Religión en Libertad

El miedo al matrimonio

Muchos reconocen que una familia bien constituida proporciona una satisfacción más profunda que el éxito profesional. Pero...

La sociedad aprecia el matrimonio y sabe que es fundamental para su estabilidad colectiva, pero... no se hacen los sacrificios necesarios para sostenerlo firme.

La sociedad aprecia el matrimonio y sabe que es fundamental para su estabilidad colectiva, pero... no se hacen los sacrificios necesarios para sostenerlo firme.Carly Rae Hobbins / Unsplash

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De acuerdo con una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicada recientemente por el ABC, la mayoría de la sociedad afirma que el verdadero amor es estable, fiel y duradero. Esto, pese a los “nuevos, diversos y abiertos modelos románticos” promovidos en el ámbito cultural y político. 

De esta manera, la mayoría de los españoles que vive en pareja apuesta por una relación monógama (96,9%). Sorprendentemente, el 80,1% de los encuestados cree que puede existir amor entre dos personas sin relaciones sexuales y el modelo de unión preferido es el matrimonio por la iglesia (38,5%), seguido de quienes son pareja de novios (34,6%) y de los que tienen un enlace civil (21,7%). Otro sorpresivo dato es que el 64%, de los encuestados coincide con las palabras de San Pablo a los Corintios y afirma que “el amor verdadero puede con todo”, y el 60,2% mantiene que “el amor verdadero dura toda la vida”.

Desafortunadamente, una cosa es lo que se piensa y otra muy diferente lo que se hace, pues, a pesar de estos esperanzadores datos, se estima que en España solo el 17,94% de los católicos se casan por la Iglesia (ABC). Además, al tiempo que la cohabitación asciende los matrimonios descienden, pues se estima que en torno al 50% de los españoles jóvenes y de mediana edad no se casará nunca y un porcentaje similar de los matrimonios españoles acaba en divorcio (ABC).

La situación no es muy distinta en otras partes del mundo. En los Estados Unidos, aun cuando la mayoría afirma que le gustaría casarse, son pocos los que lo hacen. Entre 1962 y 2019, el porcentaje de mujeres de 15 a 44 años que estaban casadas disminuyó del 71 % al 42 %. Y desafortunadamente, el porcentaje de matrimonios católicos, desde 1970, ha disminuido casi un 80 %. Asimismo, las uniones de convivencia se han convertido en norma, pues dos tercios de los nuevos matrimonios, aun entre católicos, han estado precedidos por la cohabitación. Esto, aunado al aumento de los divorcios y a la maternidad fuera del matrimonio, ha incrementado exponencialmente el número de niños que nacen o se crían fuera de familias unidas (40%) (EWTN).

Aunque estos escalofriantes datos describen la realidad estadounidense, la rápida y profunda transformación social es un fenómeno global. En pocas décadas, gran parte de Occidente ha experimentado una profunda revolución cultural, ya que en nombre de la tolerancia y la inclusión se han relativizado y hasta condenado, por arcaicas e intransigentes, numerosas normas morales que guiaban y protegían a la sociedad

De ahí que la mayoría de la sociedad occidental, incluidos muchos que apoyan la familia natural como el ideal, han asumido el divorcio, la anticoncepción, las relaciones prematrimoniales y la cohabitación como parte del “progreso” conseguido. Al parecer no se dan cuenta de que precisamente la amplia aprobación social de dichas conductas están destruyendo la institución del matrimonio y por ende de la familia.

A dicha transformación cultural se ha sumado la difícil situación económica y un entorno laboral altamente competitivo y exigente que, alimentado por el materialismo y el individualismo imperantes, empuja a muchos a concentrar sus esfuerzos en la tan proclamada autorrealización personal. Esta suele identificarse con la independencia financiera y con un trabajo gratificante (objetivos que, paradójicamente, resultan cada vez más difíciles de alcanzar), con lo cual se relega el matrimonio y la formación de una familia. Todo ello, pese a que muchos reconocen que un matrimonio estable y una familia bien constituida suelen proporcionar una satisfacción mucho más profunda y duradera que el éxito profesional.

Sin embargo, a pesar de la guerra librada por décadas a través de diferentes medios contra el matrimonio, vemos cómo la mayoría de la sociedad sigue valorando el matrimonio para toda la vida: ese que se consigue a base de no pocos esfuerzos, sacrificios y renuncias. Desafortunadamente, el discurso cultural imperante, unido a las malas experiencias sentimentales propias y ajenas, ha llevado a muchos a contemplar el matrimonio con creciente escepticismo. Incluso quienes no lo rechazan abiertamente lo perciben como un ideal tan lejano, complejo y arriesgado que, muchos prefieren evitarlo. De ahí que la gran incertidumbre financiera, aunada a una cultura que relativiza las normas morales y promueve la gratificación inmediata, suscite que muchos hombres y mujeres no se sientan preparados para dar el “gran paso”.

El resultado está a la vista: cada vez menos personas pasan por el juzgado y menos aún por el altar. Por lo que hoy, parafraseando a Chesterton, un hombre común y una mujer común, unidos en matrimonio y con hijos comunes, están en camino de volverse algo extraordinario.

Como vemos, la obsesión de Occidente por la autonomía, la autorrealización y el individualismo, así como la falta de principios morales objetivos, están causando el declive del matrimonio como nunca se había visto. Mas esta institución natural no puede ser transformada ni sustituida, ya que sin matrimonios sólidos que formen familias sanas la sociedad se desintegrará irremediablemente. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (n. 1601).

El declive de la institución familiar sólo puede revertirse promoviendo la belleza del matrimonio cristiano, que no se basa en sentimientos y emociones volubles e inconstantes, sino que se sostiene por la caridad: que todo lo excusa, que todo lo cree, que todo lo espera, que todo lo tolera. Matrimonio que es permanente, fiel y fecundo y en el cual el amor entre un hombre y una mujer se sobrenaturaliza y encuentra su plenitud. A través del sacramento se invita a Cristo a santificar, con Su presencia, el matrimonio que comienza

Con ello, los esposos ya no dependen solo de sus débiles fuerzas sino que contarán con la invaluable ayuda divina. Pues la gracia del sacramento acrecienta, perfecciona y santifica el amor entre los esposos, es fuente profunda de felicidad y plenitud de los cónyuges, de sus hijos y, por ende, beneficia a toda la sociedad.

Parafraseando a Fulton Sheen: el matrimonio es la más perfecta de las amistades, la más íntima de las uniones y un reflejo del amor divino, puesto que la vocación del matrimonio es hacer visible el amor de Dios.

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