Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

La pandilla respeta la decisión de buscar a Dios en la iglesia: allí las madres oran por sus hijos

Se drogan, roban, matan… pero la mejor salida para los pandilleros pasa por la iglesia

Felipe y Wendy en la iglesia que ahora les acoge
Felipe y Wendy en la iglesia que ahora les acoge

ReL

Frente a la vía punitiva, cristianos católicos o protestantes buscan a través del arte y la educación de calle un cambio de mentalidad para lograr la reinserción de los pandilleros. Pero en todo esto hay algo muy importante: las iglesias y los templos son lugares respetados por todos, incluso por los propios pandilleros. Lo explica Rodrigo Moreno Quicios, en Alfa y Omega.

En el distrito madrileño de Arganzuela, uno de los territorios que la banda de los Trinitarios reclama como suyo, el Centro de Ayuda Cristiano se erige como un espacio neutral al que los pandilleros pueden acudir para cambiar de vida. “Algunos vienen a la Iglesia a ver si consiguen obtener paz. No lo dicen de forma abierta a la pandilla y poco a poco ponen orden en sus vidas”, explica Alberto Díaz, el pastor evangélico responsable del complejo.

Allí puede acudir cualquiera de los 400 pandilleros que, según los Cuerpos de Seguridad del Estado, viven en Madrid y sus alrededores. La cifra real, estima el Centro de Ayuda Cristiano, es tres veces superior. Para hacer este cálculo se sirven del testimonio de antiguos líderes como Felipe, quien llegó a ser rey juramentado de los Latin Kings y pasó por cuatro prisiones por, entre otros delitos, coordinar el atraco a una joyería y dejar tetrapléjica a una persona en una pelea. Con tal hoja de servicios, ha sido muy complicado para él abandonar la banda, pues sus superiores no estaban dispuestos a perder un fichaje así. “No sé cómo, pero averiguan tu casa y te esperan en el portal. Acabas con miedo hasta para comprar el pan”, cuenta este joven procedente de Ecuador.

Por suerte, Felipe salvó el pellejo acogiéndose al único terreno que sus antiguos compañeros tienen vedado: la iglesia. En su caso, una evangélica. “En las pandillas se respeta la decisión de buscar a Dios en una iglesia porque es donde están las madres orando por sus hijos”, explica Alberto Díaz. Según este pastor, a pesar de las maldades que cometen, muchos pandilleros intentan mantener una buena relación con los sacerdotes y pastores porque saben que, el día que quieran dejar atrás su pasado, “en una iglesia van a tener esa tregua”.

Una nueva familia

El Centro de Ayuda Cristiano pretende servir como lugar de referencia a jóvenes que han caído en las redes de las bandas callejeras. Los detonantes pueden ser muchos pero, según Pablo Llano, director de CESAL, el que más se repite es el de la desestructuración familiar. Ante esa carencia “la banda les da un sentido de pertenencia”, analiza el dirigente de esta ONG católica. Es el caso de Felipe, quien llegó a España desde Ecuador con 15 años y pasaba las tardes solo. “Mi madre salía a trabajar y no llegaba hasta la noche. Entonces empecé a salir porque no tenía quien me prestara atención”, cuenta.

Todo lo que Felipe quería era nuevos amigos y la calle se los dio. Jugando al fútbol, empezó a juntarse con chavales a los que todo el barrio temía y respetaba. Rápidamente le invitaron a fiestas, “pero hay algunas a las que no puedes ir porque no perteneces a la banda. Yo quería saber lo que sucedía ahí y le pregunté a un amigo cómo hacer para ser “de la gente”. Es decir, cómo convertirse en un Latin King.

Su historia coincide en aspectos fundamentales con la de Wendy, quien llegó de República Dominicana a España con 12 años. Superada por los problemas con sus padres, comenzó a frecuentar las discotecas de menores que las bandas empleaban como lugares de captación y reclutamiento. Allí conoció a los Trinitarios, quienes se convirtieron enseguida en su nueva familia. “En la discoteca eran los más famosos y si iba con ellos me volvía alguien popular. Entré en ese mundo, empecé a salir con uno de ellos y a mandar”, recuerda.

La pendiente de la violencia

Al principio, escalar dentro de una banda es fácil. “Nunca te dicen ‘vente, que vas a pelear’. Primero se hacen tus amigos”, explica Wendy. Además, las primeras tareas son pequeñas. “Hacíamos atracos. Había que reunir una cantidad de dinero para poder comprar las pistolas, entonces les quitábamos la cadena o los móviles a los chicos que encontrábamos”, añade.

Sin embargo, a medida que ascienden en la escala interna de estas bandas, las cosas se complican para sus miembros. Así le pasó a Felipe, quien tuvo que mancharse las manos de sangre en cuanto ascendió a rey juramentado. “Mi misión era acorralar a los rivales. Siempre tenía que asestar alguna puñalada para que salieran corriendo adonde yo quisiera”, explica. Después del envite, sus víctimas huían hacia un callejón donde los subordinados de Felipe las esperaban para terminar la faena.

Durante esta época, Felipe se veía continuamente asaltado por “el cargo de conciencia y muchas pesadillas en las que te sucede lo mismo que hiciste”. Encontró alivio en las drogas y pasaba días enteros sin dormir gracias a la cocaína. Cuando quería conciliar el sueño, necesitaba fumar marihuana hasta perder la consciencia. Tampoco podía dormir su madre, aunque tenía otros motivos. “Yo podía estar cinco días sin pasar por casa y ella ya se esperaba que llamaran desde la Policía para decirle que me habían matado”, confiesa el antiguo Latin King.

Convertidos por sus madres

Desconsolada por la situación en casa, la madre de Felipe buscó apoyo en el Centro de Ayuda Cristiano, donde aprendió a afrontar el problema de otro modo. “Antes de convertirse era muy agresiva conmigo. Yo vi que cambió un montón y ya no me pegaba ni me gritaba. Al ver ese cambio pensé que también lo podía haber en mí”, cuenta su hijo. Finalmente, ella le invitó a conocer su sede. “Allí comenzaron a orientarme y dejé las malas amistades. Por el simple hecho de venir aquí, ellos también empezaron a alejarse de mí”, narra Felipe.

Para Wendy, el dolor de su madre también fue fundamental para dejar los Trinitarios, aunque en su caso se combinaron también otros elementos. “La pareja que tenía me pegaba y me quedé embarazada. Él no quería saber nada y me vi sola con 14 años y sin saber qué hacer. Caí en depresión y vi que tenía que cambiar”, confiesa.

Se convenció por completo el día que apuñalaron en Vallecas a su mejor amiga. “Podría haber sido yo”, piensa ahora, pues por aquel entonces Wendy no tenía planes mucho mejores. “Me imaginaba muerta, en un hospital o mendigando por las calles”, reconoce. Sin embargo, ahora tiene cimas más altas: “Mi mente cambió y me dije, ¿por qué tengo que robar si puedo trabajar para ganar dinero?”.

Alternativas a la violencia

CESAL gestiona el Centro de Integración y Participación de Inmigrantes (CEPI) de Tetuán. En este barrio, conocido popularmente como el pequeño Caribe de Madrid por el número de vecinos dominicanos que alberga, son frecuentes los enfrentamientos entre Trinitarios y Dominicans Don’t Play, por lo que “es fundamental dar una alternativa a los chavales de entre 18 y 20 años”, explica Pablo Llano. Dentro del CEPI, CESAL celebra todo tipo de actividades culturales, pero su labor no queda allí.

Apoyados por la Secretaría de Estado de Migraciones, sacan a sus educadores a las canchas deportivas y a los institutos para tener contacto con los jóvenes que pasan el día en la calle. También les ofrecen cursos breves tutorizados y adaptados a sus necesidades, es decir, con una inserción laboral muy rápida. “Hemos tenido experiencias muy positivas y en algunos cursos nos hemos encontrado con miembros de dos bandas enfrentadas que querían salir de ese mundo”, celebra el director del CESAL.

 

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