Religión en Libertad

La verdad prohibida

Es perseguida a conciencia por los poderes modernos, pero resiste en pie y conserva gran parte del apoyo social: se llama Ley Natural.

La razón es la luz que ilumina el conocimiento de la Ley Natural, la gran perseguida de nuestro tiempo.Bruno van der Kraan / Unsplash

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¿Cuál es la raíz de la violencia verbal, mediática, política, jurídica e incluso física con la que, últimamente, se reacciona ante determinadas posiciones existenciales? No son las opiniones, ni las ideologías, ni los dogmas religiosos, ni las conductas delictivas, ni las estrategias partidistas, ni la derecha o la izquierda, ni siquiera una coyuntura electoral o bélica. La raíz es más honda, más decisiva y, para el hombre contemporáneo algo más incómodo y detestable, algo mentalmente prohibido: la reivindicación de la Ley Natural como criterio objetivo.

El contraste entre la ideología y la ciencia

Durante los últimos siglos, con la hegemonía de las filosofías postmetafísicas, Occidente vive anclado en una idea delirante: que todas las cuestiones morales pueden resolverse por mayoría, por consenso, ideológicamente o por ingeniería jurídica o social. Que no hay verdades o bienes previos, ni fines inscritos en la naturaleza, ni límites anteriores al Estado o al deseo. Todo es negociable. Todo es revisable. Todo es “cocinable”.

Paradójicamente, las ciencias han seguido una trayectoria distinta. Mientras se desprendían de mitos y presupuestos indemostrados, progresivamente se comprometían con la evidencia empírica y con la formulación de leyes cada vez más rigurosas, universales y verificables; leyes que describen una regularidad objetiva del mundo y que, en último término, remiten -aunque no siempre se admita- a una racionalidad inscrita en la propia estructura de lo real, o sea, en sentido amplio, a la Ley Natural. Esa misma Ley que buena parte de las humanidades contemporáneas ha relegado, cuando no proscrito, al cambiar el foco del estudio de la realidad objetiva al sujeto subjetivo, en nombre de la sospecha o del constructivismo radical. 

El contraste es elocuente. Mientras la ciencia, aferrada a verdades observables -aunque, con frecuencia, sin mirar hacia su fundamento último- ha progresado de modo exponencial hasta el punto de domesticar la materia hasta hacerla “pensar”, el pensamiento humanístico y cultural, desvinculándose de toda referencia a la verdad, corre el riesgo de diluirse en narrativas autorreferenciales, experimentaciones subjetivas y nuevos dogmatismos disfrazados de emancipación. 

La consecuencia es una brecha creciente: sin una base ética y antropológica sólida, la gestión de los avances científico-tecnológicos se vuelve casi imposible. Y aquello que no se integra en un horizonte con sentido último termina, con frecuencia, volviéndose pernicioso. Pero esto es harina de otro costal.

La ley natural y la razón

Sirva la anterior reflexión para mostrar que la Ley Natural no es una doctrina religiosa encubierta ni un dogma confesional. Es una afirmación racional elemental que, en el fondo, sirve para dominar la naturaleza, tanto material como inmaterial. 

Existen realidades objetivas, cognoscibles por la razón, anteriores a la invención ideológica, a las decisiones del poder político o al consenso social. Nuestra inteligencia está llamada a descubrirlas y nuestra voluntad a acatarlas. En reflexión de Aristóteles, anterior a cualquier religión actual, "la ley común es la que es conforme a la naturaleza; pues hay una justicia y una injusticia naturales que todos, aun sin pacto, reconocen" (Retórica, Libro I, cap. 13). 

  • Los cuerpos que pesan caen. El fuego quema. El electrón tiene carga negativa. La belleza es bella porque es verdadera y buena, no por consenso. La vida humana es un bien primario. A los enfermos sufrientes hay que cuidarlos buscando su alivio. La ancianidad es venerable. Los pulmones son para respirar y el tubo digestivo para alimentarse y expulsar los residuos. La función última del aparato reproductor es perpetuar la especie. El cuerpo humano tiene un significado esponsal. La sexualidad implica a toda la persona. El amor verdadero aspira a la totalidad y a la permanencia. El amor no verdadero hiere lo más profundo de la afectividad. La familia es la unión matrimonial entre un hombre y una mujer, ahora esposo y esposa, más la prole, si la hay. La infancia es un bien inviolable que se debe custodiar y proteger. La comunidad política no es una ocurrencia administrativa sino un medio ordenado al bien común. Para ganarse el sustento las personas sanas y en su sano juicio -procedan de donde procedan- tienen que trabajar y no pueden vivir de los que sí trabajan o delinquiendo. La propiedad privada es un derecho natural. La autoridad no surge de la fuerza ni de las ideologías, sino de la verdad

Esto es un torpedo en la línea de flotación para la mentalidad actual: no todo puede decidirse por la ideología del momento o por consenso, porque cualquier opinión arbitraria, aunque esté respaldada dogmática o numéricamente, no es una “verdad” necesariamente verdadera.

Y aquí comienza el lío.

La actitud del poder

Los Estados modernos y las diversas organizaciones supranacionales que gobiernan el mundo han pasado, al tomar algunas decisiones, de ser administradores de lo real a inventores de la realidad, muchas veces a favor de intereses poco enfocados al bien común. 

Sin embargo, históricamente, mientras la autoridad se ajustó a la idea de Ley Natural, de forma más o menos acertada, experimentó límites impuestos por la razón

  • Podía administrar, regular, organizar, proteger o robar, abusar, violar, matar o lo que fuera. Pero no se atrevía a redefinir la verdad. Aun habiendo muchos errores y abusos, la autoridad no podía declarar cuándo la vida de un individuo empieza a ser vida humana, no podía afirmar que el sexo es solo una elección, no podía arrogarse el derecho de formar la conciencia moral de los niños contra la familia ni atreverse a redefinir ésta, no podía determinar cuándo una vida es digna o indigna de ser vivida, no podía modificar la finalidad del aparato reproductor, distinguía el bien del mal aunque luego hiciera lo que le diera la gana, no podía modificar el relato a conveniencia… 

La mayoría de estas cosas ni siquiera se concebían y, mucho menos, como posible materia de una ley positiva generada por los hombres.

Al perder de vista la Ley Natural, la autoridad deja de ser árbitro y administradora de lo real para erigirse en ingeniera de su “verdad” y, al mismo tiempo, en censora de la verdad verdadera. Hacer que una falsedad parezca verdad, muchas veces disfrazándola de pseudociencia, no solo la normaliza, sino que la convierte en ley obligatoria y en criterio de exclusión y persecución para quienes se resistan.

Un caso paradigmático: el aborto

Nada expresa mejor este choque que el aborto. Aunque se ha practicado trágicamente a lo largo de la historia, casi todas las culturas lo han considerado un mal moral grave. 

Hoy, sin embargo, sostener que eliminar una vida humana inocente es, al menos, moralmente cuestionable ya no te hace un hombre de bien, sino un insensible o un fanático

  • ¿Por qué? Porque esa afirmación introduce un límite absoluto allí donde muchas ideologías solo admiten límites relativos; porque niega que el deseo se transforme automáticamente en derecho; porque recuerda que los actos tienen consecuencias; y porque sostiene que existe alguien -el no nacido- que no puede ser sacrificado en nombre de un bien ontológicamente menor. 

En el fondo, apela a una verdad incómoda: no todo puede subordinarse a la propia tranquilidad, especialmente cuando está en juego la vida de tu propio hijo. Y precisamente por eso, más que debatirse, con frecuencia se descalifica.

El menor

El conflicto se intensifica cuando la Ley Natural se invoca para defender a los menores

En ese terreno se rozan varias sensibilidades

  • la relación entre la autoridad del Estado y la de los padres; 
  • la consideración del sexo como elemento accidental o como dato constitutivo de la persona; 
  • y la tensión entre la autonomía individual y un orden objetivo del ser de las cosas. 

En ese contexto, sostener que un menor no puede autodeterminar su sexo sin límites, que necesita protección frente a presiones ideológicas o que su cuerpo no es un material moldeable a voluntad, es calificado por algunos como “discurso de odio”. No porque lo sea -más bien al revés-, sino porque cuestiona presupuestos ideológicos establecidos. 

El menor termina entonces situado en el centro de una disputa antropológica y como posible negocio futuro de las farmacéuticas y de los cirujanos comprometidos con la causa. Así, quienes proponen cautela o límites suelen ser presentados como adversarios, más que como interlocutores válidos.

El odio a la Ley Natural

No solo en lo puramente antropológico, sino también en lo político, la Ley Natural resulta incómoda. Reconocer que existen comunidades históricas reales, lealtades no contractuales, un bien común que no se reduce a intereses individuales, es incompatible con una visión del poder basada en individuos solitarios y estructuras burocráticas expansivas e intrusivas. Por eso, la defensa de la nación, de la patria, de la soberanía o de la unidad política se considera extremista. No se rebate: rápidamente se encasilla, mentando fantasmas del pasado.

Sin embargo, no existen argumentos que desmonten fácilmente la Ley Natural. Esta tiene una característica difícil de encajar para cualquier poder con vocación totalitaria: no depende de él. No necesita mayoría parlamentaria, ni propaganda engañosa, ni apoyo mediático, ni confirmación académica. Es un criterio externo que es según el ser de las cosas. Se demuestra a sí misma de forma ineludible: es lo que la razón pura puede observar. 

Por eso, todo poder que no reconoce límites que lo trasciendan acaba reaccionando del mismo modo: no dialoga, clasifica; no refuta, estigmatiza. Recurre a la etiqueta, al ostracismo, a la proscripción; despliega violencia verbal, jurídica y, si se tercia, también física. “Extrema derecha”. “Fanatismo”. “Discurso de odio”. “Fascismo”. “Fachosfera”. No busca esclarecer, sino aislar; no pretende convencer, sino desactivar. Propone el linchamiento mediático -y a veces algo más- y la sanción administrativa o penal como sustitutos del debate. No son razones: son reflejos defensivos, cerrados a la realidad, totalmente ciegos y sordos.

El verdadero escándalo de la Ley Natural no es que sea antigua, ni religiosa, ni conservadora. Es que niega al poder la última palabra sobre la realidad

  • Afirma que hay realidades que no pueden redefinirse sin destruirlas. 
  • Que hay cosas que no se pueden tocar sin pagar, en algún momento, un precio carísimo. 
  • Que existe el bien objetivo y que también es posible su ausencia, que son situaciones diferenciables y que el bien es la elección correcta. 

Así, a esta época, que ha hecho del deseo su ley, del Estado su cómplice y del derecho su guardián, la Ley Natural le resulta muy incómoda, le resulta “la verdad prohibida”.

Por eso, la Ley Natural no se discute: se persigue. Y quien la defiende deja de ser un interlocutor válido porque habla un lenguaje distinto e ininteligible. En profecía de Chesterton -más o menos literal-, ya ha llegado el tiempo en el que es necesario desenvainar la espada para afirmar que la hierba es verde.

La mayoría aplastada que resiste

En el fondo, la mayoría silenciosa no aspira a utopías ni a experimentos antropológicos: 

  • Desea una vida ordinaria, inteligible y estable; un marco jurídico igualmente sobrio, que facilite el bien, proteja la libertad de conciencia y garantice el derecho a pensar, creer y orientar la propia existencia hacia una vida lograda, sin artificios ni imposiciones. 
  • Aspira a que el acto de votar tenga contenido real y transparente; a que el mandato democrático salido de las urnas no sea reinterpretado después por élites políticas o instancias supranacionales que se arrogan la potestad de redefinir la realidad, multiplicar derechos nominales o imponer normas que nadie ha solicitado y que con frecuencia colisionan con el bien común. 
  • Reclama también una legislación proporcionada, no sobredimensionada e invasiva: leyes que respondan a necesidades reales y no a agendas ideológicas o a la presión de minorías organizadas, que se metan en tu vida o en la de los tuyos sin permiso. Porque cuando la norma se desvincula de lo razonable y de la estructura objetiva de lo humano, termina dañando aquello mismo que dice proteger.

Por eso existe, aun sin saberlo formalmente, una creciente resistencia a aceptar la tesis -repetida por todas las ideologías- de que puede construirse un mundo mejor legislando contra la Ley Natural. Hacerlo no es únicamente un error estratégico o una licencia ideológica; es una imposibilidad en el plano ontológico: una contradicción en el orden del ser

Ninguna norma que niegue la estructura intima de la realidad humana puede generar armonía duradera, ni en la esfera personal, ni en la familiar, ni en la social, ni en la cultural. En este contexto se comprende el redireccionamiento del voto que observamos en elecciones recientes, tanto en España como en otros países de tradición cultural semejante. 

Una parte creciente de la población .especialmente los más jóvenes- comienza a percibir las tensiones acumuladas de un proyecto erróneo que, desde la Ilustración y la Revolución Francesa, prometió emancipación ilimitada a costa de desvincular la libertad de la verdad. Empiezan a darse cuenta de que se les ha vendido una brújula estropeada, que no señala el norte, sino intereses desviados. 

Sin embargo, los gobernantes y el cuarto poder que los jalea no se dan cuenta de que las interpretaciones que hacen para explicar estos resultados electorales son, en gran medida, autorreferenciales: repiten los mismos mantras ideológicos desde los que se ha leído la realidad durante décadas ya que es imposible para ellos salir de su cosmogonía: que si voto de castigo, que si radicalización social, que si viene la fachosfera... Se analizan los síntomas sin cuestionar el paradigma que los ha producido. 

Sin embargo, en su raíz, estos resultados expresan precisamente el malestar acumulado ante ese proyecto y la intuición -cada vez más extendida- de que no todo es construible ni redefinible sin un gran coste antropológico. Muchos empiezan a estar hartos de que se penalice la verdad y se obligue a decir que los elefantes vuelan. ¡Ahora, que nadie se lleve las manos a la cabeza!

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