Jueves, 23 de enero de 2020

Religión en Libertad

Hasta el último hombre


Gibson, milagrosamente, ha vuelto con una película mucho mejor de lo que nadie hubiese soñado, completamente coherente con su universo personal.

por Juan Manuel de Prada

Opinión

Disfruté como un enano escribiendo mi último artículo de la revista XL Semanal, una diatriba contra los moderaditos que abominan de Mel Gibson. Y he disfrutado todavía más viendo Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, en el original), que es el título de la película con la que Mel Gibson reanuda su carrera como director cinematográfico, diez años después de la magnífica Apocalypto.

Nadie daba ya dos duros por el retorno de Mel Gibson, a quien los centinelas de la corrección política habían encerrado en la mazmorra de los apestados. Pero el caso es que Gibson, milagrosamente, ha vuelto con una película mucho mejor de lo que nadie hubiese soñado, completamente coherente con su universo personal aunque se trate de una película de encargo (pero también eran de encargo todas las personalísimas películas de Ford, Hawks y demás maestros de antaño). Hasta el último hombre narra la peripecia verídica de Desmond Doss, un soldado de infantería del ejército estadounidense que alcanzó la más alta condecoración militar de su país, la Medalla de Honor, por su heroico comportamiento en la batalla de Okinawa, donde salvó la vida a más de setenta compañeros. Lo estupefaciente del caso es que Doss logró esta hazaña sin empuñar un arma, pues sus convicciones religiosas se lo impedían; pero, al mismo tiempo, su patriotismo lo empujó a alistarse en el combate contra el agresor japonés. En este comportamiento paradójico (un pacifista que se alista en el ejército, un hombre que se niega a empuñar un arma inmerso en un combate donde las armas alcanzan su máxima eficacia mortífera) se halla la originalidad y el meollo dramático de la película, que por agudizar este contraste empieza siendo un drama romántico de ambientación rural para terminar recreando los horrores de la guerra con una crudeza que puede lastimar a los espectadores más impresionables. Por supuesto, Gibson no se recata de exaltar las mismas verdades humanas que exaltaban Ford, Hawks y demás maestros de antaño: el amor conyugal, el heroísmo, la entrega a favor del prójimo y, muy especialmente, la fe religiosa, que es el motor que guía el arrojo de Doss y su salvaguarda frente al escarnio de sus compañeros.

En el personaje de Desmond Doss Gibson ha encontrado un paradójico trasunto de sí mismo, un incomprendido que para mostrarse como es tiene que dar lo mejor de sí; y esta identificación íntima transmite a la película una vibración humana única. Doss es un pacifista al que todos tienen por cobarde, un creyente del que todos se burlan, por juzgar que su religiosidad es el disfraz de su falta de hombría; y que, para sacudirse el sambenito que le han colgado, se arroja al combate, salvando las vidas de quienes lo han estado escarneciendo. Gibson es un hombre de genio artístico al que todos tienen por un orate, por un bocazas, por un fanático; y que, para sacudirse el sambenito que le han colgado, dirige una película de encargo en la que pone lo mejor de sí mismo, como si le fuese la vida en ello, para desengañar a los moderaditos de corazón duro y polla blanda que tanto lo han denigrado. Como Doss, Gibson necesitaba redimirse, sabiendo que no hay redención posible sin paso por el Gólgota; y tal vez el horror y la angustia que destilan las secuencias bélicas de su película sean una proyección de las penalidades y sufrimientos que ha atravesado el propio director durante la última década.

Ojalá haya encontrado la paz soleada que viene del cielo, la paz benéfica que baña al protagonista de su hermosa película, convaleciente todavía pero ya rescatado de un infierno que a punto estuvo de devorarlo entre sus fauces.

Publicado en ABC el 10 de diciembre de 2016.
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