¿Qué debe hacer un consagrado si duda? Un eremita diocesano de Roma los acompaña y da tres claves
Giuseppe Forlai apunta la tríada de posibles causas y de posibles errores y consecuencias que hay que evitar.

Las causas de la defección sacerdotal son diversas. Vencerlas ante Dios es esencial.
No todos saben porqué, en un determinado momento, cambian de vida. Tampoco los sacerdotes. Sin embargo, a menudo lo que hay es una crisis de fe, entre otras posibles causas.
Giuseppe Forlai, sacerdote eremita de la diócesis de Roma que acompaña a los consagrados, ofrece su experiencia como pastor de estos casos en el nº 259 (marzo de 2026) de Il Timone:
No basta estar ordenados para transformarse en creyentes
Desde siempre los sacerdotes abandonan el ministerio, los cónyuges se separan, las monjas dejan la clausura, los frailes el convento. Las razones son muy diversas, y los motivos profundos que llevan a determinadas decisiones son a menudo insondables. Parece absurdo decirlo, pero da lo mismo: no todos saben con precisión por qué cambian de vida. Más que nada, "sienten" que algo se ha roto por dentro y lo cuestionan todo.
Cuando un sacerdote abandona no hay que escandalizarse, más bien hay que preguntarse con mucha humildad y sabiduría: "¿Por qué yo me quedo?". Se cuenta que unos monjes egipcios encontraron en un sendero un anciano abbá acurrucado, con la cabeza entre sus manos, que derramaba abundantes lágrimas. Le preguntaron: "Padre, ¿por qué lloras? ¿Qué te ha pasado?". Él respondió: "He visto un poco antes a un monje caer en un gran pecado". Asombrados, los jóvenes exclamaron: "Entonces, ¿por qué esta desesperación desproporcionada?". Y el anciano: "Hoy él, mañana yo". Cuidado con señalar con el dedo. Sin querer ser quisquilloso con quien abandona, es útil llevar a cabo un análisis de las distintas historias de vida, con la intención, al menos, de permanecer lúcidos y hacer un examen de conciencia. Juzgar, no. Vigilar, sí.
Opinión
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Las causas de los abandonos se difunden desde hace años, pero las más "cotizadas" son conocidas. Hay quien habla de crisis del celibato, de una formación en los seminarios alejada de la realidad (este motivo está siempre muy de moda, sobre todo entre quien no ha sido nunca formador); hay quien denuncia la soledad del sacerdote o el desgaste pastoral, o la escasa atención y cuidado de algunos obispos hacia los sacerdotes.
Además, en estos últimos años ha aumentado el fenómeno de sacerdotes adultos que abandonan. El abandono no parece ser ya algo exclusivo de los jóvenes o de la tristemente célebre crisis del séptimo año.
Se deja el ministerio también a los sesenta años, como también hay quien se divorcia en edad madura. Sin embargo, los datos sociológicos existen y no vale la pena proponerlos de nuevo. El que escribe es un eremita, no un experto, por lo que no me atrevo a hacer un análisis. Sin embargo, puedo compartir algunas constantes que he observado acompañando a los consagrados.
Algunas constantes
- Lo primero que me sorprende es la fuerza que tiene en los sacerdotes en crisis la emoción del momento, fuerza que borra toda una biografía: experiencias, decisiones, valores, convicciones de fe, todos ellos eliminados por un fracaso, un enamoramiento, una decepción. Como si la identidad personal ya no se extendiera a lo largo del tiempo vivido, sino que, de repente, se contrajera, aplanándose sobre la desazón de hoy: no existe nada más allá de sentirse mal, y encerrarse por completo en la desazón -anulando la memoria- parece ser la única manera de sentirse libres. Es como si de una novela de mil página quedaran solo diez, y se pretendiera conocer toda la trama a través de estas diez.
- Lo segundo que me causa asombro -y que a menudo viene tras la desaparición de la biografía personal- es que en las historias de abandono el sentido de la comunidad y la responsabilidad hacia el prójimo decaen rápidamente. Los rostros de las personas que han acompañado el camino se desdibujan; las personas confiadas, el pueblo de Dios -que antes parecía la razón fundamental de toda dedicación-, de repente ya no tienen lugar alguno en la conciencia de uno mismo. Tras los años de discernimiento comunitario llevados a cabo para convertirse en sacerdote, implicando a superiores, formadores, párrocos de pastoral y pueblo de Dios... para decidir abandonar ya no se necesita a nadie... salvo el psicólogo que, por fin, "hace que me sienta yo mismo". Tengo que confesar que esto me ha dado mucho que pensar.
- La tercera cosa que constato es la discriminante del factor fe. Es decir, el sacerdote que entra en una crisis desestabilizadora con una lectura providencial de su historia, vive el tiempo de la prueba no como un cuestionamiento de todo, sino como una oportunidad. Puedo estar internamente lacerado, y durante mucho tiempo, pero según yo tenga o menos una experiencia viva de Cristo y de los sacramentos, la crisis desembocará en resultados sensiblemente diferentes. La mayor parte de los sacerdotes que he conocido y que por motivos personales han dejado el ministerio, también se han alejado del credo de la Iglesia a favor de una religiosidad adaptada de manera individualista. En este caso, se comprende cómo las crisis vocacionales -sobre todo en los sacerdotes jóvenes que han recibido cuando eran niños una formación cristiana que era solo un añadido o tenía solo un valor sentimental- pueden ser interpretadas como crisis de fe. No me toca a mí establecer las causas remotas de los abandonos; los propios sacerdotes, a los que veo de vez en cuando, me enumeran algunas, que indico a continuación.
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Tres causas recurrentes
- La fatiga de ser honestos. Ser sinceros y ser auténticos son dos cosas muy distintas. Los formadores no siempre saben hacer dicha distinción en los seminaristas: un candidato que cuenta todo no significa que sea auténtico. Se es sincero cuando se manifiesta lo que se siente; se es auténtico cuando se revela lo que uno es y se desea de verdad. No es lo mismo. Por poner un ejemplo, se puede ser gravemente narcisista y, al mismo tiempo, ser sincero.
- El mito de infatigabilidad sin equilibrio. Se cree que el buen sacerdote/seminarista es el que hace mucho. También aquí el riesgo es confundir el trabajo real con la dispersión. Un sacerdote que corre todo el día sin respetar sus límites físicos y espirituales no es un sacerdote que trabaja, sino que simplemente es un hombre desordenado. Y este afanarse (que es una forma de acedía) es un estupendo alibí para ocultar los "dragones": vacío de no sentir, intemperancias en el celibato que hay que ocultar, vínculos morbosos que no hay que admitir.
- La fragilidad del camino de fe. Crecer en el amor del Señor es lo menos obvio en la vida del sacerdote. Perder la fe es un instante que puede surgir sin darse cuenta. Es posible que el sacerdote no se dé cuenta de que se queda parado en la secuela: el contacto diario y frecuente con "las cosas de Dios" puede hacer creer que se es íntimo amigo del Señor. Craso error. No basta estar ordenados para convertirse en creyentes. El gran dominico francés Henri-Dominique Lacordaire (1802-1861) decía que si un sacerdote tiene una mujer, bebe, está apegado al dinero y no sabe por qué es sacerdote, antes o después se arrepiente. Si un sacerdote tiene una mujer, bebe, está apegado al dinero, pero sabe por qué es sacerdote, entonces todo cambia, todo se puede recuperar. "Simón Pedro le contestó: 'Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna'" (Jn 6, 68).