Religión en Libertad

Cyrille Devillers es monje en el Barroux y desmonta la leyenda negra

La Inquisición (no solo española), ante el juicio de la historia: un benedictino examina las pruebas

El inquisidor Tomás de Torquemada, interpretado por Manel Dueso, en el centro de la imagen en una escena de la serie 'Isabel'.

El inquisidor Tomás de Torquemada, interpretado por Manel Dueso, en el centro de la imagen en una escena de la serie 'Isabel'.RTVE

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La Inquisición suele utilizarse como argumento contra la Iglesia. ¿Qué ocurrió realmente? ¿Cuál es la realidad sobre esta institución? 

Un especialista en la materia, el monje benedictino Cyrille Devillers, OSB, monje de la abadía del Barroux y autor de Cartas a un amigo postmoderno sobre la Inquisición (con prefacio de Yves Chiron) ofrece una respuesta a esos interrogantes en el número 383 (septiembre de 2025) de La Nef:

Cyrille Devillers, 'Cartas a un amigo postmoderno sobre la Inquisición'.

Cyrille Devillers, 'Cartas a un amigo postmoderno sobre la Inquisición'.Éditions Sainte-Madeleine

La Inquisición, ante el juicio de la historia

Un día, los niños de la obra educativa del padre Joseph Marie Timon-David (1823-1891) regresaron con el rostro sombrío: acababan de visitar una barraca de feria de cinco céntimos donde unas figuras de cera revivían los horrores de la Inquisición. Su fe se vio gravemente sacudida. ¿Podía una Iglesia que había cometido tales abominaciones provenir de Dios? El santo educador tuvo que preparar varias exposiciones cuidadosamente documentadas para reparar el desastroso efecto de una visita de cinco minutos.

Sin duda, el sacerdote marsellés tuvo que empezar por poner las cosas en perspectiva. Tuvo que mostrar a los hombres y mujeres de la cristiandad del siglo XIII, unidos por una misma fe y una misma pertenencia a la única Iglesia de Cristo, enfrentados a movimientos heréticos violentamente anticatólicos. Estos disidentes pensaban que el resto de la Iglesia se había desviado del ideal cristiano apostólico de los primeros tiempos: la Iglesia de Roma era la Iglesia del diablo, con sus sacramentos, su doctrina y su jerarquía.

Es evidente que la libertad religiosa solo es posible en un contexto de tolerancia recíproca entre las religiones. En aquella época, allí donde la minoría cátara o valdense predominaba entre la élite urbana o aristocrática, se convertía en perseguidora. El pueblo creyente en su conjunto comprendió el peligro y consideró conveniente protegerse, incluso mediante la coacción. Es "más importante defender a la sociedad contra quien ataca su fe que contra quien amenaza el valor de la moneda", resumía Santo Tomás de Aquino.

La situación ha cambiado mucho. Una sociedad animada por una fe que casi nadie cuestionaba ha dado paso a un mundo multirreligioso. Lo que era válido en un clima de cristiandad sería hoy inadmisible. El imparcial historiador Elphège Vacandard señalaba en 1907: "La Inquisición solo se explica y se justifica por la mentalidad de quienes representaban el poder civil y religioso a finales de la Edad Media. Para comprender una institución así, hay que ponerse en la piel de un antepasado" (La Inquisición).

La Inquisición tuvo tres etapas muy diferentes. 

  • La Inquisición medieval (entre 1231 y el siglo XV) se centró sobre todo en los valdenses y los cátaros; 
  • la Inquisición española (entre 1478 y 1834), organismo mixto, a la vez eclesial y estatal, se ocupó principalmente de los conversos y los moriscos, pero no hay espacio aquí para hablar de ello; 
  • la Inquisición romana, instituida en 1542, tuvo una acción limitada, localizada en Italia, y fue sobre todo el caso Galileo el que la impuso en la memoria colectiva.

Un procedimiento más justo

La Inquisición toma su nombre del nuevo procedimiento que ella puso en marcha. Hasta el siglo XII, los tribunales solo iniciaban procesos judiciales a partir de la acusación de un demandante. En su lucha contra el tráfico de cosas sagradas (la simonía), los jueces pontificios de la Reforma gregoriana sintieron la necesidad de un nuevo tipo de procedimiento. Contra individuos tan poderosos que nadie se atrevía a acusarlos, el derecho canónico dotó a los hombres del Papa de un poder de iniciativa cada vez más amplio. 

Al término de esta evolución, Inocencio III estableció formalmente en 1206 un nuevo procedimiento de oficio: sin que existieran acusadores, el juez podía iniciar una investigación judicial (inquisitio), oír a los testigos y dictar una condena, con la única condición de que alguien pudiera ser gravemente sospechoso de ser culpable. Definida como un delito público, la herejía parecía justificar la sustitución del procedimiento acusatorio por el inquisitivo, más eficaz y moderno. Sin duda, supuso un avance en el sentido de la igualdad de todos ante la ley.

Por otra parte, la principal oposición que encontró provino de ciertas élites contaminadas por la herejía, mientras que el pueblo la apoyaba

Otro avance provino de la evolución del concepto de prueba. Se trataba de sustituir los métodos bárbaros del juicio de Dios (la ordalía), es decir, el duelo judicial o la prueba mediante la curación repentina de una quemadura infligida. A partir de entonces, la acusación se basaba en la búsqueda de testimonios y pruebas concretas. El uso de la escritura permitía que las respuestas de los acusados se anotaran y conservaran en registros, provistos de índices. ¡Un gran avance! La fiabilidad de la justicia mejoró considerablemente. Para condenar, los jueces debían reunir a partir de entonces tres elementos:

  • dos testigos creíbles (personas de buena vida y costumbres honestas), que declararan según un conjunto de condiciones muy definidas, lo que se denominaba testimonios completos y convergentes; 
  • pruebas materiales probadas del delito; 
  • si era posible, la confesión del acusado, considerada la mejor de todas las pruebas.

Nadie mejor que el acusado era capaz de dar testimonio de su herejía y demostrar así que se desmarcaba de ella. Cualquier condena parecía un fracaso para los inquisidores, quienes, contrariamente a una leyenda negra profundamente injusta, deseaban ante todo salvar la vida del disidente. El gran especialista Jean-Louis Biget señala que se consideraban mucho más confesores que jueces, teniendo siempre presente la palabra de Dios al profeta Ezequiel (33, 11): "No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". 

Las estadísticas lo atestiguan: entre el 96% y el 99% de los herejes juzgados se convirtieron y solo entre el 1% y el 4% (como máximo) fueron entregados al brazo secular para ser quemados como herejes, de conformidad con las leyes civiles (decididas no por la Iglesia, sino por los príncipes cristianos).

La Inquisición nunca pretendió ser una "policía de la fe". El inquisidor se sentía encargado de convencer al hereje -que necesariamente era un católico bautizado- de la contradicción en la que se había metido con respecto a su identidad. Para ello, el juez debía ser un buen predicador y, sobre todo, un buen "negociador", como diríamos hoy, es decir, capaz de convencer al hereje de que no comprendía bien el Evangelio y dónde estaba su verdadero bien.

Los historiadores actuales admiten que los inquisidores recurrían muy raramente a la tortura (¿el 1% de los casos?). Además, se aplicaba siguiendo unas normas precisas: no debía durar más de media hora; rara vez se repetía; debía descartarse cualquier riesgo de causar lesiones permanentes al cuerpo; y, para que las confesiones fueran válidas jurídicamente, debían repetirse tres días después. Esta autorización de la tortura fue sin duda un error moral práctico. Pío XII lo recordaría un día: es y siempre será injustificable.

La gran ceremonia que ponía fin al proceso de la Inquisición completaba la finalidad del tribunal. La función principal del "sermón general" era formar la fe del pueblo. Los herejes penitentes eran solemnemente reconciliados y absueltos en un grandioso marco litúrgico, en el que un largo sermón ponía de manifiesto la misericordia de la Iglesia. La unidad de la fe se reformaba ante los ojos de los asistentes mediante la deposición de las cruces que habían llevado en penitencia. Las muy escasas sentencias de muerte no se ejecutaban hasta más tarde. Algunos historiadores han afirmado que la Inquisición fue la raíz de los totalitarismos modernos. Esto es exactamente lo contrario de la verdad.

El nacimiento de la Inquisición fue, de hecho, la respuesta libre de la Iglesia a una intromisión totalitaria del Estado en el ámbito religioso. El emperador Federico II Hohenstaufen había oficializado, en 1224, la pena de muerte contra los herejes. Esta decisión de un emperador, que se adornaba con el título de vicario de Dios, tuvo una importancia capital. El Papa no podía permitir tal intromisión totalitaria del poder civil en materia religiosa. Decidir qué era herejía solo podía ser competencia del poder espiritual. En febrero de 1231, aprovechando un momento de paz con el emperador, Gregorio IX instituyó un tribunal directamente dependiente del papado. Como garante supremo de la fe de la Iglesia, el pontífice romano seguiría siendo el único juez en materia de fe.

La Inquisición no se parece en nada al espantajo que proyecta el cine contemporáneo: creada tardíamente (1231), con una existencia limitada en el tiempo y el espacio, con pocas condenas a muerte y pocos casos de tortura, muy adelantada a su tiempo en su funcionamiento jurídico, es cierto que pudo cometer abusos. Sin embargo, casi ninguno de sus contemporáneos la consideraba en sí misma un abuso. ¿Lo era realmente? "Un proceso muy reciente de construcción de la memoria se aleja cada vez más de las opiniones tajantes e injustas del pasado", señala el historiador Jean-Pierre Dedieu: "Más que condenar, se trata de comprender".

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