Sábado, 07 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Un cura de 25 años obligado a cavar su tumba, un seminarista de 22 tiroteado...

16 andaluces (uno laico), reconocidos como mártires: asesinados en 1936 y 1937 en Granada y Málaga

Hay una exposición sobre mártires de Granada en la catedral -los cuadros son de los obispos de Guadix y Almería, de origen granadino, asesinados en 1936
Hay una exposición sobre mártires de Granada en la catedral -los cuadros son de los obispos de Guadix y Almería, de origen granadino, asesinados en 1936

Pablo J. Ginés/ReL

La Santa Sede ha difundido este 29 de noviembre la promulgación del decreto que beatifica a 16 andaluces asesinados en la persecución antirreligiosa de 1936 (alguno también en 1937), en la provincia de Granada y la de Málaga. Casi todos eran clérigos. Miguel Romero Rojas era un sacerdote recién ordenado y Antonio Caba Pozo era un seminarista. El único laico de la lista es José Muñoz Calvo, que era responsable de las juventudes de Acción Católica en Alhama. Da nombre al grupo el arcipreste de Loja, Cayetano Giménez Martín.

Varios de ellos descansaron en fosas comunes en la provincia de Granada hasta 1959, cuando fueron trasladadas fosas enteras al Valle de los Caídos. Es el caso, por ejemplo, del sacerdote Francisco Morales Valenzuela y del laico José Muñoz, ambos asesinados en Alhama.

La lista de los 16 mártires que podrán ser beatificados es:

- Cayetano Giménez Martín, párroco de la Encarnación y arcipreste de Loja
- José Becerra Sánchez, presbítero
- José Jiménez Reyes, sacerdote coadjuntor de Santa Catalina y encargado de Riofrío
- Pedro Ruiz de Valdivia, arcipreste de Alhama de Granada
- Francisco Morales Valenzuela, sacerdote nacido y martirizado en Alhama de Granada
- José Frías Ruiz, sacerdote coadjutor de Alhama de Granada
- Manuel Vázquez Alfalla, sacerdote mártir de Motril
- Ramón Cervilla Luis, sacerdote mártir de Almuñécar
- Lorenzo Palomino Villaescusa, sacerdote mártir de Salobreña
- José Rescalvo Ruiz, sacerdote mártir de Cádiar
- Manuel Vilches Montalvo, sacerdote mártir de Iznalloz
- José María Polo Rejón, sacerdote mártir de Arenas del Rey
- Juan Bazaga Palacios, sacerdote mártir de La Herradura
- Antonio Caba Pozo, seminarista, mártir de Lanjarón
- Miguel Romero Rojas, recién ordenado sacerdote y mártir de Coín.
- José Muñoz Calvo, laico, de Acción Católica en Alhama

Las historias de sus martirios están recogidas por el sacerdote Santiago Hoces en su libro “Cayetano Jiménez Martín y compañeros, mártires granadinos de 1936”, editado en 2000 por la Curia Diocesana de Granada, en el que recoge la foto y biografía de Ruiz de Valdivia, así como de otras víctimas de Alhama. 

Muchos asesinos venían de fuera

Las historias de violencia y muerte presentan algunas variedades. Lo más frecuente es que los asesinos fueran de otros pueblos, que no conocieran a los que iban a matar. Por ejemplo, Ana Morales Palazón, la sobrina de Francisco Morales Valenzuela, sacerdote de 55 años nacido y asesinado en Alhama, explica que fue primero detenido por unos milicianos desconocidos que no eran de Alhama el 27 de julio de 1936 (diez días de empezar la guerra), que los llevaron a la plaza del Mercado e intentaron asesinarlo, pero allí desistieron y lo llevaron a la cárcel. Cuando el 1 de agosto se abrió la puerta de la cárcel fue cuando le asesinaron.

Destrucción iconoclasta el día de Santiago

En Alhama había precedentes claros de violencia. En mayo de 1932 ya se había derribado una cruz del paseo público. En 1933 se había despedido al maestro Eduardo Morales Larios por tener un crucifijo en la escuela. Lo matarían el 25 de julio, y descansa en el Valle de los Caídos. Ese 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol, los anticlericales saquearon todas las iglesias y ermitas de Alhama y fueron confiscadas para uso "revolucionario". La iglesia de la Encarnación se destinó a alojamiento de personas y animales y sus campanas llevadas a Málaga para fundirlas y hacer metralla. La iglesia del Carmen fue destinada a "Casa del Pueblo". El convento de San Diego, saqueado y arrasado. La ermita de los Remedios, convertida en almacén y vivienda, arrancados retablos y altares y derribada la cruz de piedra ante la portada. En la iglesia de las Angustias destruyeron los retablos, la mesa de altar y se perdieron las imágenes. La ermita de la Virgen de la Peña, saqueada y cerrada. La ermita de los Ángeles, saqueada y su imagen lanzada al río.

iglesia_encarnacion_alhama

La Iglesia de la Encarnación en Alhama de Granada

Los asesinos y destructores venían de Málaga

Pedro Ruiz de Valdivia, que era de Huétor Vega, llegó el 7 de mayo a Alhama como nuevo párroco. Tenía 65 años. Ejerció poco. El día 21, en torno a las ocho de la noche, se presentaron en la casa del párroco media docena de hombres con pistolas diciendo que “venían a por él para llevarlo a la cárcel”. Aunque estaba enfermo, se lo llevaron. Al día siguiente fue detenido el laico José Frías y su hijo, el sacerdote José Frías Ruiz, coadjutor de la parroquia. También detuvieron a José Muñoz, presidente de Acción Católica y a otros vecinos.

El 25 de julio, a las cinco de la tarde, llegaron a Alhama varios camiones de anticlericales llegados de Málaga, que se dedicaron a destrozar las iglesias. El 30 de julio, a las dos de la tarde, otras brigadas de milicianos llegadas de Málaga se llevaron a los 30 presos. Los fusilaron en el puente de la Lancha. El párroco nuevo pidió hablar, según recogieron testigos: "los mismos rojos se conmovieron y algunos querían perdonar la vida; otros se opusieron y se decidió su muerte”.

"Que se escapa el cura, venid corriendo"

Otras fuentes detallan que ambos José Frías (el laico y su hijo sacerdote) fueron fusilados con otros 3 presos pero el joven cura, sangrando por muchas heridas, sobrevivió y pidió ayuda a un campesino que pasaba por allí, pero éste gritó a los milicianos: "¡Que se escapa el cura, venid corriendo!". Al oír el aviso, los escopeteros que vigilaban las entradas del pueblo acudieron y le remataron con dos tiros.

Juan Bazaga Palacios era natural de Benamargosa y tenía 33 años cuando fue asesinado. El 1 de agosto fue asesinado con su protector, el sacerdote don Francisco Gámez Fernández, en el lugar llamado "Rosal de Fuente Santa", junto al río Iznate, perteneciente a Benamocarra, según testigos que lo vieron y documento del Alcalde y secretario de Benamocarra. Su cadáver fue enterrado primero en el Cementerio de San Rafael de Málaga, y después, tras su exhumación el dia 1 de diciembre de 1941, sus restos fueron depositados en la cripta de la Catedral de Málaga.

Un antiguo amigo le hizo cavar su tumba

Miguel Romero Rojas tenía 25 años. Fue detenido el 4 de agosto, a los veintiséis días de su primera misa, en su domicilio familiar en Coín. Un camión conducido por un amigo de la niñez, ahora "enemigo de clase", lo trasladó al lugar denominado "Fuente del Sol", en las cercanías de Alhaurín el Grande.

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El mártir Miguel Romero, detenido 26 días después 
de su primera misa; le hicieron cavar su tumba

Allí su antiguo amigo le entregó pico y pala para que excavara un hoyo, pero él, por el calor, se agotó y no pudo terminarlo. Los verdugos parece que se ensañaron con varias torturas. Primero lo introdujeron vivo dejando fuera la cabeza y el brazo izquierdo y pidiéndole que saludara con el puño cerrado, el saludo comunista. Como no lo hacía, el jefe montó a caballo y pasó a galope sobre la víctima varias veces, para que las herraduras le golpeasen la cabeza, pero el animal lo esquivaba, así que el miliciano se hartó y le disparó en la cabeza.

El seminarista de 22 años

El caso del seminarista Antonio Caba Pozo, que nació y murió en Lanjarón con 22 años, es un poco más confuso. Antonio formaba parte de un grupo de presos que los anticlericales estaban trasladando el 21 de julio, nerviosos porque se acercaban las tropas del bando sublevado. Según parece, las tropas nacionales les interceptaron y unos y otros dispararon. En el caos, casi todos los presos lograron huir (incluyendo el párroco, José Barea Fernández, que quedó herido), "pero murieron los dos que no habían intentado la fuga: el médico del pueblo y el joven seminarista. El siervo de Dios había recibido en el cráneo y en el rostro una descarga de perdigones que le dejaron inconsciente y muy malherido", escribe Santiago Hoces. Algunos querrían atribuir su muerte a una bala perdida, pero los perdigones muestran que quienes le dispararon de cerca eran milicianos, y no eran balas perdidas de fusil militar como usaban los sublevados. Fue tratado en el Hospital de San Juan de Granada, pero no se le pudo salvar la vida.

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