Lunes, 04 de julio de 2022

Religión en Libertad

Los «peros» de la igualdad

Irene Montero, ministra de Igualdad.
La ministra de Igualdad, Irene Montero, presentó este martes su proyecto de ley del aborto, y que se resume en que no hay igualdad en el derecho a la vida: lo tiene quien decide el Gobierno.

por José F. Vaquero

Opinión

España, no me atrevo a decir si por suerte o por desgracia, tiene un Ministerio de Igualdad. Esto significa que tal “principio” es uno de los 15 ó 20 temas que centralizan las preocupaciones del Gobierno, a la altura que la educación, la economía, la política exterior o el trabajo.

La primera acepción que la Real Academia de la Lengua nos da de este término ya muestra su amplitud y la cantidad de contenido y matices que alberga: “Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad”. La definición daría para un amplio análisis, pero prefiero ver algunos ejemplos. Las ideas y conceptos pueden provocar cierto rechazo a nuestra sociedad de hoy, hija del empirismo y del cientificismo: la principal ciencia es la ingeniería, que cuenta, mide y pesa todo… Todo lo concreto, deberíamos añadir.

Hay que respetar la libertad de la mujer cuando quiere abortar. Todos somos iguales, y se debe respetar a todos. Gloria a la igualdad. Pero si el que decide es un médico, su igualdad de derecho para decidir está en entredicho. Se le permite, como un favor excepcional, que pueda objetar, pero a la vez se le marca con la etiqueta de “objetor”, rompiendo la igualdad de todos los médicos para posicionarse en un sentido o en otro, y a medio plazo rompiendo la igualdad de oportunidades de cara a su misma permanencia y promoción profesional.

Este "pero" de la igualdad es más significativo si pensamos en la labor de los médicos: personas que realizan actos médicos, o sea, actos que cuidan el bien y la salud de sus pacientes. Es decir, estamos etiquetando a los médicos por negarse a hacer un acto que ni siquiera es propio de su profesión, un acto no médico. Es, permítaseme el ejemplo, como obligar a un sastre a participar en la curación de una persona que se ha roto un brazo. Hay que coserle, darle puntos, pongamos a trabajar al sastre. No quiero trivializar el problema que hay detrás de muchos abortos, de “embarazos imprevistos”, pero creo que se está trivializando una decisión muy importante para muchas personas: la madre, el padre, el niño ya concebido, el resto de la familia… Y se trata de una decisión que va a influir en su presente y su futuro.

Todas las vidas son iguales, argumenta la igualdad, no podemos discriminar a nadie. Pero si llegamos a elegir entre una vida y otra vida significa que una es más importante que la otra. Y hablo de que en el embrión hay vida porque es lo que enseña la ciencia. ¿Será que, aunque todos somos iguales, unos somos más iguales que otros? Igualdad de las vidas, pero si esa vida tiene menos de 14 semanas, da igual lo que haga la mujer, tan igual que no tiene que dar explicaciones a nadie, ni siquiera al padre de la creatura. En resumen, igualdad de todos ante el derecho a la vida, sí, pero no siempre.

Enarbolando esta “igualdad” de las mujeres, también quienes tienen 16 o 17 años pueden tomar esta decisión. Y lo pueden hacer incluso sin consultar ni pedir permiso a sus padres, responsables del “cuidado y bien del menor”. Estas jovencitas son tan jóvenes que no pueden comprar, al menos legalmente, una lata de cerveza. Pero sí pueden cometer un acto que va a marcar muy mucho su futuro. Si quieren hacerse un tatuaje tienen que tener autorización expresa de sus padres (para eso son sus padres). Pero para un acto tan serio como es permitir o no permitir que siga viva la persona que ya habita en su seno, pueden obrar por su cuenta y riesgo. Si por desgracia cometen un robo no van a la cárcel como cualquier mujer mayor de edad, responsable de sus actos para bien y para mal. ¿Será que la decisión de abortar se puede tomar sin evaluar la capacidad y responsabilidad para actuar? Igualdad de estas adolescentes, sí pero no.

¿Estamos ante una sociedad en la que prima la igualdad, o en la que sólo cuenta la voluntad de ciertos grupos que deciden arbitrariamente cuándo se aplica la igualdad y cuándo no? Si alguien decide arbitrariamente, o a partir de supuestas mayorías, qué está bien y qué está mal, nos estamos acercando peligrosamente hacia un absolutismo, una dictadura. Y lo más preocupante de una dictadura es que no tolera una opinión distinta a la tomada arbitrariamente por el dictador. No hay una búsqueda sincera de la verdad, porque la verdad es una: la que decide el dictador. Desaparece así la conformidad de la que hablaba la misma definición de igualdad: conformidad entre una opinión, cualquiera que sea esta, y la realidad completa y compleja. Y así, este Ministerio de la igualdad, igualdad arbitraria según conviene, puede desembocar con demasiada facilidad en un “Ministerio de la Verdad”, verdad igualmente arbitraria.

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