Religión en Libertad

La imposibilidad moderna de quedarse quieto (y III)

Silencio, gracia y la custodia de los espacios sagrados.

El silencio del templo no es el silencio de la nada, sino el silencio de una espera amorosa.Canva.

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El silencio no es hoy una cuestión neutral. Tampoco lo son los espacios que lo custodian. En una cultura saturada de discurso, de interpretación y de conflicto simbólico permanente, el silencio se ha vuelto sospechoso, y los lugares que lo protegen, incómodos. No porque digan demasiado, sino precisamente porque no dicen lo que se espera de ellos.

La creciente presión sobre los espacios sagrados -su resignificación, su instrumentalización simbólica o su reducción a mero patrimonio cultural- no responde únicamente a debates históricos o administrativos. Revela algo más profundo: la dificultad contemporánea para aceptar lugares donde el sentido no se negocia, no se produce y no se impone. Lugares donde el hombre no es interpelado como consumidor, ciudadano o militante, sino como alguien que puede permanecer ante una presencia que no se deja domesticar.

En este contexto, el templo resulta perturbador. No se alinea, no explica, no toma partido en el lenguaje dominante. Permanece. Y esa permanencia, silenciosa pero firme, cuestiona una cultura que sólo tolera lo que puede controlar, redefinir o traducir a sus propias categorías. El templo recuerda -sin proclamas- que hay una dimensión de la vida humana que no se somete al consenso ni a la utilidad, porque está fundada en una Presencia que se da, no en un relato que se impone.

Por eso, cuando en el debate público se plantean iniciativas orientadas a resignificar el interior mismo de un templo -como ocurre actualmente con la basílica de la Santa Cruz en el Valle de Cuelgamuros-, la cuestión de fondo no es sólo jurídica, histórica o patrimonial. Es también, y quizá sobre todo, antropológica.

Se debate si un espacio concebido para custodiar una presencia y un silencio habitado puede seguir siéndolo, o si debe transformarse en un lugar atravesado por discursos ajenos a su naturaleza.

Plantear esta cuestión no implica negar la historia ni el diálogo con la sociedad. Al contrario: exige tomarlos en serio. Pero también exige reconocer que hay espacios cuya razón de ser no es comunicar un mensaje cambiante, sino ofrecer una posibilidad permanente: la de detenerse sin huir ante una Presencia que no reclama adhesión forzada, sino disponibilidad del corazón. Alterar radicalmente esa función no es un gesto neutro, porque afecta a aquello que el templo protege incluso cuando nadie habla: el silencio como lugar de encuentro.

El conflicto en torno a los espacios sagrados no es, en el fondo, una disputa arquitectónica ni memorial. Es una disputa sobre si el hombre necesita todavía lugares donde el sentido pueda ofrecerse sin violencia, donde la presencia no dependa del relato dominante, donde la gracia -el Amor que se da- pueda ser acogida sin condiciones previas.

Defender el templo no es defender un privilegio confesional ni un residuo del pasado. Es defender la existencia de un espacio donde el hombre no tenga que huir de sí mismo ni producir constantemente sentido. Donde pueda sentarse, callar y permanecer. No para aislarse del mundo, sino para volver a él sin haber sido devorado por el ruido.

Quizá por eso, en un tiempo que proclama la libertad pero desconfía de la gratuidad, el templo sigue siendo un lugar de resistencia. No una resistencia ideológica, sino una resistencia silenciosa: la de recordar que el hombre no se agota en lo que dice, en lo que hace o en lo que reivindica. Que hay algo en él -lo más verdadero- que sólo puede ser recibido.

En última instancia, la cuestión no es si la sociedad tolerará el silencio del templo. La cuestión es si el hombre contemporáneo puede permitirse perder los lugares donde todavía es posible quedarse. Porque cuando desaparecen esos espacios, no queda un mundo más libre, sino un mundo donde ya no es posible dejar de huir del Amor que lo espera.

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