Religión en Libertad

Miércoles de Ceniza, Cuaresma e Hijos del Polvo: memoria, identidad y retorno

Somos hijos del polvo porque olvidamos de dónde venimos y tememos hacia dónde vamos, porque preferimos la pose al rostro, la consigna al nombre.

La imposición de la ceniza nos recuerda que el polvo es el origen y el origen siempre espera.Bernarcila / Cathopic

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El 18 de febrero, como cada año, los cristianos hemos celebrado el inicio de la Cuaresma. Hoy escribo recordando mi primer Miércoles de Ceniza; era niño, no entendía del todo el gesto, pero sí el silencio, la iglesia olía a invierno, a madera vieja y a eternidad, un sacerdote trazó una cruz en mi frente y pronunció una frase que no me abandonaría jamás: “Polvo eres y en polvo te convertirás.” Durante años pensé que aquello era solo una advertencia; hoy sé que era una liberación. Vivimos en una sociedad que ha olvidado el polvo, una sociedad líquida, fatigada de sí misma, que teme el peso de la realidad y se refugia en consignas huecas. Todo debe ser leve, todo debe ser cómodo, todo debe ser inmediato, pero lo inmediato rara vez es verdadero. Nos hemos llenado de palabras sin sustancia, identidades prestadas, mesías de cartón, ídolos con fecha de caducidad, un altar nuevo cada semana, y, sin embargo, seguimos teniendo sed.

Ya lo intuía G.K. Chesterton, que decía que cuando el hombre deja de creer en Dios no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa; la modernidad ha perfeccionado esa profecía. Hoy creemos en todo, por eso ya casi no creemos en nada. Hemos cambiado la verdad por el eslogan, la trascendencia por la tendencia, la conversión por la performance. La Cuaresma, en cambio, sigue siendo un escándalo, un tiempo incómodo, un desierto en medio del ruido, porque nos recuerda algo insoportable para el ego contemporáneo: que no somos el centro, que no somos eternos, que somos barro que respira, y eso, en una época obsesionada con agradarse a sí misma, resulta casi revolucionario.

La literatura lo supo antes que nosotros, J.R.R. Tolkien llenó la Tierra Media de criaturas pequeñas que salvaban el mundo precisamente porque no buscaban salvarse a sí mismas; la grandeza nacía de la humildad, el heroísmo de la renuncia. Y C.S. Lewis nos advirtió que la verdadera batalla no se libra en los parlamentos ni en las pantallas, sino en el corazón humano, ese territorio donde lo eterno y lo efímero se disputan cada latido. No son ellos los únicos que entendieron la herida de la modernidad. Dorothy L. Sayers nos recordaba que la vida moral no se puede separar de la vida cotidiana; una civilización que olvida la verdad se fragmenta en pequeñas mentiras cómodas. Graham Greene mostró que la grandeza no se mide por poder ni apariencia, sino por la capacidad de enfrentarse al mal incluso cuando parece irresistible. Flannery O’Connor enseñó que la gracia llega incómoda, muchas veces violenta, recordándonos que la belleza nunca es neutral. Thomas Merton advirtió que una sociedad que rehúye el silencio confunde ruido con verdad. Y Maurice Baring, entre otros, veía la modernidad como un laberinto de espejos: todo reflejo, nada real, hasta que el hombre recuerda su raíz.

Hemos dejado de leer esas advertencias como profecías y las consumimos como fantasía; ese es nuestro error y quizá nuestra tragedia. Porque el problema no es que el mundo esté herido; eso siempre fue así, el problema es que ahora celebramos la herida. Hemos convertido la fragilidad en bandera, pero sin asumir la responsabilidad que exige, queremos redención sin penitencia, gloria sin sacrificio, resurrección sin cruz, y aun así algo resiste, resiste en las iglesias medio vacías, en las abuelas que aún rezan en voz baja, en los jóvenes que buscan sentido donde nadie les enseñó a buscarlo, en los que incluso sin saber por qué sienten que el ruido no basta. Porque la sociedad podrá estar cansada, pero no está muerta; está herida, y lo herido todavía puede sanar. El Miércoles de Ceniza no humilla al hombre, lo sitúa, no le quita dignidad, se la devuelve. Recordarnos que somos polvo no es despreciarnos, es liberarnos del teatro, de la máscara, de la mentira de creernos dioses, quizá por eso sigue incomodando tanto.

Hace poco, muchos años después de aquella primera ceniza, comprendí que esa frase no era una despedida, sino un origen, una raíz, un recordatorio brutal y hermoso de nuestra condición, y todo esto me recuerda y me reafirma lo que compartí el pasado 13 de febrero durante la presentación de mi libro Hijos del polvo en el Centro Riojano de Madrid, donde hablaba de esta herida profunda, de la pérdida de sentido, de la necesidad de volver al polvo y al origen; hoy, después de este Miércoles de Ceniza, estas palabras cobran un sentido todavía más vivo, porque no es un gesto aislado, sino un hilo que une memoria, literatura y vida, y nos permite mirar hacia el mundo con honestidad.

En uno de sus poemas escribí que somos hijos del polvo porque olvidamos de dónde venimos y tememos hacia dónde vamos, porque preferimos el eco al silencio, la pose al rostro, la consigna al nombre; pero también somos hijos del polvo porque aún podemos volver, porque el polvo es origen y el origen siempre espera. Tal vez esa sea la belleza secreta de la Cuaresma: que no exige perfección, solo verdad, no pide héroes, pide hombres, y en una civilización que ha hecho de la huida un estilo de vida, detenerse ya es un acto de valentía. Vivimos tiempos de ironía fácil y convicciones débiles, de sarcasmo como escudo y cinismo como refugio; nos reímos de todo para no enfrentarnos a nada, pero hay gestos que siguen rompiendo la burla, una cruz de ceniza por ejemplo, tan pequeña, tan ridícula para el mundo, tan inmensa para quien entiende, porque en ese polvo hay memoria y en la memoria, identidad.

No hablo solo de un país ni de una tradición concreta; hablo de algo más hondo, de esa vieja piel de toro que aún late, sí, pero también de un mundo entero que se mira al espejo y no se reconoce, un mundo brillante y perdido, con tecnología para tocar las estrellas y miedo de mirarse por dentro. Quizá por eso necesitamos tanto la ceniza; porque la ceniza no grita, no convence, no seduce, solo recuerda, recuerda que somos finitos, recuerda que somos frágiles, recuerda que somos amados incluso así, y tal vez, en medio de esta sociedad que se anestesia con ruido y se alimenta de espejismos, el mayor acto de rebeldía sea aceptar esa verdad antigua: que somos polvo, polvo que camina, polvo que ama, polvo que cae y se levanta, polvo sí, pero con destino.

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