Doctrina para morir
Noelia no podía ser culpable, los transgresores fueron sus custodios políticos por cambiar el designio divino de la muerte.

El rostro de Noelia se ha convertido en símbolo de aquello a lo que conduce la ley de eutanasia.
- En memoria de Noelia Castillo.
La ejecución de Noelia Castillo fue oficialmente presentada como una suerte de sacrificio voluntario en el altar de la estatalidad, nada menos que en nombre de la soberanía del individuo y de su falsa sacralización.
Aquella narrativa no aguanta un asalto: la pobre Noelia fue machacada en vida, abandonada a su suerte y ejecutada en el patíbulo de las muertes mal llamadas dignas. Arrumbada en la sala de despojos humanos inservibles, penando por el desierto de la soledad nihilista, engañada con una falsa caridad sistémica, y coaccionada en sus momentos de indecisión; fue la pasión que le tocó vivir. No fue un suicidio, fue algo mucho peor que eso, fue un crimen mefistofélico perpetrado por un poder político en estado de dulce barbarie.
La filósofa materialista Paloma Hernández, con un calibre dialéctico de gran precisión, clamaba que la respuesta de la sociedad española había sido catastrófica. Noelia no encontró quien acudiera decididamente en su auxilio, ni quien de un modo u otro abrazara su cruz o le ayudara a llevarla. Tristemente tampoco la alentaron por que Alguien lo había hecho unos dos mil años atrás. Alguien que, como ella, también fue abandonado a su suerte. Pero, a diferencia, Aquel era el Hijo de Dios y estaba preparado para el desenlace que retrató todas nuestras miserias: la impiedad del pueblo, la iniquidad de los gobernantes, la desaprensión de los verdugos, la traición de los allegados y el abandono de los amigos.
Noelia sufrió la impiedad de las alimañas que la violaron, la desaprensión de una sociedad fanatizada por la ideología, la iniquidad de un aparato estatal criminal, la traición de unos médicos que la condujeron al matadero y el abandono de quienes podían sentir compasión por ella pero apenas movieron un dedo.
A aquello no se le llamó ejecución, se le llamó eutanasia. Que Dios nos perdone por no haber impedido tal atrocidad, por haberla dejado sola en su particular calvario. No hizo falta negarla públicamente tres veces, con nuestra cobarde inacción lo hicimos numerosas más. Mucho hemos de rezar por su alma y pedir perdón por nuestros pecados. Decía el difunto Papa Francisco que Dios perdona siempre, pero lo de Noelia Castillo fue demasiado.
Falta hubieran hecho mártires como los de antaño, o tratadistas de la buena muerte que arroparan a Noelia Castillo como era debido. Francisco de Quevedo, en su Doctrina para morir, indica como hemos de prepararnos cristianamente para morir, esto es, una filosofía cristiana para la muerte y frente a todo tipo de intoxicadores.
Quevedo ya por aquellos entonces denotaba el error monumental de supeditar la muerte al camastro de una existencia terrenal y cientifista. El destino mortal de los hombres queda "fuera de la porfía de los remedios y de la presunción de la medicina". Con gran puntería, metiendo el dedo en la llaga, denunciaba la mayor inquietud mundanal de los hombres (convertida no por un casual en la mentalidad existencial de esta zarrapastrosa época actual que nos ha tocado en suerte): "Quisiéramos morir sin muerte y que la vida nueva conmutara en sí la ya cansada y caduca".
La mejor preparación para la muerte Quevedo la resumía exhortando poéticamente en clave teologal: "Menester es desnudarse de las tinieblas quien se quiera vestir de claridad". Quevedo tenía muy claro el primer gran beneficio de tal preparación: "Sacar al hombre del mundo y de sus gustos. Por ahí empieza a ser vida". A Noelia Castillo la embaucaron los funcionarios de la “muerte digna” para morir sin salir de este mundo ni de sus gustos, para agonizar hasta el momento de recibir la inyección de gracia. No solo le arrebataron la vida, sino que le negaron la buena muerte. Sacaron ventaja de su debilidad psicológica y de su desconocimiento para inocularle la peor doctrina para morir.
Si el sacrificio de Cristo tuvo como misión primordial a través de la penitencia "que muriera inocente todo aquel que vivió en delito" (enfatiza Quevedo), alguien como Noelia (que, por los avatares padecidos y no compadecidos, vivió inocente y fue víctima de agresiones, manipulaciones y coacciones) no podía morir culpable, pues bien es sabido que la culpabilidad es la desobediencia voluntaria y consciente de la ley de Dios. Los verdaderos transgresores fueron los custodios políticos y verdugos medicinales que la atendieron, por la osadía de querer cambiar el designio divino de la muerte.
Quevedo alerta de que el Demonio trata de convencer a los hombres para que se aferren a esta vida y por eso presenta la muerte como una tragedia final que conduce a perderlo todo definitivamente.
A sabiendas, el gran literato español insta a responderle:
- "La muerte no es pena, sino ley; es mandamiento de soltura para el alma, que deja estos gusanos que las sirven de grillos y esta ceniza a que está amarrada. Pena fue del pecado; desembarazado del espíritu. Si mis amigos son cuerdos, envidia me tendrán quedándose; si yo soy bueno, lástima tendré que se queden".
El Estado Leviatán llegó todavía más lejos, y dibujó a Noelia el panorama inverso; la atacó por el otro flanco del lado oscuro; le presento su vida como una carga pesada innecesaria de llevar cuya única salida era la dulce ejecución consentida, quitándole así a la vida su sentido y a la muerte su valor. De haber contado en los prolegómenos de su ejecución con el asesoramiento de don Francisco, Noelia Castillo habría podido responder a sus prescriptores matarifes que no hemos venido a quedarnos en la tierra, sino de paso, así que la muerte, lejos de aniquilarnos, nos renueva; que por muy erráticas que fueran nuestras obras, la misericordia de Cristo perdona si abandonamos el pecado, y nos admite si el pecado nos abandona.
Noelia, con los restos de voluntad que le quedaban, solicitó el receso de su ejecución, abandonando así el pecado, y coaccionada en última instancia hacia la sala de la mala muerte, el pecado finalmente la abandonó. En esos momentos la doctrina de Quevedo ultima que “su vida va acabando de ser muerte para ser vida". Al cruzar el umbral, ya se olvidan toda clase de obras y méritos, los únicos méritos son los del Dios que murió en la Cruz por cada uno de nosotros: "No es ocasión de confiar en lo que hemos hecho sino en los tesoros de la clemencia divina", diría Quevedo.
Si el Estado eutanásico conociera lo que Quevedo respondió a las últimas intentonas del Demonio, sus corifeos sabrían que no solo no tiene poder sobre la vida, tampoco sobre la muerte:
- "Tú perdiste ya el imperio de la muerte, por eso muriendo estoy fuera de tu jurisdicción".
Ni el origen ni el destino de la vida corresponden a ningún poder temporal ejercitado por una panda de bárbaros.
Ahora Noelia Castillo está en las mejores manos, de las que brota la sangre derramada en una cruz por un Dios de amor. El Dios de la Resurrección.