En la noche, acudir al Espíritu Santo y pedir vida nueva: el mensaje del Papa en Montjuic
A diferencia de otras ocasiones, el foco no estuvo tanto en las preguntas de los jóvenes como en la respuesta inesperada que ofreció el Pontífice.

El Papa insistió en que Dios no es el origen del dolor, sino quien lo carga con nosotros desde dentro de la historia.
La segunda gran vigilia de oración con jóvenes del viaje papal reunió a miles de personas en el Estadio Olímpico de Montjuïc. Allí, tres jóvenes volvieron a plantear preguntas directas sobre la fe, el sentido de la vida y la manera de atravesar el dolor.
A diferencia de otras ocasiones, el foco no estuvo tanto en las preguntas como en la respuesta inesperada que ofreció el Pontífice, una respuesta que rompió esquemas y que invitó a mirar el sufrimiento desde un lugar poco habitual.
Clamar a Dios "a gritos"
León XIV evocó una catequesis de Benedicto XVI sobre las últimas horas de Jesús, recordando que el dolor de Cristo se convierte en oración y en clamor. Desde esa imagen, animó a los jóvenes a no encerrar su propio sufrimiento en el silencio ni en la desesperanza, sino a presentarlo ante Dios incluso "a gritos", con la misma franqueza con la que Job cuestiona al Señor en la Escritura. La clave, dijo, es mantener la certeza de que Dios permanece, incluso cuando parece callado.
Ese planteamiento dio paso a una advertencia contundente: la fe no puede transformarse en un mecanismo para justificar el dolor con explicaciones rápidas o fórmulas piadosas. "Espiritualizar" el sufrimiento, señaló, puede convertirse en una forma de minimizar la herida humana y de no escuchar de verdad a quien sufre.
Frente a esa tentación, el Papa insistió en que Dios no es el origen del dolor, sino quien lo carga con nosotros desde dentro de la historia. La fe no elimina la herida, pero permite sostenerla sin perder la esperanza.
El primer joven en intervenir confesó haber perseguido la felicidad en el éxito, la productividad y la imagen, hasta encontrarse con un "vacío inmenso". León XIV respondió con una crítica directa al modelo cultural dominante: el culto al rendimiento y a la estética funciona como un "anestésico" que adormece la conciencia.
En un mundo que empuja a vivir mirando hacia abajo, el Papa reivindicó la "sana inquietud" como un don que recuerda que estamos hechos "a medida del infinito". Invitó a los jóvenes a descender hacia su interior, donde el Evangelio actúa como un pensamiento crítico frente a la injusticia.
El testimonio más duro llegó con Carmina, una joven que relató su lucha contra la depresión y su intento de quitarse la vida. Su pregunta —"¿Dónde ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta?"— atravesó el estadio. León XIV denunció las presiones sociales que dañan la salud mental y recordó que Jesús, en Getsemaní y en la Cruz, asumió la angustia y la soledad humanas.
"Dios no nos abandona", afirmó; permanece "crucificado con nosotros" en los momentos de mayor desamparo. Pidió a la Iglesia evitar explicaciones superficiales y acompañar con paciencia, tomando de la mano y confiando en que, con Dios, la vida siempre renace.
La última intervención fue la de una joven marcada por una historia de violencia extrema: su padre intentó matar a su madre, que sobrevivió gracias a un joven que dio la vida por ella. Tras el ingreso del padre en prisión y la caída de la madre en la droga, la niña creció en un centro de menores.
"¿Cómo puedo perdonar? ¿Dónde estaba Dios?", preguntó. El Papa calificó su valentía como un "signo de la gracia" y respondió con claridad: no se puede atribuir a Dios lo que nace del mal uso de la libertad humana. Dios ha dado inteligencia, voluntad y dignidad para construir justicia, paz y fraternidad, no violencia.
Sobre el perdón, León XIV fue realista: no es un acto instantáneo, sino un proceso largo, una "medicina poderosa" que se toma en pequeños pasos. Perdonar no significa volver a lo anterior, especialmente tras un daño tan profundo, sino renunciar al odio para sanar la propia historia.
Si en la catedral el Papa había hablado de unidad en la diversidad y acogida, en la homilía en el Estadio Olímpico de Montjuic, animó a acoger las noches, las situaciones de caos, para acercarse a Dios y dejarse transformar por el Espíritu Santo, y lo hizo con el ejemplo de Nicodemo, que en medio de la noche buscaba a Jesús, y fue llamado a nacer de nuevo.
"Nosotros somos como Nicodemo, peregrinos en la noche", dijo. "Estamos llamados a dialogar con la penumbra de nuestra misma condición humana: nos falta la verdad completa, no conocemos en profundidad el misterio de nosotros mismos".
"A veces experimentamos la noche de la fe, la fatiga de creer, el cansancio del espíritu", insistió.
Puedes ver aquí el acto completo.
"Nicodemo nos enseña que estas noches son un lugar de bendición, un espacio para renacer, unas entrañas que siempre engendran nueva vida", añadió.
"Nosotros estamos llamados a no juzgar las noches: ni las noches de nuestra vida, ni las de la Iglesia", propuso el Papa.
"Debemos en cambio ponernos en camino como hace Nicodemo, seguir interpelando al Señor, abrirnos al viento del Espíritu para acoger la noche ya no como el signo de un fracaso, sino como el inicio de nueva vida", animó.
"¿Qué estamos llamados a combatir, dónde debemos renovarnos, en qué dirección queremos ir, qué sociedad queremos construir?".
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Y exhortó finalmente: "No dejemos de buscar, de cuestionarnos y de dialogar con Dios y entre nosotros, también en el corazón de la noche. Caminemos juntos en la fe que armoniza la diversidad de nuestras ideas y sensibilidades, para buscar la verdad que nos guía hacia el bien común, para que este país sea un espacio acogedor para todos, donde cada uno sea respetado en su dignidad de persona y querido por lo que es. Abrámonos al don del Espíritu, buscando al Señor como Nicodemo y acogiendo la luz de su Evangelio",
Acabó animando a, con la intercesión de María, "abrirnos a Dios y ahcernos sacar por el viento de su Espíritu".