Madres ejemplares
Ocupados en la importante tarea de preparar a nuestros hijos para su futuro en este mundo, olvidamos que su destino eterno es, infinitamente más importante.

Entre las madres más santas, hay una Madre que destaca por sobre todas ellas.
Estamos en mayo, mes de la madre, mujer que, con dedicación, sacrificio y ternura; engendra vida, la custodia y la moldea. Desafortunadamente, la imperante mentalidad materialista ha llevado a que muchas madres estén más preocupadas por dar a sus hijos todo tipo de "oportunidades" que en formarlos cristianamente. De ahí que, mientras los hijos tengan éxito a la manera del mundo, a muchos padres no les preocupa que: tengan relaciones prematrimoniales, siempre que sea por "amor"; usen anticonceptivos, a fin de esperar el momento adecuado; se divorcien y busquen una nueva pareja, con tal de que sean felices. Así, ocupados en la importante tarea de preparar a nuestros hijos para su futuro en este mundo, olvidamos que su destino eterno es, infinitamente más importante. "Porque ¿de qué sirve al hombre, si gana el mundo entero, mas pierde su alma?" (Mt16, 26).
Afortunadamente, tenemos el ejemplo de innumerables madres que, con la gracia de Dios, formaron a sus hijos, no para el triunfo pasajero, sino para la gloria eterna.
MADRES VENERABLES, HIJOS SANTOS
Beata Juana de Aza (1140), esposa del venerable Félix de Guzmán, fue reconocida por sus muchas virtudes y su compasión con los pobres y afligidos. Tuvo tres hijos: Antonio (venerable) Manés (beato) y Santo Domingo de Guzmán. Este, fundó la Orden de Predicadores dedicada a la predicación, a combatir las herejías, a difundir la fe y el rezo del Santo Rosario.
Venerable Margarita Occhiena (1788) madre de San Juan Bosco. Quedó viuda muy joven y sacó adelante a sus hijos educándolos con firmeza y ternura, pero, sobre todo, con un profundo amor a Cristo. A pesar de las dificultades económicas, apoyó incondicionalmente la vocación sacerdotal de su hijo Juan y, colaboró con él, en el cuidado de jóvenes desamparados.
Celia (1831) y su esposo Luis (ambos canonizados) fueron padres de Santa Teresita, la más pequeña de nueve hijos, cuatro de los cuales murieron a temprana edad. En una carta dirigida a su cuñada, quien había perdido a un hijo pequeño, Celia escribió: "Cuando cerré los ojos de mis queridos hijitos y les di sepultura, sentí un dolor que me traspasaba por completo... Muchos decían: 'Hubiera sido mejor no haberlos tenido nunca'. Pero yo sé que mis hijos no se han perdido para siempre pues volveremos a encontrar a nuestros pequeños allá arriba". Su profunda fe, motivó a sus hijas a dedicar su vida a Cristo.
ANTES LA MUERTE A PECAR
Como madres, lo que más tememos es la muerte prematura de un hijo. Pero, aún más que la misma muerte debemos temer que nuestros hijos pequen mortalmente arriesgándose a perder la vida eterna. Por ello, debemos ayudarlos a alcanzar la felicidad plena y eterna del cielo.
Un excelente ejemplo de esto lo encontramos en la reina Blanca de Castilla (1252), madre de San Luis Rey. Blanca, dio ejemplo de la importancia de la caridad hacia los demás y de que el amor a Dios es lo más importante. Al grado que dijo a su hijo: "Te amo muchísimo, pero preferiría verte muerto antes de que cometas pecado mortal". Estas palabras debieron haber calado profundamente en el alma del joven, quien, buscando agradar a Dios, antes que a los hombres, fue un rey ejemplar y un gran santo.
LÁGRIMAS Y ORACIONES DE UNA MADRE
- Sin embargo, también hay ejemplos de madres que, a pesar de su buen ejemplo y gran esfuerzo, ven, con gran desdicha, desviarse a sus hijos del camino al cielo.
Quizá, el más famoso de estos casos es el de Santa Mónica (331) quien (con gran perseverancia, más de 17 años) luchó, rezó, hizo penitencia y lloró por la conversión de su hijo, Agustín. Y Cristo, que siempre se compadece de las lágrimas de una madre, respondió a sus oraciones. Bien lo profetizó San Ambrosio al verla angustiada por la vida errada de Agustín: "No puede perderse un hijo de tantas lágrimas". Agustín (quien vivió hasta los 30 años una vida libertina) con la gracia de Dios y, en respuesta a las incesantes oraciones y sacrificios de su madre; abandonó su conducta inmoral, abrazó la religión católica y, llegó a convertirse en un buen obispo, un brillante padre de la iglesia y un gran santo.
Santa Rita de Casia (1381) también sufrió mucho por su esposo y sus dos hijos. Después de varios años logró, con paciencia y caridad, convertir a su esposo, Paolo, quien años más tarde fue asesinado por una familia rival. Rita perdonó a sus asesinos. Mas sus hijos, azuzados por sus familiares, decidieron vengar su muerte. Rita suplicó a Dios que los librara de cometer ese pecado mortal. Poco después, ambos jóvenes contrajeron disentería, se arrepintieron y fallecieron en paz con Dios. Rita se dedicó a reconciliar a las familias enemistadas y fue recibida en el convento agustiniano donde murió en olor de santidad.
Estas, y muchas otras madres, son prueba de que, como afirma San Juan Vianney: "La virtud pasa del corazón de la madre al corazón de los hijos". Asimismo, entre las madres más santas, hay una Madre que destaca por sobre todas ellas. Una Mujer elegida y predestinada, desde toda la eternidad, para ser la Madre Virginal del Salvador: María llena de gracia, Madre de Dios, Medianera de todas las gracias y Corredentora del género humano. (1)
Roguémosle a la Santísima Virgen María que supla todos nuestros defectos y deficiencias. Pidámosle sea nuestro refugio en las tribulaciones y nuestra defensa y escudo en las tentaciones. Encomendémosle a nuestros hijos con la certeza de que no perecerán las almas a Ella confiadas. Y siempre, sobre todo en los momentos más difíciles, tengamos presente las bondadosas y esperanzadoras palabras de la Virgen de Guadalupe: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre, no estás bajo mi protección y amparo?
(1)https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2a3p2_sp.html