«Hijos del polvo»: una peregrinación espiritual
El nuevo poemario de Ignacio Eufemio Caballero no se queda solo en palabras, pide una acción en la que Dios está muy presente.

El recorrido que busca a Dios siempre tiene un impacto en la vida de cada uno.
Silencio, nos falta silencio para el ejercicio del pensamiento crítico, la profunda reflexión o una acertada lectura como la que nos propone Hijos del polvo (Ediciones Vitruvio), el reciente poemario del joven poeta Ignacio Eufemio Caballero. Los tiempos –no con viento a nuestro favor– mandan, aunque siempre quedan brisas y horizontes de oposición, fortaleza y reciedumbre como se vislumbra en los poemas que nos ocupan.

'Hijos del polvo', un poemario de Ignacio Eufemio Caballero.
Y es ese solemne silencio de la soledad que tanto añoramos el que ha de cursarnos una invitación para la encrucijada de versos que, contra viento y marea, desenvainan estos afilados mensajes de resistencia en momentos lastimosamente abanderados por los complejos de la tibieza. A pesar de todo, como el fulgente haz de luz entre los escombros de las ruinas de un terremoto, siempre quedan cenizas, polvo o resquicios que, removidos o conmovidos, prometen resurgir y acudir a la brega, al fuego, a esa vanguardia que es puesto de un honor desgraciadamente venido a menos, ahora en desuso, apremiado por la inmediatez, ensuciado por la indignidad, olvidado por la indiferencia, exiliado por la ausencia de identidad y vilipendiado por la indigencia intelectual.
Porque el honor combate junto a la dignidad, su binomio, hombro con hombro, contra la infamia y la indiferencia, sus enemigos, y, en las duras, resurge resiliente cuando llanto y sufrimiento nos asolan. Siempre hay restos que ofrecen migajas plenas de voz, de los ecos de un eterno grito, el del lenguaje, capaz de derribar debilidades y, osado, recuperar el latido de aquello que creímos haber perdido en tiempos de zozobra.
El polvo no es el fin, sino la base y sustento de lo que puede y merece ser redimido con labor y esfuerzos de todo tipo. Y si hay que tirar de épica, se tira, como esa insurrección a lomos de un bravo e inconsciente Rocinante incluso con una quimérica Dulcinea, dotada de invisibilidad al mismo tiempo que de inspiración para la gesta. Las hazañas saben de lo que hablamos o virtualizamos.
Y eso es el final, la apuesta del poeta en esta irreverente actualidad en la que la fe demanda acción, no palabras, compromiso con oraciones casi sin oyentes, desprovistos de presencia, que se unan a la causa de una batalla en la que somos pequeños ante la ostentación e inmensidad de una aparente grandeza.
Sin embargo, hemos de llegar al desenlace de ese reto con la profundidad de la filosofía, el anacronismo de una particular militancia y la arquitectura mística forjada en el inventario de una ausencia privada, la del abuelo en Siempre promete amanecer –primera obra del poeta–, cuya afligida grieta por la pérdida familiar se amplía en diversos duelos como consecuencia de la navegación sin rumbos, sin brújulas, en una civilización huérfana de lo sagrado, lo tradicional o lo identitario tras la rendición de un lenguaje que, en esta ocasión, pretende estimular, restaurar y devolver todo lo que anda errante y dubitativo en este incierto presente. No hay tiempo para el consuelo, no quedan momentos para la incertidumbre en esta líquida y vacua modernidad que, insaciable, nos devora como Saturno a sus hijos.
Mientras el mundo corre apresurado hacia la inmediatez, el poeta hace una atrevida pausa y se detiene a conversar con espectros de los pretéritos Cervantes, Quevedo y San Juan de la Cruz. ¡Qué mejores consejeros para esta aventura! Esta genealogía literaria no es mero ornamento, sino una obligación para con nuestras Letras: la imperiosa necesidad de nombrar lo eterno con un lenguaje que, alzando la voz, rescata el léxico que huele a tierra, a aceite, a campo, a sangre, a semántica de ancestros hispanos.
Y en medio de esa censura temporal aparece el concepto nuclear del libro: la "umbralesía". Tal vez, el más poderoso hallazgo del autor, definiendo ese no-lugar, esa ausencia con frontera donde el hombre contemporáneo, ajeno a los mitos, se expone al naufragio, sin luz ni faro que alumbren sus pasos en un mundo despojado de razón por la extrema y severa sobredosis de razones.
Ese hito geográfico es un territorio quejicoso, ausente de verbo, donde la verdad no se negocia ni razona, sino que se padece con asombrosas y diversas presencias que nacen en sobrias y estoicas raíces castellanas, se reflejan en el mito nórdico como destino universal y se detienen en la herencia del misterio, única y exclusiva frontera de la realidad.
La exploración de esa "umbralesía", como la del contenido poético de toda la obra, exige pico y pala, sin ruido ni alardes, en sumo silencio para, discretos, evitar ser descubiertos en la búsqueda de la esencia que proporcionan la verdad y la luz que derrumba las misteriosas e inciertas sombras del presente. Nadie dijo que iba a ser fácil.