre de Dios", contaría más tarde a las hermanitas. 

El joven no supo en qué consistiría su vocación hasta aquel inolvidable día en el barco. "La niebla que durante años había oscurecido mi camino se volvió una luz radiante y segura", diría también más adelante. La llamada fue clara y total, e Yves respondió con todo su ser

Ingresó en el noviciado franciscano en septiembre de 1952, donde recibió el nombre de Fray Jean-Claude, y profesó sus primeros votos el 17 de septiembre de 1953, día en que se celebra la fiesta de los estigmas de San Francisco. 

Nacido el 29 de septiembre de 1931 fue cofundador de la Comunidad del Cordero.archivo

"Tenía 21 años y una buena cantidad de dificultades sobre mis espaldas y de sueños en mi cabeza. Quería seguir a Dios desde una llamada interior, y los hermanos que me guiaban me repetían: 'Sopórtalo todo con paciencia, hermano Jean-Claude. No hay prisas. Solo el amor de Dios nos apremia, y el amor de Dios es paciente, dulce y benevolente'", dijo en una homilía casi setenta años después de su entrada en la vida religiosa.

"Desde el principio, San Francisco se me presentó como el hombre evangélico que podía realmente llevarme a Jesús", decía. Mientras servía como párroco en trece pueblos alrededor de la histórica ciudad de Vézelay, se encontró con un grupo de hermanas dominicas de la Congregación Romana de Santo Domingo, enviadas de París a Vézelay para vivir en su propia congregación una experiencia de mayor oración y pobreza voluntaria.

La llamada que el Concilio Vaticano II dirigió a los religiosos, invitándolos a volver al espíritu de los fundadores, selló en su corazón la convicción de que, "por encima de todo, debemos sumergirnos en los Evangelios"

Un retiro decisivo que predicó a las hermanas en agosto de 1974 —entre ellas se encontraba la hermanita Marie, fundadora de la Comunidad del Cordero—, confirmó su intuición de volver a abrazar las aspiraciones evangélicas.

"Los primeros encuentros con las hermanas lo pondrían en contacto con una búsqueda que era también la suya, solo que según la escuela de santo Domingo. La hermanita Marie encontró en él un padre, un hermano y un amigo", comentó el hermanito François-Dominique, prior de los hermanitos del Cordero. Durante aquellos años de crisis, tanto para el mundo como para la Iglesia, la casa de las hermanas era para Jean-Claude un lugar de reciprocidad fraterna y de oración. 

Su paso por las calles

Sus hermanos franciscanos lo alentaron entonces a atender las necesidades espirituales de las hermanas en aquel momento en que se asentaba, sin saberlo todavía, la primera piedra de lo que sería la Comunidad del Cordero. Sus consejos contribuyeron a reforzar los lazos de unidad entre las primeras hermanas, y lo mismo ocurrió más tarde con los hermanitos. 

Tenía una gran amistad con el Papa Francisco (en medio de la foto, la hermanita Marie, cofundadora de la Comunidad del Cordero).archivo

Durante varias décadas, Jean-Claude pidió a sus superiores el permiso para responder a esta llamada, hasta que, por fin, en 1982, a los cincuenta años, fue enviado en misión a vivir en la calle, acompañado por dos de sus hermanos franciscanos. Ante la realidad de lo que estaba a punto de hacer, se enfrentó con sus propias resistencias y su fragilidad humana. 

"Cuando lo vimos salir a la calle, no era una hazaña, era un sí al Señor", comentaba él mismo. Yéndose a la calle, decía querer seguir el movimiento de Cristo, el del abajamiento. Buscó abajarse a lo largo de toda su vida. Vivir con los pobres era "ir adonde no hay competencia", según cuenta el hermanito Jean-Battiste, ordenado en 1984 por San Juan Pablo II.

"Tenía un claro propósito: no tendría actividades precisas, simplemente una cierta proximidad con la gente, en la precariedad. Esto le dejaba tiempo para permanecer en las iglesias", añade.

"Más que intentar decirles algo, los escuchaba", y si había que dar una palabra, dejaba que fuera el hermano que lo acompañaba el que respondiera. Al fin y al cabo, es "Jesús el autor de toda evangelización", así lo escribió a una hermanita en 1996. 

A lo largo de los once años que pasó en la calle, de 1982 a 1993, el hermano Jean- Claude se encontraba regularmente con los hermanitos y hermanitas del Cordero en sus capítulos trimestrales en la ermita de Saint-Ferréol, en los pirineos orientales franceses, y los escuchaba compartir los fundamentos del carisma vividos en las diferentes fraternidades de misión. 

Sus apasionadas homilías desbordaban de sus experiencias personales, lo que alentaba a dar un paso hacia los pobres, hacia Jesús el Pobre. "Postrarse ante el Pobre y no postrarse ante un pobre es una contradicción que hay que intentar por todos los medios extirpar de nuestra vida", exhortaba en agosto de 1989. 

¡Sois nuestros invitados!

Jean-Claude, ya con 73 años, acompañado por un hermanito, acababa de llegar a la estación de Roma Ostiense, con ocasión de una misión itinerante en invierno de 2005. "¿Podríamos dormir aquí esta noche?", preguntaron los dos hermanos. 

Una breve vacilación por parte de los jóvenes refugiados afganos se disipó rápidamente para abrirse a una acogida llena de dignidad: "¡Será un honor acogeros aquí! No os preocupéis por los cartones, os los damos, ¡porque sois nuestros invitados!". 

"Cuánto me gustaría morir pobre en medio de los pobres", confesó el hermano Jean-Claude aquella misma noche. Visto que el rebaño de hermanitos y hermanitas crecía, fue enviado en 1994 por su propia Orden para que pudiera acompañar a la Comunidad del Cordero con una mayor disponibilidad. 

Se instaló entonces en una modesta ermita del lugar de encuentro comunitario llamado Saint-Pierre, en el sur de Francia. Naumann, arzobispo emérito de Kansas City, lo describe así: "Era un verdadero padre espiritual que interpelaba, fortalecía y alentaba a sus hijos".

Jean-Claude pasaba cada día varias horas escuchando personalmente a las hermanitas y hermanitos mientras recorría los hermosos senderos de Saint-Pierre. "Siempre tenía las palabras apropiadas para conducirme a una profunda y sólida intimidad con Cristo", confesó una hermanita.

La paternidad del hermano Jean-Claude, que las cinco hermanas dominicas habían encontrado en Vézelay, se ensanchó con el pasar de los años hasta llegar a cada una de las 170 hermanitas y de los 40 hermanitos que constituyen actualmente la Comunidad del Cordero. 

"Amaba la Cruz y la predicaba con entusiasmo, no solo con palabras sino también con los hechos, llevando su propia cruz con Jesús en su servicio y su misión", resumió sobre su vida una hermanita.

Un nuevo retoño

La Comunidad del Cordero fue fundada en Francia por la hermanita Marie y por el fraile Jean-Claude. El 17 de diciembre de 1981, Michel Kuehn, obispo de Chartres, reconoció oficialmente su fundación, y el 6 de febrero de 1983, la Comunidad fue acogida en la diócesis de Perpiñán por su arzobispo, Jean Chabbert. 

El 16 de julio de 1983 fue reconocida como "un nuevo retoño nacido del tronco de la Orden de Predicadores" por el entonces Maestro de la Orden de Predicadores, padre Vincent de Couesnongle.

Desde 1996, el cardenal Christoph Schönborn o.p.,arzobispo emérito de Viena (Austria), es el obispo responsable de la Comunidad.

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