«El César no es Dios»: Argüello alerta del peligro de convertir la política en una religión secular
El presidente de la CEE, Mons. Luis Argüello, reflexiona sobre polarización, relativismo y el papel del Papa León XIV en una España fracturada.
Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, en la Plenaria de Noviembre de 2024
En esta serie de conversaciones que venimos publicando en Religión en Libertad —diálogos con pensadores católicos sobre la crisis espiritual de nuestro tiempo— hay gestos que se agradecen: en distintas intervenciones públicas, Mons. Luis Argüello ha tenido la deferencia de mencionar y desarrollar los temas de los dos volúmenes de La crisis espiritual de la democracia, una obra coral que hemos editado este año.
No lo hizo de modo protocolario, sino con convicción, con un tono y una claridad que han dado resonancia pública a un diagnóstico que muchos intuimos y pocos se atreven a nombrar sin miedo.
Julio Borges Junyent coordina este libro titulado "La crisis espiritual de la democracia"
Precisamente por eso, sentí que una manera honesta de agradecer ese apoyo era conversar con él ahora, en una coyuntura especialmente significativa con la inminente visita del Papa León XIV a España, un viaje apostólico que —según la agenda oficial de la Santa Sede— incluirá encuentros con las autoridades del Estado, con el Parlamento y con los obispos, y que puede convertirse en un espejo moral para una sociedad cansada de polarización y hambrienta de horizonte.
Como ustedes saben Luis Argüello es arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española desde el 5 de marzo de 2024.
Antes fue secretario general de la CEE y, por trayectoria, combina una comprensión institucional de la Iglesia con una sensibilidad pastoral muy atenta a los signos de época denunciando la crisis de la verdad, el deterioro del lenguaje público, las fracturas sociales y la necesidad de que los laicos asuman su responsabilidad en la vida común.
Su itinerario vital es singular pues antes del seminario se licenció en Derecho, fue profesor universitario y su biografía revela una constante preocupación por la justicia, la vida social y la formación de la conciencia.
Julio Borges Junyent entrevista a Luis Argüello
En cuanto a obra escrita, Mons. Argüello ha publicado —además de documentos pastorales y textos de intervención pública— un breve libro de síntesis y lectura espiritual sobre la sinodalidad, Juntos. El corazón del Sínodo (CTEA / Con Toda el Alma, 2025), donde ayuda a comprender el sentido del camino sinodal y su impacto en la vida de la Iglesia.
Invito al lector a entrar en esta conversación no como espectador, sino como implicado. Porque si la democracia atraviesa una crisis espiritual, no basta con observarla: hay que comprometerse. Comprometerse con la fe (sin complejos), con la verdad (sin cinismo), con la libertad (sin capricho) y con la justicia (sin sectarismo).
En el fondo, como sugiere Mons. Argüello, la pregunta bíblica “¿Dónde estás?” sigue siendo el comienzo de cualquier reconstrucción humana personal, social y política.
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El Papa y la dimensión social del Evangelio
- El Papa, que nos confirma en la fe, nos ayuda a caer en la cuenta de que la mirada católica sobre Jesucristo y su Evangelio implica que la Iglesia ha de estar presente en el mundo. Lo está para evangelizar. Y el anuncio del Evangelio —lo subrayaba el Papa Francisco— tiene una dimensión social íntimamente unida a la salvación que el Evangelio ofrece, una salvación para la vida eterna, pero que vaya germinando en la historia.
En ese sentido, se expresa a través de las diversas formas de la caridad. La Iglesia, ya desde los años treinta del siglo pasado, nombra a la caridad social o política como una forma preeminente de la caridad, propia de los laicos.
A mí me alegra que León XIV lo subraye. Hace unos días se reunió con parlamentarios del Parlamento Europeo, del Grupo Popular, supuestamente vinculados al humanismo cristiano, y el Papa hizo una referencia muy explícita a la necesidad de que el Evangelio y la vida que el Evangelio inspira tomen carne y cuerpo en las propuestas sociales y políticas. Aun siendo plurales, en la legítima libertad de discernimiento que tienen los laicos, sin duda tienen que moverse dentro del gran marco de referencia que llamamos los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
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Verdad, relativismo y ley natural
- Quizá la cuestión fundante es que se afirma que la verdad no existe; que lo que hay son opiniones e ideas y, desde ahí, ideologías. Todo termina siendo un ambiente de relativismo: relativismo sobre la posibilidad de la verdad y, desde ahí, relativismo ético y moral. Pareciera que las democracias occidentales necesitan ese relativismo para poder encontrarse personas de criterios diferentes.
Entonces, ¿cómo se resuelven las dudas morales, que sin duda permanecen en la vida civil, en la convivencia humana? A través del positivismo jurídico, a través del poder en sus distintas manifestaciones: el poder a través de las leyes, el poder a través del dominio de la opinión pública, el poder a través de las formas de vida que generan la oferta de bienes y servicios de la economía capitalista. Eso genera también estilos de vida y criterios morales.
Así vemos que nos está llevando a un callejón sin salida de amenazas externas a la democracia y amenazas internas, sobre todo cuando mayorías parlamentarias pueden aprobar medidas claramente contrarias a la dignidad humana y que tampoco edifican el bien común.
Entonces aparece, al menos, un interrogante según la cual hay mucha gente que habla de la necesidad de abordar que nuestras democracias están en crisis. Dar un paso más y reconocer que esta crisis tiene que ver también con una comprensión de lo humano, y que en la comprensión de lo humano está nuestra dimensión espiritual —fundante para la concepción de la persona y para la propuesta ética—, creo que ya permite un primer paso.
Pero para encontrar puntos de referencia en la propuesta ética hay que estar dispuestos a creer que la razón tiene posibilidades de abrirse a la verdad y que la realidad —la realidad corporal, la realidad de la naturaleza que nos rodea— tiene huellas que nuestra tradición llama ley natural. De una u otra forma estaríamos llamados a ponernos de acuerdo en descubrir algunos rasgos clave para edificar nuestra convivencia desde una referencia de verdad.
La ley natural, por una parte; y luego las “diez palabras” de la gran tradición judeocristiana, lo que popularmente conocemos como los Diez Mandamientos. Es fácil reconocerlos en el corazón de cada uno de nosotros pues a nadie le gusta que le mientan, que le roben, que le peguen. Desde ahí hace falta elevar la mirada y decir: “no matarás”, “no robarás”, “no dirás mentiras” son propuestas de verdad sobre las que se construye una propuesta ética.
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Polarización y polaridades constitutivas
- El hecho en sí de la visita y lo que estamos viendo en los preparativos de colaboración de muchos sectores sociales puede ayudar a dar un pequeño paso, al menos hacia una toma de conciencia de la importancia de reconocerse en un proyecto común, que en este caso viene de fuera: acogemos a alguien que viene de fuera. Esta actitud, que supera endogamias, ya es valiosa.
Esto también habría que valer para decir que acogemos lo que viene de fuera, nuestras grandes tradiciones; acogemos lo que viene de fuera, que es nuestra propia realidad, que nos está gritando algo. Creo que esto ayudará, pero tampoco creo que un hecho aislado pueda, por sí mismo, solucionar nuestras dificultades. Ojalá suponga un punto de inflexión.
Porque, en realidad, ¿por qué existe la polarización? Porque se han eliminado polaridades básicas para comprender lo humano. Este mismo hecho de hablar de crisis espiritual tiene que ver con una reducción de lo humano al decir “solo somos materia” y “todo es explicable”, incluso las dimensiones psicológicas, afectivas, incluso espirituales con “e” minúscula, como simples reacciones bioquímicas.
Cuando se niega la polaridad cuerpo–espíritu, inmediatamente se va a negar la polaridad varón–mujer. La polaridad cuerpo–espíritu nos permite reflexionar sobre nuestro propio cuerpo y descubrir el significado de la diferencia sexual. El significado de la diferencia sexual —y por tanto el del matrimonio y la familia— ayuda a dar un paso más y descubrir el significado de la vida social a través de sujetos, familias que se relacionan y que van tomando conciencia de ser una sociedad, un pueblo.
Cuando estas polaridades básicas constitutivas de lo humano se eliminan y se va a un solo lado —solo materia, solo sujeto individuo—, da igual el sexo, pues viene modificado por el género, (supuestamente por la propia decisión) y en el mundo somos individuos llamados a hacer un contrato social para ver si es posible organizar la convivencia.
Lo inevitable es que surjan polarizaciones artificiales como fruto maduro de haber negado las polaridades que realmente nos constituyen.
Pastores, laicos y el riesgo de “pasarse de frenada”
- En esta posición de los pastores —y en mi caso con la responsabilidad institucional que tengo— la dificultad viene agravada por un asunto: la falta de presencia pública de los laicos católicos, tanto personal como asociada. Esto no quiere decir que los católicos tengan una sola voz en todo. En algunos asuntos sí han de tener una sola voz, en otros no. Pero es importante que exista esa presencia.
Cuando esta polaridad cabeza–cuerpo, ministerio ordenado–vida laical, no se vive, hay un riesgo de que los pastores —si me permite la expresión— nos pasemos de frenada: hablando de asuntos de la vida pública más allá de lo que es propio.
Lo propio es una educación evangélica en favor de la dignidad, la justicia y el bien común; ayudar a hacer ese coloquio entre Evangelio y realidad que llamamos Doctrina Social de la Iglesia, iluminándolo con criterios espirituales, evangélicos, éticos y morales. Otra cosa es entrar en el detalle de los asuntos concretos.
En mi experiencia, intento recordar estos principios. Pero es verdad que nuestras intervenciones están mediadas por los medios de comunicación social, y a los medios les gusta posicionarte en el juego de las peleas políticas concretas. Ahí aparece una dificultad real.
Porque hay asuntos en la plaza pública en los que, desde una misma referencia de Doctrina Social de la Iglesia, puede haber acentos contingentes e históricos diferentes. Nosotros partimos de un principio: ningún sistema logra edificar el Reino de Dios en la tierra. No creemos en el Reino de Dios en la tierra. Creemos que la plenitud del Reino de Dios está en la plenitud del tiempo; mientras caminamos, tenemos que hacer que el Reino germine, pero las ideologías han querido suplantar esta idea del Reino de Dios. Ese es un riesgo, y también los católicos podemos caer en él.
Esta tensión entre historia y escatología nos hace ser humildes para entender lo que podemos hacer es lo que podemos hacer. Y debería hacernos también más comprensivos y acogedores con propuestas diferentes, porque la germinación del Reino —que nos supera a todos— puede germinar con expresiones distintas, según acentos propios del discernimiento de la vida económica y política y entender el papel del protagonismo social, papel del Estado, prioridades del bien común. No podemos decir que exista una receta única.
“Dad al César…”: potestas, auctoritas y la tentación de divinizar la política
- Sí, claro. A veces se usa la expresión “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Creo que hay una consecuencia principal de esa afirmación de Jesucristo ya que el César no es Dios, cualquiera que sea la forma que adquiera la encarnación del César en una época concreta.
Ninguna forma política concreta es Dios. Democracia tiene que ver con Demos y Kratos, el pueblo. Hay que ayudar a que el pueblo exista. Y el Kratos precisa autoridad y potestas. La potestas la dan las reglas del juego jurídicas; la autoridad no.
Cuando el César pretende tener una autoridad que va más allá de su potestas, eso también le pasa a la democracia. Cuando la democracia pretende suplantar una auctoritas para definir lo humano, ser fuente de referencias éticas u ofrecer salvación. La democracia no nos trae la salvación. El capitalismo no nos trae la salvación.
El coloquio entre Dios y el César tiene este subrayado fundante. Luego, sí, es verdad, habla de reconocer una autonomía de ámbitos, pero hay un punto fundante: el César no es Dios.
- Sí, claro. Por supuesto. No hay el uno sin el otro. Eso es fundamental. Como no hay traficantes de drogas sin consumidores de drogas.
Jóvenes, indiferencia y “alzar la mirada”
- A cualquier persona —y a los jóvenes en particular— hay que invitarles, voy a utilizar el lema del viaje del Papa, a alzar la mirada. Yo me atrevería a decirlo en tres direcciones, una que puede parecer contradictoria.
Primero, alzar la mirada para atreverse a bajar a las grandes preguntas del corazón, a no censurar las preguntas, aunque eso produzca agitación. Preguntarse por el sentido, por la verdad, “¿para quién soy?”, “¿por qué estoy aquí?”.
Segundo, alzar la mirada mirando alrededor, para salir de la soledad —en algunos casos— o de relaciones superficiales.
Tercero, alzar la mirada en una mirada larga, en la que uno pueda plantearse la plenitud de su vida. Desde ahí atreverse a buscar, desde los interrogantes o las chispas que surgen en el corazón, en las relaciones con otros, en mirar la historia y lo que la historia nos plantea —con sus incertidumbres, amenazas y posibilidades—.
Atreverse a llamar a la puerta de la Iglesia, cualquiera que sea la puerta, porque la Iglesia tiene muchas puertas. Hoy hay muchos jóvenes que se acercan atraídos por la música, por la amistad, porque les han dicho que un retiro les ha cambiado la vida, porque alguien les ha invitado a hacer voluntariado y ven que hacer algo por los demás esponja el corazón. Que llamen a cualquier puerta.
Luego que se atrevan a pasar a otra habitación de la casa, no solo la habitación por la que entraron —amistad, emoción, música, solidaridad—, sino experimentar que la Iglesia ofrece algo que no es suyo: ofrece a Jesucristo. En Él se descifra —decía el Concilio Vaticano II— lo que significa ser persona, el sentido pleno de su vocación.
Espero que la visita del Papa tenga algo de todo esto, porque es un viaje apostólico. El Papa va a proclamar palabras, alguna puede tocar el corazón; va a tener grandes celebraciones de la fe; va a acercarse a lugares donde se expresa la dimensión social de la fe. Unos sentirán más atracción por unas expresiones u otras de la única vida apostólica de la Iglesia.
Desde ahí, que sigan tirando del hilo. Ojalá encuentren alguna persona, alguna comunidad que los acompañe en su búsqueda.