Sábado, 04 de diciembre de 2021

Religión en Libertad

«Maranatha», del padre Spidlik, sobre la vida después de la muerte

¿Es bueno para un cristiano meditar sobre el infierno? Depende: ¿le lleva a amar más?

El Carro de Heno, de El Bosco, en torno a 1502: la tabla derecha representa el infierno como una casa incandescente.
El Carro de Heno, de El Bosco, en torno a 1502: la tabla derecha representa el infierno como una casa incandescente.

Pablo J. Ginés/ReL

La Iglesia respira con dos pulmones, Oriente y Occidente, recordaba San Juan Pablo II, refiriéndose a toda la sabiduría que aportan las comunidades cristianas orientales en sus distintas tradiciones y liturgias. Monjes, escritores y filósofos, santos y mártires y el sentir popular de los cristianos de Oriente tienen mucho que decir al cristiano de hoy.
 
Un autor que siempre ejerció de puente entre ambos “pulmones” fue el jesuita moravo Tomás Spidlik, sabio profesor del Pontificio Instituto Oriental, fallecido en 2010. Ahora la editorial Ciudad Nueva publica en español su libro de 2007 Maranatha. La vida  después de la muerte, con interesantísimos capítulos dedicados al Juicio Final, al Purgatorio, al Cielo, el Infierno, la Resurrección, la Vida Eterna y el sentido de la Cruz. Es decir, a esos temas que interesan a todo hombre -puesto que todos moriremos, y mueren nuestros seres queridos- pero que no suelen comentarse en las homilías.


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Los romanos son juristas; pero Oriente respeta el Misterio 
Mientras la Iglesia de tradición latina ha heredado de los antiguos romanos una mentalidad jurídica, que busca normas, reglamentos y disposiciones muy estructuradas y codificadas, las Iglesias orientales, sean de tradición griega, egipcia o siríaca, siempre han sido más rápidas en asumir que las cosas de Dios son misteriosas, que son más para contemplar que para definir y que ciertas expresiones muy tajantes no son adecuadas para lo que está Más Allá, especialmente en la Otra Vida.
 
Un ejemplo lo vemos en cómo Spidlik recoge diversas consideraciones sobre el infierno, contrastando algunas intuiciones de Oriente con las de Occidente.
 
¿Pensar en el infierno? Sí, pero...
Los monjes ascetas de Oriente, que buscaban purificarse del mal con su vida monástica extrema, recomendaban pensar en el infierno al levantarse y al acostarse. Pero lo hacían con un objetivo muy concreto, explica Spidlik: debía suscitarse así el “temor de Dios”, y al avanzarse en la vida espiritual eso debía llevar a un amor de Dios. “El temor se transforma en amor, el llanto en alegría inefable, en sentimiento de gratitud por la liberación de los peligros. San Antonio Abad podía decir: ‘ya no temo a Dios’.”
 
Algo similar le pasó a Santa Teresa de Ávila: la visión que Dios le dio acerca del infierno le enseñó, decía ella, a soportar con paciencia las dificultades presentes, a tener más celo por la salvación de los demás y a estar agradecida por haber visto “de dónde me había librado Su misericordia”.
 
Spidlik afirma que las visiones de predicadores como San Pablo de la Cruz o Santa Francesca Romana “no se pueden argumentar como pruebas en argumentaciones teológicas” y que la Providencia las permitió “para suscitar un temor saludable, un motivo para convertirse”.


El cardenal Spidlik deslinda en "Maranatha". La vida después de la muerte los beneficios y riesgos espirituales de la meditación sobre el infierno.

Lo que sirve a unos santos no sirve a otros
Pero Spidlik explica que esto, que sirve a algunos santos, no funciona para otros. Pone el ejemplo de Santa Teresita de Lisieux, Doctora de la Iglesia.
 
 “Meditar sobre el infierno depende de la disposición personal y el modo de hacerlo no puede ser generalizado”, escribe Spidlik. “Las meditaciones habituales que proponían en el convento [sobre el infierno] no convenían a Santa Teresa del Niño Jesús, que practicaba una espiritualidad de confianza amorosa en Jesús. La predicación sobre el infierno la afligía tanto que, según el testimonio de la superiora, habría muerto si se hubiera perpetuado en ese estilo”.

Spidlik señala que el método clásico es que el temor, al madurar el progreso espiritual, lleve al amor, pero “no es bueno darle la vuelta al camino y volver al esquema de arriba abajo”, es decir, quien ya vive confiado en este amor, no tiene sentido que descienda al temor.

El infierno no es como la pena de un tribunal 
Spidlik repasa algunas concepciones sobre el infierno. No le convence la visión “judicial” que tienen muchos y que por ello la rechazan. “Se imagina el castigo divino igual que una pena impuesta por un juez en un tribunal profano, que podría ser intercambiada por otra”, dice, considerándolo una “falsa premisa”.


Icono del descenso de Cristo a los infiernos (el limbo de los justos) tras la Resurrección.

Spidlik ve más sentido en la intuición (que comparte, por ejemplo, C.S.Lewis) de que Dios está hecho de un mismo fuego de amor: a quien le ama y acepta, este fuego le vivifica; a quien se niega a aceptarlo, le daña.

La visión de Dios como fuego es muy común en la liturgia oriental y en autores como San Efrén de Siria. “Recibe el carbón ardiente” se dice en la liturgia oriental al repartir la comunión. Y María es la zarza ardiente, como aparece en muchos iconos: llena del fuego de Dios, pero no se consume. También el hombre debe ser así.El que no ha sido transformado por el Espíritu, se quema (sufre) en este fuego.

Un amor bueno... que los malos experimentan mal  
¿Cómo puede un amor bueno, un fuego de bondad, dañar a alguien? Puede, si es malo. El ejemplo de manual que da Spidlik es el de un marido infiel que una y otra vez engaña a su esposa y vuelve a casa, y ve que la esposa, pese a saberlo, le acoge con amor, intenta amarle más y mejor, y perdonarle… y todo ese amor y perdón de su esposa al marido le duele, le da rabia, reacciona con más maldad. “Esta analogía psicológica ayuda a comprender cómo un fuego de amor puede provocar un fuego de furia dolorosa”. Que es lo que vivirían los condenados.
  
Así, san Isaac de Siria, místico del siglo VII, escribe: “Yo digo que quienes sufren en la gehena [el infierno] son atormentados por los sufrimientos del amor, es decir, donde han sentido que han faltado en el amor, más que por los tormentos causados por el temor”.
 
Condenación "eterna" no significa "mucho tiempo"
También reflexiona sobre la idea de que la condenación en el infierno es eterna. ¿Es justo que para maldades limitadas en el tiempo y el espacio se decreten castigos eternos?

Spidlik recuerda que la eternidad no es “mucho tiempo”, que no es tiempo en absoluto. Desde luego, no es “un tiempo que se prolonga indefinidamente”. Es más bien el hecho de que Dios, desde su eterno presente, ve cada hecho, cada bien y cada mal, vivo, indeleble. El que se salva, desde el cielo, ve que cada obra buena y cada momento de arrepentimiento que vivió, siguen ahí, con valor eterno.

Pero ¿qué ve el condenado? Ve siempre su mal.
 
El sacerdote, científico y filósofo ruso Pavel Florenski reflexiona sobre la condición del condenado, no con argumentos, sino con un sueño que tuvo: el condenado está en una oscuridad, “el borde del Ser Divino, más allá del cual hay una nada absoluta. Quería gritar y no podía, un instante más y sería la aniquilación suprema”. Pero no llega esa aniquilación: está siempre en ese borde. Puede imaginarse que es el “estado” más lejano posible a donde “está” Dios.
 
El Cristo de los iconos no es el de Miguel Ángel
Spidlik también contrasta el Cristo de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, del siglo XVI, que arroja a los condenados al infierno, con el Cristo de los iconos cristianos orientales, que desciende del Cielo, glorioso, tendiendo su mano a los que están en el abismo de la tumba, a los que caen hacia el infierno.


El Juicio Final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, con los condenados al infierno en la parte inferior.

 “Su prototipo es el Buen Ladrón, que fue crucificado junto a Cristo y ahora se encuentra en el paraíso. Pero si, a pesar de tanto amor divino, hay tozudos que rechazan la mano tendida del Salvador, son ellos los que han elegido para sí mismos la segunda muerte”.
   
Spidlik previene, finalmente, en este capítulo sobre el infierno: “Es mejor no escudriñar más en el misterio del mal, que siendo esencialmente negativo, es inexpresable con conceptos positivos”. De nuevo, el Misterio es más para contemplar que para definir y codificar.

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