Religión en Libertad

Cuando la fe se vuelve viral: el ejército de «influencers» que atrae a la Generación Z a la Iglesia

«Nos dijeron que el éxito era tener dinero, carrera… pero eso no llena», afirma un joven converso.

Gross y la creadora de contenido Kate DePetro posan, con el padre Jonah Teller, durante una quedada con pizza previa a la misa dominical en Nueva York (EE.UU).

Gross y la creadora de contenido Kate DePetro posan, con el padre Jonah Teller, durante una quedada con pizza previa a la misa dominical en Nueva York (EE.UU).archivo

Redacción REL
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Lejos de los formatos clásicos de evangelización, los jóvenes influencers de la Generación Z combinan humor, cultura digital y experiencias personales para convertir así el catolicismo en algo mucho más atractivo. New York Post y The Washington Post amplían esta información.

En sus publicaciones, los influencers católicos de hoy suelen alternar, por ejemplo, reflexiones sobre el sentido de la vida con bromas sobre las rutinas litúrgicas —como cuántas veces debe uno arrodillarse durante la misa—, creando así un espacio donde lo espiritual se mezcla con lo más cotidiano. 

Espiritualidad y estilo de vida 

Un enfoque atractivo que permite que miles de jóvenes, muchos alejados de la práctica religiosa, se acerquen de nuevo a la Iglesia católica. De hecho, algunos de estos influencers provienen del mundo del entretenimiento, otros de la teología, pero todos comparten un objetivo común: hacer comprensible y relevante el mensaje cristiano en el siglo XXI.

Entre ellos, destaca un perfil que rompe con los estereotipos más tradicionales: el creador de contenido que mezcla espiritualidad y estilo de vida. Es gente que suele publicar vídeos sobre su rutina diaria, entrenamiento físico y alimentación, junto a reflexiones de Cuaresma o de la importancia de la oración. 

La misa del domingo por la noche en la iglesia neoyorkina de San José atrae a muchos jóvenes.
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La misa del domingo por la noche en la iglesia neoyorkina de San José atrae a muchos jóvenes. .The Washington Post

Una combinación, aparentemente contradictoria hasta ahora, que conecta bien con una generación que entiende la identidad como algo multifacético. "Hace unos años, la fe tenía una connotación negativa entre los jóvenes", explica uno de estos jóvenes influencers. "Ahora se percibe como algo cada vez más normal. Ves a gente que admiras yendo a misa, y eso cambia tu percepción".

Este cambio de narrativa no es casual. En un entorno donde las redes sociales funcionan como termómetro cultural, la visibilidad genera legitimidad. La llamada "prueba social" —ver a otros adoptar ciertos comportamientos— está jugando un papel clave en el retorno de muchos jóvenes a la práctica religiosa. La fe, que durante años fue percibida como algo marginal, empieza a integrarse ahora en la conversación pública digital.

Es el caso del neoyorquino Anthony Gross, que se suma al creciente coro de voces jóvenes que buscan ayudar a la Generación Z a comprender el mundo en el que viven. Este joven de 22 años publica regularmente contenido de temática católica junto con vídeos de ejercicios sin camiseta para sus 125.000 seguidores en Instagram.

Gross afirma haber percibido entre sus compañeros un anhelo de algo más en la vida, y declara a The Post que está viendo un número creciente de ellos "volviendo a Dios".

Por su parte, el actor David Henrie, de 36 años, publica regularmente para sus 2.900.000 millones de seguidores en Instagram, y charla con otras figuras importantes como el obispo Barron, de Minnesota, que cuenta con 654.000 seguidores en Instagram. 

En TikTok, está la joven Emily Dinneny, creadora de @catholic.converts, un canal muy activo con casi 100.000 seguidores, donde comparte su experiencia como católica conversa.

Incluso sacerdotes jóvenes, como el padre David Michael Moses (1.100.000 millones de seguidores) en Instagram, forman parte de esta tendencia, publicando vídeos con títulos llamativos que van desde Un fin de semana como sacerdote católico hasta El Evangelio según Shrek.

Pero el fenómeno no se limita al ámbito online. Lo significativo es cómo estas comunidades virtuales están dando el salto al mundo físico. En ciudades como Nueva York, por ejemplo, se organizan encuentros que combinan lo social y lo espiritual: reuniones informales en pizzerías antes de asistir juntos a misa. En uno de estos eventos, cerca de un centenar de jóvenes se congregaron recientemente para compartir una comida sencilla antes de participar en la liturgia dominical.

La escena resulta reveladora. Jóvenes vestidos de manera informal pero cuidada, conversaciones animadas, risas… y, posteriormente, silencio y recogimiento en la iglesia. Para muchos, estas reuniones representan algo más que una actividad religiosa: son un espacio de pertenencia. "La Generación Z está muy perdida", afirma uno de los organizadores. "Necesitamos propósito y conexión. Aquí encontramos ambas cosas".

Este anhelo de comunidad aparece como uno de los motores principales del fenómeno. En una sociedad donde las relaciones se han digitalizado y fragmentado, la Iglesia ofrece un "tercer espacio": ni hogar ni trabajo, sino un lugar donde establecer vínculos significativos. No es casual que muchas parroquias estén experimentando un aumento notable en la asistencia de jóvenes adultos, especialmente en celebraciones como la Vigilia Pascual.

Los datos apuntan en esa dirección. En algunas comunidades, el número de personas que reciben los sacramentos de iniciación cristiana se ha duplicado o incluso triplicado en los últimos años. Este crecimiento, aunque todavía limitado, refleja una tendencia que no puede ignorarse. Como señala un catequista, "en tiempos de ansiedad e incertidumbre, la fe ofrece estabilidad y sentido".

Después de la misa, los jóvenes se dirigen a In Vino Veritas para disfrutar de vino, queso y una charla sobre teología.

Después de la misa, los jóvenes se dirigen a In Vino Veritas para disfrutar de vino, queso y una charla sobre teología.The Washington Post

"Hay cuentas en redes sobre cocina, sobre moda, sobre deporte… Nosotros hablamos de lo que nos importa: nuestra fe", explica una influencer. Su objetivo no es imponer, sino invitar; no convencer, sino compartir.

El tono también marca la diferencia. Algunos optan por el humor como herramienta principal. Sus vídeos, llenos de referencias culturales y formatos virales, abordan temas teológicos de manera ligera. "Si puedes hacer reír a alguien, ya has abierto una puerta", comenta uno de ellos. Este enfoque recuerda a la idea de que la belleza y la verdad pueden atraer sin necesidad de discursos explícitamente doctrinales.

En paralelo, emerge una conexión interesante entre la cultura del desarrollo personal y ciertas prácticas religiosas tradicionales. Retos como dejar el alcohol durante un mes, entrenamientos exigentes o disciplinas de autocontrol encuentran un eco en conceptos como el ayuno, la mortificación o la vida ascética. Para algunos jóvenes, la fe no es solo creencia, sino también disciplina.

Las aplicaciones móviles han sabido también capitalizar esta tendencia. Existen plataformas que proponen programas estructurados de oración, hábitos diarios e incluso discernimiento vocacional. Estas herramientas, diseñadas con estética moderna y enfoque práctico, facilitan la integración de la espiritualidad en la vida cotidiana.

Pero, detrás de todo ello subyace una búsqueda más profunda. Muchos testimonios coinciden en describir una sensación de insatisfacción con el modelo de vida dominante. "Nos dijeron que el éxito era tener dinero, carrera, reconocimiento… pero eso no llena", afirma un joven converso. Para él, la fe representa una alternativa: un camino hacia algo más grande que uno mismo.

Los feligreses ríen con sus amigos en Pizza Box, antes de dirigirse a la misa en la iglesia de San José en Nueva York.

Los feligreses ríen con sus amigos en Pizza Box, antes de dirigirse a la misa en la iglesia de San José en Nueva York.The Washington Post

Este sentimiento se repite en muchos jóvenes. Algunos hablan de una "crisis de significado", otros de una "fatiga cultural". En cualquier caso, la religión aparece como respuesta a preguntas que el entorno contemporáneo no logra resolver. "La gente no sabe en qué confiar", señala otro influencer. "La Iglesia ofrece una base, unos valores claros".

No obstante, el fenómeno también genera tensiones internas. Surgen debates sobre la autenticidad, el papel del cuerpo en la representación de la fe o la posible superficialidad de ciertos contenidos. La figura del "teo-bro" —el joven que combina religiosidad intensa con estética de gimnasio— ha sido objeto de críticas por reducir la fe a normas o símbolos de estatus.

Frente a estas interpretaciones, otros recuerdan que la tradición católica ha sido históricamente diversa y compleja. Desde su origen, ha estado vinculada al servicio, la atención a los más vulnerables y la construcción de comunidad. "No se trata solo de disciplina o estética", apunta un feligrés. "Se trata de amar y de servir".

El auge de los influencers católicos revela algo más amplio que una simple tendencia religiosa. Habla de una generación en búsqueda, que utiliza las herramientas digitales para explorar preguntas antiguas. Habla de la capacidad de adaptación de las tradiciones, que encuentran nuevas formas de expresión sin perder su esencia.

Quizá no estemos ante un renacimiento en sentido estricto, pero sí ante un síntoma significativo de cambio cultural. La fe, lejos de desaparecer, ahora se transforma. Se adapta a nuevos lenguajes, nuevos formatos y nuevas sensibilidades.

Y en ese proceso, jóvenes creadores de contenido —con sus contradicciones, su creatividad y su deseo de sentido— están desempeñando un papel inesperado: el de mediadores entre una tradición milenaria y una generación que, en medio del ruido digital, sigue buscando respuestas.

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