Martes, 29 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Así resolvió Teodosio la cuestión del credo niceno


por José María Ballester Esquivias

Opinión

El cristianismo, a través de sus diversas corrientes de pensamiento –principalmente nicenos, arrianos, donatistas, coptos y priscilianistas– ya estaba globalmente asentado a principios del siglo IV, aunque hubo una última oleada de persecuciones en la mayor parte de un Imperio romano cuya división entre su vertientes ya se barruntaba: la concesión por parte de Constantino de la libertad religiosa –de la que los cristianos fueron los grandes beneficiados–, así como su decisión de convocar el Concilio de Nicea, que declaró definitivamente la naturaleza divina de Cristo, fueron etapas importantes para la expansión de la fe cristiana.

Como señala el profesor Víctor Manuel Cabañero en Teodosio I contra los herejes, «de secta, de movimiento que daba cabida a la esperanza de los más desfavorecidos y que cimentaba la visión de un mundo más próspero a nivel personal y comunitario en un futuro del que solo separaba la muerte, esta religión pasó a penetrar la cultura romana».

Sin embargo, el conjunto de logros estuvo a punto de no ser irreversible debido a la conducta de alguno de los sucesores de Constantino. De modo especial Julián el Apóstata, cuyas intenciones hostiles hacia el cristianismo solo fueron frenadas por la brevedad –fueron 19 meses– de su reinado. Juliano fue sucedido por el moderado Joviano, que se esforzó en volver a los básicos constantinianos.

Conflicto con los arrianos

Pero ni él ni su sucesor Valentiniano consiguieron acabar con el enfrentamiento entre los credos niceno y arriano. «En Occidente, la imparcialidad de Valentiniano pudo beneficiar a la facción nicena, que consiguió hacerse de forma firme con el control de la Iglesia cristiana en su territorio. Mientras, en Oriente, la actitud del emperador Valente en favor del arrianismo tuvo como resultado que el conflicto entre ambos credos se intensificase».

La situación empezó a despejarse a través del edicto de Graciano, que solo reconocía a la Iglesia católica, una forma implícita de reconocer la oficialidad del credo niceno. Era el verano de 379, fecha en la cual el joven Teodosio –posiblemente nacido en el territorio de la actual provincia de Segovia– ya era una de las personalidades más influyentes del Imperio, cuya corona ciñó al año siguiente tras haber detenido el avance godo. Y creía en lo establecido en el Concilio de Nicea, por lo que estaba decidido a hacer uso de sus competencias para consolidarlo.

Teodosio I no perdió el tiempo: el 27 de febrero de 380, desde Tesalónica, los emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio decretaban que creían, «conforme a la doctrina apostólica y a la doctrina evangélica, en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de una igual majestad y de la piadosa Trinidad». Acto seguido añadían que «ordenamos que tengan al nombre de cristianos católicos quienes siguen esta norma, mientras que a los demás los consideramos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía». El arrianismo quedaba definitivamente aniquilado.

Según Cabañero, el texto supera las connotaciones de un edicto de corte tradicional y «es la primera vez que, tomando como referencia a la materia política, se legisla la cuestión religiosa». Un cambio de paradigma que entrañaba el riesgo de que fuese tomado por una injerencia por las «facciones rivales», léase los paganos.

El riesgo se ahuyentó en los primeros tiempos por dos razones. La primera es la rápida convocatoria –para frenar posibles disidencias teológicas– del Concilio de Constantinopla por parte de Teodosio, siendo la segunda la prudencia mostrada por este último en la aplicación del famoso edicto. Un acontecimiento terminaría por radicalizar a Teodosio: a raíz de su dura represión de una revuelta en Salónica, que se saldó con la muerte de 7.000 personas, el emperador fue excomulgado por San Ambrosio, a la sazón obispo de Milán. Teodosio hizo penitencia pública, hecho a partir del cual su actitud cambió por completo, pasando a prohibir los cultos paganos, primero en Roma y posteriormente en todo el territorio del Imperio.

Publicado en Alfa y Omega.

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