Marie Saint-Exupéry, viuda con 28 años y 5 hijos, su enorme fe resultó clave en el genial Antoine
Marie Boyer de Fonscolombe fue mucho más que la madre del aviador y escritor francés autor de «El Principito».
Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, y su madre Marie Boyer de Fonscolombe.
Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, desapareció en 1944 mientras pilotaba un avión aliado en la Segunda Guerra Mundial. Una vida apasionante que tuvo en su madre a un gran modelo de fe.
De hecho, Marie Boyer de Fonscolombe fue mucho más que la madre del aviador, dan a entender sus biógrafos, que destacan su profunda fe. Omnes cuenta su historia.
Porque Marie llevó con fortaleza el fallecimiento de su marido Jean, muerto repentinamente en 1904, y de tres de sus cinco hijos (Francois a los 15 años, de fiebre reumática (1917); Marie-Madeleine, en 1926, de tuberculosis; y el poeta piloto, Antoine, en 1944).
Unas pérdidas que marcaron su vida, pero a las que sobrevivió con una fe perseverante hasta su muerte en 1972.
Marie Boyer de Fonscolombe había nacido en una familia de antigua nobleza francesa profundamente marcada por ideales, cultura y fe. Recibió parte de su educación en las Hermanas del Sagrado Corazón de Lyon.
La vida solo tiene sentido cuando se vive como una llamada, decía ella.
Sus biografías muestran que Marie educó a sus hijos –en particular a Antoine–, en un clima poco común para su época: una combinación de exigencia moral y gran libertad interior.
Viuda muy joven, a los 28 años, con cinco hijos a su cargo, no optó por una educación rígida ni autoritaria. Por el contrario, fomentó la imaginación, la sensibilidad artística y la reflexión personal.
A su hijo Antoine le transmitió una convicción constante: la vida solo tiene sentido cuando se vive como una llamada, no como una comodidad. Este consejo no se formulaba como teoría, sino como ejemplo.
Marie insistía en la importancia de la fidelidad a la propia conciencia, incluso cuando ello implicaba riesgo o incomprensión. Esta actitud está en la raíz del sentido del deber que Antoine mostró como aviador y escritor, y que atraviesa obras como Tierra de hombres.
Las biografías señalan que Marie no desalentó nunca las decisiones difíciles de su hijo –ni siquiera su vocación peligrosa como piloto–, aunque le causaran temor. Su consejo constante no era "evita el peligro", sino "sé fiel a lo que estás llamado a hacer".
En este punto, Schiff subraya que Antoine encontró en su madre una figura de apoyo incondicional, capaz de sostener sin poseer, y de orientar sin dominar.
Uno de los rasgos más llamativos de Marie de Saint-Exupéry es la discreción de su fe. No fue una mujer de discursos religiosos ni de protagonismo espiritual. Sin embargo, todas las biografías coinciden en que su vida estuvo sostenida por una fe cristiana firme, heredada de su familia y asumida de forma personal y madura.
Esta fe se manifestó sobre todo en su esperanza, puesta a prueba por circunstancias extremas. Marie sobrevivió a su marido y a tres de sus hijos, como hemos visto, afrontando la desaparición de Antoine con su avión, en Córcega, durante la Segunda Guerra Mundial.
En lugar de encerrarse en la amargura, su respuesta fue una confianza persistente en Dios y en el sentido último de la vida, incluso cuando ese sentido no era visible.
La biografía Marie de Saint-Exupéry, l’étoile du Petit Prince describe su espiritualidad como una fe atravesada por el dolor. No se trata de una religiosidad ingenua, sino de una esperanza trabajada, silenciosa, sostenida por la oración y por la convicción de que la muerte no tiene la última palabra. Esta certeza fue decisiva para su equilibrio interior y para su capacidad de seguir entregándose a los demás.
En la visión que transmitió a Antoine, la fe no aparece como un sistema cerrado de respuestas, sino como una orientación hacia la luz, incluso en medio de la noche. Esta actitud ayuda a comprender ‘El Principito’, donde la esperanza no se impone, sino que se propone como una búsqueda.
Durante la Primera Guerra Mundial se formó y trabajó como enfermera, atendiendo a soldados heridos en hospitales militares. Fue un compromiso sostenido, exigente y físicamente duro.
Después de la guerra, y especialmente tras la muerte de su hija Marie-Madeleine, intensificó su dedicación a los demás. Colaboró con instituciones de asistencia, con la Cruz Roja y con iniciativas locales de ayuda a enfermos y personas vulnerables. Durante la Segunda Guerra Mundial, ya mayor, volvió a implicarse en tareas de cuidado y apoyo a civiles afectados por el conflicto.
Las biografías subrayan que este servicio no fue una huida del sufrimiento personal, sino una respuesta consciente al mismo. Marie parecía convencida de que el dolor solo puede transformarse cuando se comparte y se orienta hacia el bien de otros.
Esta lógica marcó profundamente a Antoine, que en sus escritos insiste en la fraternidad, la responsabilidad y el valor del sacrificio por algo que nos trasciende.
En una carta dirigida a uno de sus hijos, Marie expresaba su fe no como certeza fácil, sino como búsqueda perseverante, en términos que las biografías resumen así: "La fe no consiste en no tener noches, sino en caminar hacia la luz incluso cuando no se la ve".
Cultura
Saint-Exupéry pensó retirarse al monasterio benedictino de Solesmes cuando dejase de volar
Rome Reports / ReL
En una síntesis muy cercana al texto original, también de fuentes familiares, tras la muerte de alguno sus hijos, Marie escribió palabras que expresan su esperanza cristiana: “No hemos perdido a quienes amamos; han ido antes que nosotros”. Y esta esperanza la llevó a una entrega aún mayor al servicio de los demás.
Marie insistía ante Antoine en que la relación con Dios no se impone desde fuera, sino que se descubre en lo más íntimo de la persona. Cada ser humano lleva en sí algo que lo supera; es allí donde Dios espera, decía. Antoine dirá en ‘El Principito’: “lo esencial es invisible a los ojos”.