Martes, 19 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Ante la Nueva Evangelización


Nuestra acción apostólica de re-evangelización exige una salida más cercana, a la puerta de casa; pero no menos necesaria, ni más fácil, ni menos obligatoria.

En un libro que publiqué hace ya quince años, sobre el Vaticano segundo, hay un capítulo, referido al apostolado, con el título de "Arritmia apostólica". Hoy han cambiado las cosas, en algunos casos a mejor. Si hoy escribiera ese capítulo, ¿tendría que cambiar el título? La respuesta pueden encontrarla indirectamente en las líneas siguientes.
 
Con ellas no pretendo arrogarme la verdad, las considero simples reflexiones más o menos acertadas, aunque sí meditadas durante largo tiempo. Mi intención es que puedan dar lugar a una positiva consideración.
 
Con frecuencia se habla de pasar de una Iglesia de conservación a otra de misión. Esto es evidente en los momentos actuales. Pero me temo que ni siquiera conservamos. ¿Por qué se han abandonado tantas y tantas prácticas que mantenían el fuego sagrado de la fe, especialmente en las comunidades rurales, aunque no sólo en ellas? ¿Habían perdido su sentido en ese momento? Lo cierto es que escuchaban la palabra de Dios y llevaban a los sacramentos; y, cuando todavía tenían sentido, se desecharon y nada nuevo las sustituyó. Muchas de ellas quizás no sean recuperables y es posible que ni siquiera tengan sentido, porque nuestro pueblo no es ya un pueblo de cristianos, sino con más o menos cristianos. Está claro que debemos pasar a la Iglesia misión, pero sin abandonar lo poco que tenemos; es más, hay que cultivarlo. San Pablo no paraba de fundar nuevas comunidades, pero no abandonaba las que había creado, sino que volvía y retornaba a ellas.
 
Con la mirada puesta en las circunstancias actuales, no parece equivocado afirmar que ni nuestras pequeñas comunidades cristianas, ni las todavía numerosas, pueden dejarse con solo decirles misas; ni con una cada quince o más días, como ocurre en muchas comunidades rurales, ni con varias en las comunidades urbanas o de mayor contingente de fieles.
 
Es cierto que, como dice el Vaticano segundo: “La Eucaristía aparece como la fuente y la cumbre de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis n 4). Pero la fuente fluye, sale de sí misma, y la cumbre es la coronación de algo. Contentarse, pues, con la misa es negarla, ahogar la fuente en sí misma y dejar de fertilizar los campos para que florezcan y den fruto. Siempre y cada día necesitamos todos ser evangelizados. San Pablo, como nos enseñan los Hechos de los Apóstoles, no se limitaba a recorrer las diversas comunidades y celebrar la eucaristía, la Fractio pannis; hablaba, instruía y actuaba de modo que aquellas comunidades fueran creciendo en número y profundidad.
 
Esto dicho, la mirada debe abrirse a una perspectiva de compromiso apostólico más amplio y asumir el mandato del Señor en toda su dimensión: una evangelización allí donde todavía no ha llegado o no ha sido admitida, y una re-evangelización donde se ha dado la espalda a Cristo.
 
En la primera evangelización, los apóstoles se encontraron ante sí con judíos y prosélitos adoradores del verdadero Dios o bien con un pueblo pagano, pero de creyentes, que creían en sus dioses. Hoy estamos ante un paganismo radical, sin Dios y sin dioses. Con las modulaciones que se crean oportunas y las excepciones que pueden hacerse, porque se dan, podemos decir que vivimos ya en ese mundo pagano que anunciaba Guardini en El ocaso de la Edad moderna. Un paganismo que, después de haber aceptado a Cristo y vivido en una sociedad cristiana —con todas las contradicciones y taras admisibles, pero cristiana—, lo ha rechazado. Y, cuando se ha aceptado a Cristo y después se rechaza, ya no hay posibilidad de dioses. Un paganismo poscristiano no solamente se queda sin Cristo, sino sin dioses. Se trata, pues, de un “paganismo” radical. “La Historia no puede ser desandada… Mediante ella (la venida de Cristo), sean cuales sean las consecuencias, entra el hombre en un nuevo plan existencial” (Romano Guardini).
 
Ante está realidad concreta, podemos hacer una afirmación y una pregunta: la afirmación: es preciso evangelizar; la pregunta: ¿cómo se puede re-evangelizar esta sociedad paganizada? La afirmación es irrefutable desde la fe. La pregunta no tiene una respuesta unívoca, porque son múltiples las situaciones, por parte de los agentes de la evangelización y por parte de las comunidades a evangelizar. Cabe, sin embargo, apuntar algunas ideas, que puedan contribuir a tomar decisiones pertinentes.
 
Si hablamos de Occidente en sentido un tanto generalizado y, como he dicho, con las excepciones que será preciso hacer, podemos afirmar que estamos ante una evangelización de cristianos que fueron y han dejado de ser, lo cual añade una nueva dificultad a la evangelización en sí. Estamos ante una sociedad que necesita ser evangelizada “de nuevo”. Ahora bien, en las sociedades de fe perdida, por más que se diga que hay que salir a presentar el Kerygma (proclamar el mensaje de que el Padre Dios, por su Mesías, muerto y resucitado por nosotros, hace realidad el Reino en el mundo), pienso sinceramente que es difícil hacerlo inmediata y directamente. Hay sociedades concretas en las que solo el ejemplo y la caridad son el medio de iniciar esta proclamación. El Vaticano segundo, en el Decreto Ad Gentes n. 6 § 4, advertía: “Algunas veces, se dan tales circunstancias que, por algún tiempo, no es posible proponer directa e inmediatamente el mensaje evangélico; entonces, ciertamente, las misioneros, con paciencia, prudencia y al mismo tiempo con mucha confianza, pueden y deben, al menos, dar testimonio de la caridad y bondad de Cristo y preparar así los caminos al Señor y hacerlo presente de algún modo”. Algo parecido puede ocurrir en algunos ambientes de nuestra sociedad occidental y, posiblemente, entre nosotros. Aunque es preciso advertir y tener en cuenta que, si bien, en ciertos casos, se puede hablar de haber “perdido” la fe y esto obra como dato negativo para la evangelización, también es cierto que puede quedar un substrato cristiano mayor o menor, aunque solo sea cultural. Todavía es posible que se perciba algo de la fragancia que deja, después de roto, el vaso de la fe.
 
Lo cierto es que siegue y seguirá siempre teniendo actualidad el mandato del Señor: Id y predicad el Evangelio a todas las gentes. Sea de una u otra manera. Y este mandato debe llevarnos a evitar un peligro: Quedarnos en nuestros refugios de invierno, más o menos calientes, esperando a que llegue la primavera. Quedarnos cruzados de brazos a la espera. No es aceptable, pues las dificultades no nos liberan de esa obligación.
 
Ese peligro no es una suposición, pues, entre sacerdotes, no es raro escuchar estas o similares palabras: es imposible hacer algo, porque no acuden, no nos escuchan, no les interesa. Pero, si ‘no acuden’, tenemos que ir nosotros, sin quedar a la espera de que las cosas cambien, porque somos nosotros, con la gracia de Dios, los que tenemos que cambiarlas; hay que salir a las periferias, y las periferias no sólo son lugares remotos o pobreza material, sino lugares tan cercanos como la misma casa o la misma acera, y la pobreza, una pobreza tan radical, aun con abundancia de alimentos y servicios, como es la carencia de Dios y de Cristo. Si ‘no nos escuchan’, hay que cambiar de discurso para que lleguen a escuchar. Si ‘no les interesa’ lo que decimos, tenemos que hablar de lo que les interesa, para terminar hablando de lo que les interesa y nos interesa. Los apóstoles no se quedaron en Jerusalén con aquellos primeros conversos de Pentecostés, judíos o prosélitos; tenían muy claro el mandato del Señor: Id y predicad el Evangelio a todas las gentes. Y aquellos paganos de Corinto o de Roma, sumidos en el vicio, tampoco estaban muy interesados por un hombre que decían había resucitado. Pero salieron y, después de ellos, durante todos los siglos, siguieron saliendo hasta los confines del mundo. Nuestra acción apostólica de re-evangelización exige una salida más cercana, a la puerta de casa; pero no menos necesaria, ni más fácil, ni menos obligatoria.
 
Debemos salir, es un imperativo categórico del Señor. Pero, para que nuestra salida tenga posibilidad de eficacia, para que podamos actuar con instrumentos adaptados y de modo adecuado, es preciso conocer el campo sobre el que debemos sembrar la semilla. A tal fin, además de aquella situación en la que se conserva la fe más o menos viva, podemos distinguir otras tres situaciones diferentes: Primera: aquella en la que todavía, aunque con no pequeña dificultad, es posible una evangelización un tanto directa. Segunda: en la que no es posible de modo tan directo, pero contamos con un sustrato, al menos cultural, de fe cristiana, que hace posible todavía dirigirnos directamente a las personas, aunque desde unos planteamientos nuevos. Finalmente: allí donde no es posible, ni siquiera desde nuevos planteamientos, una acción-relación apostólica directa con las personas.
 
Así las cosas, si dejado a un lado el caso en el que se conserva la fe, donde la acción apostólica ha de ser de profundización, vamos a acercarnos a esta especie de trilogía de situaciones, de menor a mayor grado de descristianización. Se trata solamente de una aproximación al modo más adecuado de proceder para ser más eficaces.
 
En el caso de una fe apagada, pero con cenizas todavía calientes, quizás sea posible un acercamiento por nuestra parte y hasta una llamada a la reflexión, que, si se hace debidamente, puede dar su fruto para iniciar la re-evangelización. No sirve quedarnos lamentando, ni simplemente tocar la campana. Partiendo de la problemática en que se encuentran, es preciso iniciar un diálogo sobre lo que resulta ser de su interés; desde ahí, sin prisas, con paz y paciencia, podremos ir proyectando la luz del Evangelio. Si nos empeñamos en seguir hablando de cosas teológicas y temas muy hermosos y en sí interesantísimos, pero que, hoy por hoy, no les dicen nada, si no tenemos la suficiente paciencia, perdemos el tiempo. Sobre esas cenizas no se puede soplar ni fuerte ni de prisa.
 
En el segundo caso, quizás sea todavía posible actuar desde una serie de charlas o conferencias; una especie de misiones, que iluminen su mundo desde la perspectiva de la ley natural. Los seglares cristianos con formación religiosa y humanística, dotados además de facilidad de palabra, podrían tener aquí un papel muy importante, quizás único. Según la respuesta obtenida, se podrán ir dando los pasos más convenientes. La paciencia, que no es pereza ni miedo, siempre es buena.
 
En el caso de des-cristianización más radical, se impone la ejemplaridad de sacerdotes y cristianos, la oración y la paciencia, la caridad que fluye del corazón y se convierte en obras. Nuestra presencia debería ser un interrogante de trascendencia para cualquier persona. Aun en estos casos, si auscultamos nuestra sociedad, todavía es posible que escuchemos un tenue latido de cristianismo; que, por supuesto, habrá de tenerse en cuenta. Siempre es posible y obligatorio hacer algo.
 
Para terminar. Estamos ante el hecho de un pueblo descristianizado y el deber de re-cristianizarlo. Ante este hecho, puede resultar positivo hacernos un doble interrogante: ¿Qué estamos haciendo en estas circunstancias concretas? ¿Qué cosa diferente y más incisiva de lo que hacíamos hace vente años? Si somos sinceros, la respuesta a estos interrogantes debería rozar nuestra conciencia y herir nuestro corazón de sacerdotes y seglares cristianos conscientes. Porque parece ser no muy positiva.
 
¿Cuánto tiempo hace que venimos oyendo y hablando de Nueva Evangelización? ¿Y en qué ha cambiado nuestra vida apostólica? Ya va para cuatro años la Evangelii gaudium, y, sin comenzar, ya olvidada. ¿Qué se ha hecho de cuanto pide y aun exige? ¿Qué se está haciendo? Hablar y escribir hasta demasiado, pero hacer, bastante menos. Los primeros y principales agentes de pastoral, que somos nosotros los sacerdotes, damos la impresión, como he dicho antes, que nos hemos encerrado en los más o menos calientes refugios de invierno. No sé si esperando la primavera. Pero hay que tener muy presente que no es lo mismo espera que esperanza; la esperanza es activa.
 
No estoy en contra de los planes pastorales ni de ninguna clase. Pero quizás no se necesitan grandes planes pastorales. Y digo grandes, porque cada plan suele ser un tratado de teología pastoral con una multitud de conclusiones. Con menos teología, la suficiente y nada más, y conclusiones operativas contadas; conscientes cada uno de los sacerdotes y cristianos responsables del momento que vivimos, y de las exigencias que requiere el momento presente; muy probablemente, el panorama pastoral cambiaría. La Nueva Evangelización y la Iglesia Misión serían una realidad, que es lo que a nosotros toca.
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