Contigo por la noche

El Niño perdido y hallado en el Templo
Querido San José:
Es de noche, como tantas noches cuando nos encontramos en el silencio de la noche en unión a tu Hijo escondido en el sagrario. Tiene tanto poder el silencio de la noche en oración… Pero qué te voy a decir si tus momentos más importantes los vives de noche cuando un ángel te habla en sueños… Noche, oración, ángeles y mi querido padre San José. Todo lo uno en esta noche que nos acerca a tu último domingo, el séptimo domingo de San José, donde recordamos tu dolor por perder al Niño y el gran gozo al encontrarlo. La vida cambia por dentro como cuando sale el sol al terminar la noche…
Para ti queda lo que sufres unido a María buscando a Jesús durante tres días hasta que lo encontráis en el templo de Jerusalén. Es angustia pasajera porque la luz que brilla en tu corazón y en el de tu esposa María al verlo entre los doctores os llena de paz y alegría. Volvéis juntos los tres a casa. Comienza el silencio oculto de Nazaret, donde Jesús va creciendo mientras le enseñas el oficio que sustenta el hogar familiar. Pero no vamos a ir más allá esta noche, querido San José.
Me paro en esa búsqueda incansable que haces hasta encontrar a Jesús. Volver a Jerusalén, recorrer sus calles, preguntar a conocidos y a cualquiera que pueda darte una noticia sobre un niño de 12 años es lo que destroza tu corazón en amargo dolor. Ese desconsuelo se transforma en fuego de vida cuando lo ves, lo abrazas y escuchas lo que te dice al corazón. Para vosotros queda lo que habláis en ese momento y en el camino de regreso a Nazaret. Lo que importa sinceramente es que eres padre de verdad, que te preocupas de tu Hijo a cada paso y pasas por todo lo que sea necesario con tal de tener a Jesús a tu lado. Lo buscas con María y lo encontráis. Buscáis y encontráis. El encuentro es para dar muchas gracias mirando al cielo.
Y ¿ahora qué? A qué vienen estas palabras estarás pensando. Lo sabes bien aunque no me lo digas. Todo va unido al evangelio que se lee este domingo en que celebramos tu séptimo domingo, querido San José. Es tiempo de cuaresma y sale a nuestro encuentro el ciego de nacimiento que es curado por tu Hijo. Tú ya no estás junto a Jesús. Tu vida se ha ido apagando mientras la de Jesús llegaba a su punto álgido. Por eso deja la casa paterna y sale por los caminos para predicar una vida nueva, la que recordábamos en tu primer domingo, la vivencia de las bienaventuranzas. Todo está unido. Seguimos la enseñanza de tu Hijo y al final vemos como el ciego de nacimiento. Todo cambia cuando hacemos caso a tu Hijo y nos dejamos curar por Él. Se abren los ojos de la fe y vemos todo aunque sea de noche. Pero hay otros que no ven en la noche y se pierden…
Llegamos a lo que te quería decir, querido San José. ¡Cuántos se pierden en la noche de la vida…! Piensan que lo mejor es vivir de noche y dormir de día. Así pasan la vida o al menos algunos años. La noche envuelve, confunde y no deja ver la realidad. Hay que buscar la luz en medio de la noche o dejarse llevar por otros a la luz para no caer en el abismo por no querer dejar atrás la noche de la vida… Es muy distinta la noche de la vida a la noche del espíritu. La de la vida nos aleja de tu Hijo y la del espíritu, aunque parezca en principio todo lo contrario, nos une de manera plena a tu Hijo. Hay que orar mucho, querido San José…
¡Cuántos jóvenes estarán ahora en plena noche de la vida por lugares y en compañías que no favorecen su felicidad plena sino sólo durante las horas que salen de sus casas para vivir de noche…! Pero también es verdad que no faltarán algunos que estén en la noche, pero a la luz de tu Hijo, en silencio, en oración, en adoración. Y tú, querido San José, estás viendo a unos y a otros. Quieres que todos estén con tu Hijo, que sean felices siempre y que no tengan problemas derivados de la noche de la vida. Pero sabes que son libres y no puedes ir a esos lugares a sacarlos a la fuerza. Para eso hay otros hijos tuyos que a estas horas de la noche dejan todo en tu Hijo y piden por esos amigos y conocidos y por tantos de sus años que no están con ellos sino caminando de noche, sin meta conocida ni felicidad suprema.
Es la noche, querido San José... Cada noche sales a buscarlos para ver si quieren encontrarse con la luz verdadera, pero creen que ya la tienen. Están ciegos… No de nacimiento pero sí de adolescencia o juventud. Ciegos en la noche… Sufres mucho, querido San José. Lo hablas con María y los dos repetís cada noche de fiesta nocturna lo mismo que esas noches en que Jesús no está a vuestro lado porque se ha quedado en otro lugar. No sabéis cuál es, pero al final es el templo.
¡Qué gozo sería para ti y para todos, querido San José, que encuentres a muchos de esos hijos dejando la noche atrás y puestos de rodillas en adoración ante tu Hijo…! ¿Lo ves como un sueño o como una realidad? Queda poco para tu fiesta. Tu novena va avanzada y la noche de sábado de tu novena comienza ahora. Es hora de caminar, de abrir los ojos a tantos jóvenes ciegos que necesitan que tu Hijo eche barro en sus ojos y se vayan a lavar a un templo donde hay otros esperándoles. Allí estará tu Hijo, y tú también, aunque escondido, esperando con María a que lleguen. Entonces te acercarás a ellos y les preguntarás dónde han estado y te dirán lo mal que lo han pasado y lo felices que se encuentran en un lugar tan seguro, tan sereno y tan lleno de luz en medio de la noche.
Todo será distinto, querido San José. Aquí te lo dejo, en tu séptimo domingo, donde me uno a ti en tu dolor por tantos jóvenes perdidos. También espero con gozo poder encontrarlos en un templo buscando un padre como tú; y un Dios vivo hecho carne que da sentido a su vida y que cura su ceguera. ¿Soñamos juntos, padre? Primero hay que orar, luego hay que ofrecer y después hay que esperar. Tú vas trabajando en el taller, tu Hijo también, cada uno tiene su propia tarea y María ve todo y lo guarda en su corazón.
Sólo queda esperar, pero no sin dejar de dar pasos. Acompáñame, querido San José, a buscar a esos hijos que se han perdido por caminar de noche y sin custodio frente a los peligros. ¿Los tienes ya escogidos? Su vida cambiará y serán quienes te ayuden en la obra sublime de guiar en lo secreto, a tantos jóvenes hasta lo más grande que puede haber en esta vida, ¡hasta el altar! Allí unos dirán sí a tu Hijo para formar una familia donde serás todo para ellos y otros, con sus manos y con su voz, traerán a tu Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, a esos otros que sueñan con que alguno de sus hijos llegue un día al altar como sacerdote. ¡Sacerdotes y padres de sacerdotes! ¡Esta es mi oración en tu séptimo domingo, querido San José!: que todos tus hijos se den cuenta que les pides algo, tanto los que no ven como los que ven, y también aquellos que no quieren ver, que descubran que no se encuentran por casualidad contigo por la noche.