¿Tiene sentido hablar de «conceder derecho al aborto»?

El «Sí a la vida» se ha convertido en una constante en las calles españolas, en concentraciones festivas e intergeneracionales
En este momento bien haremos en pensar en un gran problema que tenemos en el mundo, también en nuestra querida España: el tema del aborto. Ya lo traté en otra ocasión, pero ahora quiero insistir en uno de los temas tratados entonces y ampliar lo que dije sobre el tema de la expresión “conceder derecho al aborto”.
Yo escribí hace años un libro con el expresivo título «Las sinrazones del aborto». Pensé que iba a recibir muchas y severas críticas. Pero no he tenido conocimiento de que haya habido alguna. En cambio, las cifras de los abortos han crecido de manera espectacular.
El año pasado en España hubo 108.000 abortos. En Alemania país que tanto admiro y estimo, 200.000. Si habláramos de toda Europa, serían millones.
Que nadie se enfade conmigo por tratar este tema. No voy a hablar como partidario de un grupo político que rechaza el aborto. Yo hablaré como una persona que ha dedicado miles de horas a estudiar la grandeza de la persona humana y ahora es catedrático de filosofía en la Universidad española y miembro de la Real Academia española De Ciencias Morales y Políticas; que se dedica al estudio y escribió unas 70 obras sobre temas relativos al respeto que merece la excelencia del ser humano.
Si hay alguien que me dé una razón que me convenza para justificar el aborto, yo lo defenderé en adelante. En mi libro expuse muchas razones en contra. Nadie, que yo sepa, me contradijo. Y yo cada día veo más claro que una vida humana, pese a todas sus debilidades, es algo tan grande en diversos aspectos que merece un respeto infinito.
Hoy se habla mucho en diversos países del “derecho de las mujeres al aborto”. Se trata de pueblos considerados como cultos, y con razón. Pensemos en España, Francia, Alemania, Italia, Inglaterra y tantos otros. Tienen centros educativos de considerable altura, pero publican leyes concediendo ese derecho a las jóvenes.
Vale la pena pararse a pensarlo, no sea que nos creamos cultos y honrados, y estemos cometiendo una injusticia de la mayor gravedad. Algo así sucedió durante siglos con la práctica de la esclavitud en naciones consideradas como grandes y modélicas, y, más tarde, gracias al empeño de diversos pensadores e instituciones admiradoras de la grandeza de la persona humana se consideró tal práctica como inaceptable, y se extirpó. No del todo, lamentablemente, pero sí en gran medida.
Al parecer, se acepta el aborto como un logro de la civilización actual. Pero a mí, que no tengo ningún cargo ni poder alguno, y hablo desde la humildad de un estudioso incansable, se me ha ocurrido pensarlo a fondo y he llegado a la conclusión de que, a lo peor, estamos equivocados y, creyendo ser justos, nos hemos lanzado al abismo de una injusticia social pavorosa. Cuando se hace una afirmación muy comprometida, hay que asegurarse antes de que lo afirmado tiene sentido. Fíjense, por favor, en que no digo que debemos pensar a fondo si lo legislado “hace justicia al ser humano y le será beneficioso”.
Mi pregunta es todavía más radical, es decir, va más a la raíz del asunto: debemos preguntarnos si la expresión “conceder a las jóvenes el derecho al aborto” tiene sentido. Hablar sin sentido suele juzgarse muy severamente en la sociedad actual. Cuando alguien mayor de edad se expresa en serio y públicamente, pero lo que dice carece de sentido, suscita alarma y obliga a los familiares a tomar medidas.
Hoy solo voy a exponer mi tesis básica. Si queremos que nadie nos considere insensatos, antes de proclamar el derecho al aborto debemos aclarar primero de dónde nos vienen los derechos.
Por ejemplo, un profesor tiene derecho a exigir silencio en clase porque tiene el deber de formar a los alumnos y otorgarles su mayor bien: poder defenderse en la vida con holgura. Empezamos a descubrir que los derechos proceden de los deberes, y estos se dirigen al bien de todas las personas implicadas.
El profesor tiene derecho a suspender a un alumno que no conoce lo básico de la asignatura. Lo que no puede es humillarlo en público y desprestigiarlo ante sus compañeros. Lo primero es necesario para que el alumno se espabile y ponga más empeño. O sea, el derecho del profesor responde al deber que tiene de formarlo y prepararlo para que se defienda en el futuro y pueda crear una familia. Todo esto es un gran bien para el alumno. Pero no despreciarlo y exponerlo a un sentimiento de impotencia que podría dañarlo seriamente. Sería para él un mal.
Tampoco tiene derecho el profesor a ampararse en su libertad de cátedra y dedicar una clase a contar, por ejemplo, chistes y bromas de los estudiantes medievales. Puede un día aludir a un detalle jocoso que venga a cuento de algo tratado en clase. Pero no dedicar una clase a un tema totalmente ajeno al tema de la clase y el programa asumido por el centro. Un profesor tiene libertad de cátedra, pero eso no significa libertad para hacer lo que quiera en cada momento, sino libertad para explicar el tema que figura en la agenda del centro. Todo para el mayor bien de los alumnos.
Un maestro de escuela primaria tiene derecho a recomendar a los padres que manden a sus hijos a clase y no los dediquen a ayudar en las faenas del campo que estén a su alcance. Ese derecho responde a su deber de lograr que los niños posean una buena formación primaria en orden a conseguir un título que les ayude a abrirse paso en la vida, lo cual supone para ellos un gran bien.
Los padres tienen derecho a buscar un colegio de confianza para sus hijos, porque sobre ellos recae el deber de educarlos debidamente, y orientarlos rectamente en la vida, que es su mayor bien.
Está claro que los derechos de una persona surgen siempre en función de un deber y un bien.
Al conceder el derecho al aborto, ¿qué deber se cumple y qué bien se consigue?
En síntesis, podemos decir que cuando se trata de una norma penal según la cual el alumno que no guarda silencio será penalizado de una u otra forma, tendría sentido preguntar quien ha impuesto esa norma, porque se trata de una cuestión legal, pero si hablamos del derecho del profesor a exigir silencio en las horas de clase no tiene sentido preguntar quien le concedió semejante derecho porque realmente ese derecho procede del deber que tiene el profesor de impartir unas clases eficaces en orden a la formación de los alumnos. No tiene sentido hablar de conceder a los padres el derecho de cuidar a sus hijos y educarlos debidamente, por la profunda razón de que están llamados por su misma naturaleza a buscar el bien de sus criaturas. Ese es su nobilísimo deber.
En el artículo siguiente trataremos de las consecuencias que acarrea el confundir una norma legal y una norma moral.
Alfonso López Quintás
Catedrático-e de universidad y Miembro de la Real Academia Española De Ciencias Morales y Políticas