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El papamóvil olvidado de Linares: el vehículo español que protegió a San Juan Pablo II

Una fábrica andaluza acabó enviando al Vaticano no uno, sino dos vehículos blindados.

El resultado fue una especie de

El resultado fue una especie de "exprimidor" blanco, extraño y funcional.archivo

Redacción REL
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En pleno confinamiento, mientras medio país horneaba pan o hacía bailes en TikTok, Antonio Sánchez‑Roselly decidió sentarse ante el ordenador y rescatar una historia que parecía condenada al olvido. El Mundo da todos los detalles.

A sus 90 años, este ingeniero —que dedicó 35 años a Santana Motor— empezó a escribir para sus nietos un relato que terminó convirtiéndose en un testimonio imprescindible sobre uno de los episodios más inesperados de la industria automovilística española: el papamóvil fabricado en Linares.

Un atentado cambió todo

Su memoria, precisa y apasionada, ha permitido reconstruir cómo una fábrica andaluza, nacida entre olivos y pobreza, acabó enviando a la Santa Sede no uno, sino dos vehículos blindados para proteger al Papa Juan Pablo II tras el atentado de 1981.

Santana Motor llegó a ser "una compañía de gran éxito empresarial y social" en Jaén, una provincia con un 29% de analfabetismo. Desde su planta salieron los Land Rover que transformaron el campo español y que acompañaron durante décadas a la Guardia Civil y otros cuerpos de seguridad. Pero entre todos aquellos vehículos de trabajo hubo dos que alcanzaron un destino insólito: convertirse en papamóviles.

El 13 de mayo de 1981, Juan Pablo II recorría la plaza de San Pedro en un Fiat Campagnola cuando Mehmet Ali Agca disparó cuatro veces contra él. El Pontífice sobrevivió, pero el atentado obligó al Vaticano a replantearse por completo la seguridad del Papa. Fue entonces cuando alguien reparó en la robustez del Land Rover Santana 109, un todoterreno fiable, resistente y ya probado en los terrenos más duros.

El Seat Panda transformado en papamóvil.

El Seat Panda transformado en papamóvil.archivo

A partir de ese chasis se diseñó un vehículo blindado, con una cabina acristalada instalada por una empresa madrileña y un refuerzo adicional realizado por el ejército colombiano. El resultado fue una especie de "exprimidor" blanco, extraño y funcional, que permitía al Papa mantener contacto visual con las multitudes sin exponerse a nuevos ataques.

Uno de los datos más sorprendentes que rescata Sánchez‑Roselly es que Linares no fabricó un solo papamóvil, sino dos. Las fotografías de la época lo confirman: en Guatemala aparece la matrícula SCV1, mientras que en India figura la SCV2.

Uno de ellos llegó incluso a exhibirse a la entrada de la fábrica para orgullo de los trabajadores. Los directivos de Santana Motor viajaron a Roma para entregarlos personalmente, en un momento especialmente delicado para la empresa.

En 1983, Santana Motor atravesaba una tormenta perfecta. La planta había dejado de fabricar cajas de cambio para Citroën Vigo, tras haber suministrado más de un millón de unidades en dos décadas. Al mismo tiempo, la revolución iraní había paralizado las exportaciones a Persia, donde enviaban 200 vehículos semanales.

El resultado fue un excedente de más de 1.000 trabajadores. En ese contexto, el pedido del Vaticano no solo fue un honor simbólico, sino también un alivio industrial.

Aun así, el tiempo terminó dejando obsoleto al papamóvil andaluz, que hoy descansa en los Museos Vaticanos como pieza histórica.

Pero, el de Linares no fue el único vehículo español al servicio del Papa. Hubo otros dos: el Seat Panda, improvisado en pocos días para que Juan Pablo II pudiera entrar en el Camp Nou y el Bernabéu en 1982, y el Range Rover V8 blindado por Tecnitrade International para sus recorridos por Toledo y Ávila, un mastodonte de más de 6.000 kilos con cristales capaces de resistir armas de gran calibre. 

Ambos se conservan: el Panda en Martorell y el Range Rover en un almacén policial de El Escorial.

Católico practicante, Antonio ha seguido la visita del Papa León XIV por televisión y reconoce que los papamóviles modernos "son muy livianos y sofisticados. Nada que ver con el suyo".

Pero su relato demuestra que aquel vehículo blanco, tosco y blindado, nacido en una fábrica andaluza en crisis, forma parte de una historia mayor: la de cómo un pequeño rincón de Jaén llegó, por un instante, al corazón del Vaticano.

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