Casarse en el Señor

Unos sonrientes novios después de celebrar su boda católica
Pasados los sesenta aún tengo un recuerdo nítido de la emoción que me produjo la celebración de mi primera comunión.
Mi madre, para un día tan especial, preparó una preciosa mesa con uno de esos manteles bordados que ella guardaba con esmero y sacó la mejor vajilla de la vitrina. Todo en casa se engalanó para la ocasión. Mi corazón de niña no guardó entre sus recuerdos la ceremonia religiosa, porque quizás entonces aún no sabía valorar el inmenso regalo que recibía, y solo quedó grabada esa puesta de gala de la casa en la que transcurrió mi feliz infancia, y que ese día convocó a toda mi familia.
Cuando en mi juventud llegó el momento de recibir otro sacramento, el del matrimonio en mi caso, ya las cosas habían cambiado un poco y las bodas empezaban su transformación imparable hacia lo que hoy vivimos. Pese a todo, aún lo pudimos vivir con bastante sencillez. La ilusión de empezar a vivir juntos lo hizo todo posible en unos pocos meses.
En el transcurso de estos años, que han sido muchos, se han ido añadiendo nuevas complicaciones organizativas al evento social de la boda llevándonos al extremo de pensar que ya no era posible añadir más novedades a este tipo de eventos, pero nos equivocábamos. En el momento actual, nada hace presagiar que esto tenga un final en el que regrese la sensatez a la celebración de éste y otros sacramentos sino más bien, de haber un final, sería por lisis.
En los últimos años, a la ya compleja organización, se ha añadido la preparación de un viaje sorpresa para el novio por parte de sus amigos, antes de que todo dé comienzo, e igualmente por parte de las amigas de la novia; después llegará la preboda, la boda, y la postboda.
Si del viaje de novios se trata, hay que elegir preferentemente pasarlo en las antípodas, y si se trata de la celebración, entrar en la espiral de precios dónde tampoco hay límite al alza. Todo lo que lleve el marchamo de "Boda" aumenta su precio por tres, por cuatro, y hasta por diez, hasta tocar y rebasar con creces el límite de la sensatez y de una buena conciencia.
Si esto ya es un disparate para cualquier persona que entienda que una boda no puede convertirse en un problema económico, hasta para los propios invitados, lo es mucho más si los novios son cristianos.
Nunca fue fácil ir a contracorriente, pero siempre fue esa la dirección que han llevado los cristianos comprometidos en cualquier momento de la historia; "bandera discutida", como lo fue nuestro Señor.
Recordamos el pasaje de las bodas de Caná y cómo, tanto Jesús como La Virgen, desearon que no faltase el vino pensando en la alegría de los novios que deseaban agradar a sus invitados. Ese es el deseo de todos los que se casan, pero para conseguirlo no es necesario organizar unos fastos que atentan contra los pobres del mundo. Por ello, es necesario que vosotros, los jóvenes cristianos, deis ejemplo de esa otra manera de vivir, y por tanto de celebrar, que es hacerlo evangélicamente. Y para ello, la más importante preparación es la de fortalecer vuestro Amor. Si el Señor es el primero en vuestras vidas, todo lo demás encajará perfectamente; también, como no podría ser de otra forma, vuestra boda "cristiana".
Sed valientes para atreveros a celebrar vuestro Amor desde los valores del Evangelio.
Si vosotros no sois sus testigos en vuestros ambientes, ¿quién lo hará por vosotros? (Benedicto XVl).
Herminia Navarro Cabrera