Miércoles, 08 de abril de 2020

Religión en Libertad

La santidad del confesor


por Pedro Trevijano

Opinión

Tras casi cincuenta y siete años de sacerdocio, si hoy tuviese que recomendar a un sacerdote joven qué es más necesario para ser un buen confesor, creo que haría hincapié en la santidad y en el don de consejo. Hoy me voy a referir a la necesidad de santidad.

Aunque la acción específica del sacerdote no está unida a su vida personal y se realiza incluso por ministros muy mediocres o en pecado incluso mortal, dado que su misión es servir de puente entre Dios y el penitente, esta misión será mucho más eficaz si el confesor es un hombre de Dios que cree y vive lo que hace, se esfuerza en su santificación y permite así más fácilmente el paso de la gracia. Hemos de ser canales de gracia, para lo que hemos de procurar tener un corazón y un alma limpia con una vida espiritual intensa y genuina, a fin que la gracia divina pueda pasar fácilmente a través nuestro y no se encuentre que nuestras debilidades y pecados no le permitan realizar su tarea. No nos olvidemos de que en la absolución siempre, y en nuestros consejos con frecuencia, hablamos en nombre de Dios. Pero como nadie da lo que no tiene, si no estamos llenos de Cristo, es difícil que logremos transmitirlo a los demás, o tan solo lo haremos de una manera muy imperfecta.

La actitud fundamental del sacerdote hacia los penitentes debe ser el amor, un amor que nos debe llevar a comprender a las personas. Conseguir esta actitud es fácil, porque aparte de que la gracia de estado está para algo, vemos al penitente ya arrepentido, es decir, bajo la luz de la gracia que posee, al menos en forma de atrición, y en nosotros mismos se realiza un poco aquello del Evangelio: "Más alegría hay en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" (Lc 15,7). El Apóstol Santiago, en el versículo final de su Carta, nos da un gran motivo para que los sacerdotes estimemos de modo especial nuestra tarea de confesores: “Sepa que quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados” (5,20)

"Para guiar a los demás por el camino de la perfección cristiana, el ministro de la penitencia debe recorrer en primer lugar él mismo este camino y, más con los hechos que con largos discursos, dar prueba de la experiencia real de la oración vivida, de práctica de las virtudes evangélicas teologales y morales, de fiel obediencia a la voluntad de Dios, de amor a la Iglesia y de docilidad a su Magisterio" (exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia de San Juan Pablo II, 2 de diciembre de 1984, n. 29; Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral Dejaos reconciliar con Dios, Madrid 1989, n. 82).

El sacerdote ha de tener muy claro que es un servicio a los penitentes, no a nosotros. El sacerdote debe recordar que ante todo somos evangelizadores. En la confesión somos instrumentos de Dios, pero sin olvidar que no somos Cristo, sino sus servidores. Por ello nuestra monición antes de la absolución debe intentar no sólo ayudar al penitente a reformar su vida, sino sobre todo hacerle partícipe de la alegre noticia que Dios nos salva porque nos quiere. Para que ellos puedan situarse ante Dios en una actitud de oración y confianza, hemos de acogerles con cariño, dándonos totalmente al penitente que nos viene, pues hemos consagrado nuestra vida a acogerles, y en lo referente al tiempo está claro que hay que atenderles cuanto lo necesiten, aunque tenga que esperar la fila de los habituales. Hemos de hacer de puente entre ellos y Dios, pero sin interponer­nos ni obstaculizar ese encuentro. Muchos además consideran la confesión tan sólo como una especie de detergente, que deja sus almas limpias, por lo que debemos enriquecer esa concepción tan pobre del sacramento para que puedan sacar frutos mayores, al descubrir las verdaderas exigencias del amor a Dios y al prójimo.

Confesar es indudablemente una obra buena, de gran valor pastoral, en el que hacemos un gran servicio a los penitentes, y como sucede en toda obra buena, como nos advierte Jesús: “Es mejor dar que recibir” (Hch 20,35). El ejercicio de este ministerio no sólo sirve a la santificación de los penitentes, sino, sobre todo, a la del sacerdote confesor.

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