¿Por qué están en crisis las democracias? Julio Borges da con la clave: «Han perdido su alma moral»
El expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela reflexiona sobre la crisis espiritual de las democracias modernas. En esta conversación analiza el relativismo, el "derecho pilático", las nuevas "democracias totalitarias" y el papel de pensadores como Tocqueville, Lewis o Ratzinger.
"La democracia se degrada cuando el ciudadano renuncia a su deber de pensar, exigir, participar y cuidar", dice Borges.
¿Puede una democracia morir sin dejar de celebrar elecciones? Julio Borges Junyent sostiene que sí. En esta entrevista reflexiona sobre una crisis más profunda que la institucional: la crisis moral y espiritual de las sociedades libres.
En el libro La crisis espiritual de la democracia (Sekotia) Borges analiza, junto con otros intelectuales de la talla de Juan Miguel Matheus, Joseph Weiler, José Antonio Marina, Ignacio Sánchez Cámara, Massimo Borghesi o Paola Bautista de Alemán, entre otros, por qué las democracias se debilitan cuando se vacían de verdad, de responsabilidad cívica y de convicciones sobre la dignidad humana.
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El político venezolano, exiliado en España, advierte de fenómenos cada vez más visibles: ciudadanos convertidos en clientes del poder, derechos desvinculados de deberes, un derecho que se refugia en el procedimiento para evitar la verdad y regímenes que conservan la apariencia democrática mientras erosionan la libertad interior.
Frente a ello, recuerda la advertencia de autores como Tocqueville, C. S. Lewis o Joseph Ratzinger: sin raíces morales "prepolíticas", la democracia puede seguir funcionando por fuera mientras se descompone por dentro.
Para Borges, la gran cuestión no es simplemente institucional, sino antropológica: qué idea de persona y de verdad sostiene a una sociedad. Porque cuando la inteligencia deja de buscar lo verdadero y lo justo, y se limita a fabricar relatos o estrategias de poder, la democracia pierde su brújula. Y cuando la pierde —advierte— lo que termina gobernando ya no es la razón, sino la fuerza, el miedo o el algoritmo.
- Revel describía muy bien los mecanismos: cómo se erosiona la confianza, cómo se captura el Estado, cómo la democracia se vuelve incapaz de defenderse. Nosotros damos un paso atrás: preguntamos qué le pasa al corazón de una sociedad para que esos mecanismos se vuelvan posibles.
»Porque las democracias no mueren solo por fallos técnicos; mueren cuando la gente deja de creer que vale la pena decir la verdad, cuando el bien común se vuelve una frase vacía, cuando la dignidad humana se vuelve un eslogan utilitario. Ahí aparece lo que Carolina Guerrero llama "el crepúsculo de lo político": ya no deliberamos sobre lo justo; solo competimos por imponer.
»Por eso el libro es incómodo: sugiere que la democracia no se salva con reformas institucionales si antes no recupera su alma moral.
-Sí, y la empobrece de una manera fatal: convierte al ciudadano en cliente y al político en proveedor. Entonces la democracia deja de ser una comunidad que busca justicia y pasa a ser una máquina de reparto, de promesas y de resentimientos.
»Elena Álvarez-Álvarez y José Antonio Marina lo abordan con fuerza: cuando la ciudadanía se adormece, alguien ocupa el lugar. O lo ocupa el mercado, o lo ocupa el Estado, o lo ocupan los extremos. En el fondo, esa división es una coartada perfecta: "Yo no tengo responsabilidad, qué resuelvan ellos".
»La democracia se degrada cuando el ciudadano renuncia a su deber de pensar, exigir, participar y cuidar. Ahí comienza la antipolítica, que termina generando política peor. En Venezuela lo vivimos como el peor infierno de nuestra historia.
-Dicho sin tecnicismos: la inteligencia tiene un destino, un "para qué". No está hecha solo para calcular, producir, ganar debates o justificar decisiones; está hecha para buscar la verdad y orientar la vida hacia el bien. Cuando Marina habla de "teleología", nos recuerda que la inteligencia no es neutral: o se pone al servicio de la realidad —de lo verdadero, lo justo, lo humano— o se pone al servicio del poder, del capricho o del interés.
»¿Qué ocurre hoy? Que hemos convertido la inteligencia en una herramienta utilitaria. La usamos para diseñar estrategias, optimizar resultados, fabricar narrativas, proteger identidades… pero cada vez menos para preguntarnos qué es verdadero y qué es bueno. Ahí nace una democracia extraña: llena de información, de expertos, de estadísticas, de redes, pero sin criterio moral común. En lugar de "pensar", muchas veces solo "argumentamos". En lugar de buscar la verdad, buscamos que nuestra versión gane.
Julio Borges Junyent, un político de sólida formación intelectual política, filosófica y teológica.
»Este punto conecta con varias piezas del libro. Carolina Guerrero lo observa desde el ocaso de lo político: la deliberación sobre el bien común es sustituida por la emoción, la técnica o la propaganda. Juan Miguel Matheus lo muestra desde el derecho: si la inteligencia jurídica deja de buscar Justicia, el derecho se vuelve procedimiento; si deja de buscar verdad, se vuelve manipulación. David Walsh lo plantea desde el liberalismo: una sociedad libre no se sostiene solo por instituciones, sino por una cultura interior que cree que la verdad importa.
»Marina nos está diciendo, en el fondo, algo muy elemental y muy incómodo: si la inteligencia olvida su finalidad, la democracia se queda sin brújula. Y cuando se queda sin brújula, lo que manda no es la razón: manda la fuerza, la presión, la moda, el dinero, el miedo o el algoritmo.
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-Estoy de acuerdo con ambos, pero lo diría así: el gran drama contemporáneo es que queremos derechos como herencia, pero evitamos deberes como tarea.
»En el libro insistimos en esto una y otra vez: la democracia es frágil porque depende del carácter moral de los ciudadanos. David Walsh lo plantea en clave esperanzadora: el liberalismo —la libertad política— no "se cae" solo; se cae cuando nosotros dejamos de creer en lo que lo hace valioso.
»La frase de Kennedy hoy sería más radical: "no preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregúntate qué verdad estás dispuesto a defender, aunque te cueste".
-Ese capítulo de Juan Miguel Matheus es una advertencia muy seria: el derecho puede convertirse en una sofisticación del cinismo. Pilato pregunta "¿qué es la verdad?" y se lava las manos. Es decir: renuncia a juzgar moralmente, se refugia en el procedimiento y entrega al inocente. Juristas como Kelsen no solo lo justifican sino que defiende este drama.
»¿Qué pasa cuando el derecho se vuelve así? Que la democracia queda sin columna vertebral. Se vuelve pura técnica: "Si es legal, es legítimo". Y entonces puede nacer el "derecho orwelliano": la ley como arma para reescribir el lenguaje, disciplinar conciencias y justificar imposiciones.
»Matheus pone el dedo en la llaga: una democracia sin verdad no es neutral. Es vulnerable. Tarde o temprano, es injusta.
-Me refiero a una paradoja moderna: regímenes que mantienen la estética democrática —elecciones, parlamentos, tribunales, lenguaje de derechos— pero vacían por dentro aquello que hace a una democracia verdaderamente libre. Conservan la forma, pero expulsan el espíritu: pluralidad real, libertad interior, búsqueda de la verdad, límites al poder.
»La democracia totalitaria no siempre llega con botas militares. A veces llega con sonrisas, con campañas, con eslóganes, con promesas de bienestar. Te deja votar, sí, pero te acostumbra a un clima donde pensar distinto tiene costo. Te deja hablar, sí, pero te empuja a una autocensura elegante: lo que no se puede decir, lo que no conviene decir, lo que te convierte en "peligroso". Te permite elegir, pero dentro de un marco moral cada vez más estrecho, donde la sociedad —o el Estado, o el mercado, o el discurso dominante— decide qué es aceptable.
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»Esto se conecta directamente con Matheus: cuando el derecho se vuelve "pilático", se lava las manos ante la verdad y se refugia en el procedimiento. Cuando cruza la frontera "orwelliana", se convierte en instrumento para redefinir palabras, reeducar conciencias, justificar imposiciones. También dialoga con Werz: la polarización puede ser utilizada como herramienta para sustituir la conversación humana por la guerra emocional, donde el adversario deja de ser alguien a convencer y se convierte en alguien a destruir.
»Lo totalitario no es solo la represión; es la pretensión de dominar el sentido. El totalitarismo clásico controlaba cuerpos; el nuevo totalitarismo aspira a controlar lenguajes, símbolos, imaginarios, criterios morales. Por eso es tan importante llamar al fenómeno por su nombre, aunque incomode: porque muchas sociedades creen que están a salvo mientras conservan elecciones, sin darse cuenta de que la libertad se está perdiendo en otro lugar, más profundo: en el alma cívica.
-Ese punto es clave, porque explica por qué la democracia puede seguir funcionando "por fuera" mientras se descompone "por dentro". Los valores prepolíticos son, por decirlo de modo simple, las raíces invisibles del árbol democrático. Son esas convicciones básicas que no nacen del voto ni del procedimiento: la dignidad humana, la justicia, la verdad, el bien común, el límite al poder, la primacía de la persona. Si esas raíces se secan, el árbol puede seguir de pie un tiempo… hasta que llega la tormenta.
»Tocqueville lo vio con genialidad: cuando los ciudadanos se aíslan, se vuelven hedonistas, pierden vida asociativa, dejan de pensar en lo común, se vuelven presa fácil de un "despotismo suave": un Estado tutelar que promete seguridad y bienestar, a cambio de que el ciudadano se infantilice. Es decir: la democracia no cae por un golpe, cae por un cansancio del alma.
»Lewis, en plena guerra mundial, va aún más al fondo: si una sociedad abandona el Tao —ese núcleo moral universal, esa ley natural reconocible en tradiciones muy diversas— entonces no queda una libertad plural; queda pura voluntad. La voluntad sin verdad termina siendo poder. Por eso Lewis es tan profético: advierte que el totalitarismo no es exclusivo del enemigo visible, porque puede nacer también dentro de sociedades que creen ser "libres" pero que han renunciado a cualquier criterio moral objetivo.
»Ratzinger lo sintetiza sin concesiones: la "dictadura del relativismo". ¿Qué significa eso? Que cuando no hay nada verdadero, cuando no hay nada definitivo, la última medida termina siendo el yo, el deseo, la emoción… o el aparato de poder que logra imponer su relato. El relativismo no crea libertad; crea fragilidad moral, y sobre esa fragilidad se levantan los nuevos autoritarismos, muchas veces con aplausos.
»Eso es lo que este libro intenta mostrar: el problema no es solo institucional. Es espiritual. La democracia necesita raíces. Si no las reconoce, se vuelve fácil de manipular por el miedo, por el resentimiento, por el mercado o por la ideología.
-Más allá está lo más difícil: la justicia.
»El libertarismo absolutiza la libertad y olvida el vínculo; el progresismo absolutiza la igualdad y olvida la persona. Y ambos, en el fondo, comparten una raíz: un relativismo antropológico donde la voluntad termina fabricando lo real.
»Lo que proponemos —y ahí convergen varios capítulos— es recuperar una visión personalista: la política al servicio de la persona concreta, con sus vínculos, deberes, fragilidades y dignidad. No es "más Estado" o "menos Estado" como religión civil; es mejor humanidad.
»Y eso obliga a volver a la pregunta prepolítica que atraviesa el volumen: ¿qué es el ser humano? Si no la respondemos bien, todo lo demás se vuelve propaganda.
-Ratzinger es uno de los grandes pensadores políticos de nuestro tiempo, aunque muchos no lo lean así. No porque proponga un programa partidista, sino porque hace algo más difícil: rescata las condiciones morales que hacen posible la política. Él entiende que la democracia no es una máquina que se enciende con elecciones; es una forma de convivencia que necesita una base espiritual. Cuando esa base se erosiona, el sistema puede seguir operando, pero empieza a operar contra sí mismo.
»Su punto de partida es muy sencillo y, por eso, tan incómodo: la democracia se enferma cuando pierde su relación con la verdad. Cuando la verdad se vuelve una opinión más —cuando todo se negocia, cuando todo es relato— la libertad pierde orientación. Una libertad sin orientación no tarda en convertirse en arbitrariedad, en capricho, o en imposición. Ahí la democracia empieza a mutar: ya no es el gobierno de leyes justas, sino una competencia por imponer voluntades.
»Por eso, Ratzinger insiste en algo que parece abstracto, pero es profundamente práctico: hay cosas que una democracia no puede votar sin destruirse. La dignidad humana no es un acuerdo; es un reconocimiento. Los derechos humanos no son concesiones del poder; o están anclados en algo sólido o se convierten en moneda política. Y si no existe un suelo moral previo —prepolítico—, entonces el derecho se vuelve frágil, manipulable, "pilático" u "orwelliano", como lo describe Matheus: procedimiento sin justicia o legalidad usada para dominar.
Personajes
«No estamos perdiendo la democracia, estamos perdiendo el alma», asegura el filósofo David Walsh
Julio Borges Junyent
»Ratzinger también aporta algo decisivo para rescatar la política: la necesidad de ampliar la razón. La modernidad se acostumbró a una razón técnica: lo eficiente, lo útil, lo calculable. Pero una democracia no se sostiene solo con eficacia; se sostiene con justicia. La justicia exige una razón capaz de reconocer el bien, de distinguir lo verdadero de lo falso, lo humano de lo inhumano. Cuando la razón se encoge, la política se vuelve puro conflicto de intereses o administración sin alma. En otras palabras: sin una razón ensanchada, la democracia se convierte en gestión; y cuando se convierte en gestión, el ciudadano se convierte en espectador.
»Aquí está lo más valioso: Ratzinger no es pesimista. Es exigente. Cree que la democracia puede renovarse si recupera la humildad de reconocer límites, si vuelve a educar la conciencia, si reencuentra una idea fuerte de persona y de bien común. Su defensa de la democracia es, al final, una defensa del ser humano: de su interioridad, de su libertad responsable, de su capacidad de verdad. Por eso es tan importante en este libro: porque nos recuerda que la política no empieza en el parlamento; empieza en la conciencia. Y que el futuro de la democracia no depende solo de reformas, sino de algo más profundo: una reconstrucción moral de la convivencia.