El atractivo del mal

El mal pugna por romper las barreras de nuestra conciencia disfrazándose de bien.
Vivir a su lado, trabajar activamente para él, y no darnos cuenta. Estar dormidos, como los apóstoles en el Monte de los Olivos, mientras el mal viene hacia nosotros y, cuando llega, solo nos queda negar el amor, como le ocurrió a Pedro.
Como nos advertía el Papa Benedicto XVI:
- "Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor".
Se nos vienen muchos ejemplos en los que así ha sucedido. Para que el mal venza, antes ha tenido que adoptar esa apariencia moral de la que nos habla el Papa.
Así, nos han vendido cambios muy sustanciales para nuestra sociedad sin que nos hayamos parado a pensar qué tentación escondían, e incluso, en el fondo de nuestra conciencia, los hemos apoyado para intentar acallarla.
Para que esto ocurra, en palabras de la filósofa Hannah Arendt, antes hemos banalizado el mal dejándole que tome posiciones. Unos cristianos tibios, sin ardor en su fe que les permita estar alerta, hacen lo demás.
En los tiempos que vivimos, y en tantos otros que nos han precedido, incluido el tiempo de Jesús, el mal entra en escena sin necesidad de maquillarse; se hace patente en las conductas de quienes trabajan activamente para él sin esconderse.
Si recordamos los personajes que intervinieron en la pasión de Cristo, son fácilmente reconocibles en cualquier momento de la historia, incluida la que hoy nos toca vivir. Nosotros decidimos quién deseamos ser ante tanto Cristo sufriente: ser de los que miran de lejos, de los que juzgan, de los que se venden, de los que se lavan las manos, de los que solo cumplen órdenes, de los que abandonan, de los que se ríen, de los que no saben lo que hacen... porque hay muchas maneras de estar.
El reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, el pensador Byung-Chul Han, nos habla de cómo el hombre moderno se autoexplota cuando carece de valores más elevados.
Resuenan las advertencias continuas en la Palabra de Dios en este sentido: el Señor nos recuerda, de manera casi reiterativa, la necesidad de estar alerta, para que aquello que esclaviza al hombre de hoy, y al de todos los tiempos, no nos conduzca a alejarnos de Él.
Saberse enfermo es el primer requisito para ir al médico y buscar remedio, pero lamentablemente los cristianos continuamos diciendo, impregnados de tibieza, que no encontramos pecado en nuestra conducta, aquella que debiera identificarnos como tales.
Termino con una preciosa reflexión de Karl Rahner que nos ayuda a orar:
- "¿Cómo podría soportarme a mí mismo si no supiera que Tú me soportas, si no tuviera la experiencia de que Tú eres bueno conmigo? ¿Dónde podría yo refugiarme sino en Ti, Dios de los pecadores comunes, cotidianos, cobardes? Mi pecado no es grandioso, es tan cotidiano, tan común, tan corriente, que puede pasar inadvertido. Pero qué hastío me suscita mi miseria, mi apatía, la horrible mediocridad de mi buena conciencia”.