Vittorio Messori, confidencias personales
La periodista zamorana Sara Martín rememora la íntima amistad que tuvo con Vittorio y Rosanna, padrinos de bautismo de su hijo Pablo.
Sara Martín y su esposo, con su hijo Pablo y Vittorio Messori
Conocí a Vittorio Messori allá por el 2008 o 2009. La mía es una historia como muchas de las que se han publicado estos días, y sin ninguna duda la menos importante. Vittorio Messori compartió mesa y mantel durante años con personas relevantes de la Iglesia, de la cultura y de la política. Eran comidas donde las confidencias y los secretos estaban a la orden del día, no me cabe duda. Pero también compartió mesa y mantel con otras muchas personas sin ninguna relevancia, y una de ellas fui yo. Las conversaciones con él siempre eran interesantes, divertidas, inteligentes y estimulantes.
Hoy me encuentro aquí escribiendo estas líneas porque Álex Rosal, director de Religión en Libertad, antiguo jefe y siempre querido amigo, me lo ha pedido. No hablaré de los méritos de Messori, de su increíble labor de investigación, de sus libros y las traducciones de éstos, que se cuentan a centenares. Lo que hoy me piden es hablar de mi historia personal con Messori, y así lo haré.
Cuando conocí a Vittorio, yo me encargaba de la comunicación y el márketing de la editorial LibrosLibres, que publicó la traducción de los últimos libros de Messori.
Mi trabajo consistía en organizar su agenda de entrevistas con los diferentes medios de comunicación, concentradas en tres o cuatro días que culminaban con la presentación del libro en cuestión en una gran sala. No sé si fue mi juventud (tenía entonces 24 ó 25 años), o quizás mi total despreocupación por el “personaje famoso” (nunca me han impresionado los títulos ni la fama de nadie, ¿deformación o virtud?), pero estoy segura de que la naturalidad y el desparpajo con los que siempre lo traté, gustaban mucho Vittorio.
Divertido, irónico, simpático
Era un hombre irónico, y le sorprendía que mis respuestas a sus bromas fuesen tan irónicas como las suyas, si no más. Para una persona acostumbrada –muy a su pesar- a mucha admiración (a veces colindante con la adulación), encontrar a alguien que lo trataba como una “persona” y no como el “personaje” era un alivio, lo sé.
Nuestra sintonía fue inmediata, y aunque después él se marchaba a Italia, de vez en cuando nos mandábamos un mail para saludarnos y hablar de la vida.
Conservo algunos de esos correos electrónicos como un tesoro. Volvió sucesivamente otras veces y acabó por llamarme “la mia schiavista” (algo así como “mi negrera”) por la apretada agenda de medios a la que lo sometía.
También me pedía que le corrigiera su español, y me leía por adelantado el discurso que tenía preparado para la presentación oficial del libro, con el deseo de mejorar su pronunciación lo más posible.
Las risas y los chistes eran nuestro modo de lidiar con jornadas agotadoras en las que nos encontrábamos –honestamente- con periodistas y personajes de todo tipo. Recuerdo que incluso un importante político que admiraba muchísimo a Messori –y que después se convertiría en ministro- nos pidió “audiencia” con él, y hubo obviamente que encontrarle hueco. Éstas eran las cosas que Messori detestaba, pero que soportaba con resignación cristiana por la causa.
Acogida calurosa y de hija
Fui a ver a Messori un fin de semana junto con un grupo de amigos míos y nos acogió calurosamente, organizándonos cosas que hacer e incluso una cena con conocidos y amigos suyos. Su generosidad y cariño siempre me impresionaron porque, es innegable, yo no soy nadie. Pero sé que me vio siempre como una hija, o quizá como una nieta, y en parte así me trató siempre.
Recuerdo que en aquel viaje una trabajadora de un Autogrill lo reconoció y él –con su habitual sorna y su total desinterés por la fama- lo negó por completo, asegurando que se parecía mucho a Messori, que efectivamente algunas personas se lo decían, pero que no era él. Yo estaba delante y reía para mis adentros de la situación.
Vivir en Italia a 90 minutos de Vittorio
Terminé mi andadura en LibrosLibres en 2010, pero el encaje de bolillos de Dios quiso que en el 2012 me trasladara a vivir a Italia, a hora y media de la casa de Vittorio. ¡Qué bendición! Desde entonces, nuestra amistad creció inmensamente.
Cada dos meses mi marido y yo íbamos a verle a él y a su mujer, Rosanna, que enseguida se convirtió en una referencia importantísima para mí. El tiempo pasó, los hijos llegaron, y continuamos con nuestra tradición de vernos varias veces al año.
Soportaban estoicamente el follón que suponía comer en medio de tantos niños pequeños, y siempre nos recibían con cariño. Rosanna incluso había pensado en trasladarse a vivir a nuestra ciudad si se quedaba viuda.
Vittorio Messori con su ahijado Pablo
Vittorio y Rosanna, padrinos de Pablo
Vittorio y Rosanna se convirtieron en padrinos de nuestro tercer hijo, Pablo, en 2019, aunque por desgracia la llegada de la Covid un año después les impidió poder disfrutar de él como habríamos querido. La prudencia y su avanzada edad, unido a la presencia de tantos niños, impidió que nos viéramos tan a menudo como lo hacíamos previamente.
En 2022 una leucemia fulminante acabó con Rosanna en menos de un mes, y desde entonces el declinar físico de Vittorio fue galopante. Vittorio aceptó cristianamente la muerte de su esposa, pero nunca se recuperó de ella.
Siempre que hablaba con él me decía que esperaba pacientemente que “il buon Dio” lo llamase para irse junto a Rosanna. Me ha gustado mucho la imagen que ha usado estos días Ricardo Caniato, de la editorial italiana Ares, para describir a Vittorio: “un viaggiatore sulla banchina, con la valigia pronta” (un viajero en el andén, con la maleta ya preparada), que comparto sin dudar.
Vittorio deseaba ardientemente volver a la patria celestial, pero nunca lo vivió con rabia ni enfado. Estaba tranquilo: simplemente esperaba su momento. Tenía una certeza total en la vida eterna, y estaba convencido de que la Virgen María, sobre la que tanto estudió y a la que tanto amó, lo acogería en sus brazos amorosos llegada la hora. No me cabe duda de que así habrá sido.
En enero, el último encuentro
La última vez que vi a Vittorio fue hace tres meses, después de Navidad. Fuimos a verlo junto con dos de nuestros hijos, y tuvimos la bendición de disfrutar mucho de él, y me atrevo a decir también con él. El deterioro físico y mental era ya muy avanzado pero, como se suele decir, tenía un buen día.
Compartimos confidencias y anécdotas. Nos cantó canciones, hizo chistes y me recordó –como siempre hacía cuando me veía- que había sido condecorado como Comendador de la Real Orden de Isabel la Católica por el Rey Juan Carlos I.
Era un reconocimiento del que estaba particularmente orgulloso, como lo estaba de su libro sobre el milagro de Calanda.
Recuerdo que hace año y medio estuve allí con toda mi familia, y desde allí lo llamé a su casa para decírselo. Se alegró mucho. Siempre compraba jamón de Teruel para él porque era el único que aceptaba como regalo, porque le recordaba a su amada Calanda.
Unas lágrimas...
Rememorar nuestro último encuentro me resulta todavía muy doloroso. Las lágrimas me afloraron en varias ocasiones porque era muy consciente de que las posibilidades de volvernos a ver eran escasas.
Su cuidadora me había hablado previamente de su delicadísimo estado de salud y especialmente de la fragilidad de su corazón. Fui muy consciente en todo momento de lo extraordinario que suponía haberlo visto en un “buen día”. Lo viví como un regalo de Dios para mi hijo, que siempre tendrá ese maravilloso recuerdo de su padrino.
Dejé su casa con un nudo en el estómago, pero con la promesa de vernos en primavera e ir todos juntos a tomar un chocolate a la Abadía de Maguzzano, que él tanto amaba y donde escribió sus libros. Ese chocolate nunca llegará.
Rosanna murió un Sábado Santo, y Vittorio murió un Viernes Santo. Unidos en Cristo hasta el último momento. Muertos con Él y resucitados con Él. Un grandísimo honor. Ambos se desgastaron por la causa del Evangelio, y estoy convencida de que tanto Rosanna como Vittorio han sido recibidos en el Cielo con las palabras de la Escritura: “Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.
Arrivederci Vittorio, ci rivediamo lassù. Reza por nuestra familia.