El valor de lo inútil
Allí donde la sociedad solo ve desecho, Dios ve vida y llama a la esperanza

Con motivo del Día de la Tierra 2020, el Papa ha recuperado enseñanzas de Laudato Si y Querida Amazonia
Algunas expresiones describen una época entera sin necesidad de tratados ni conferencias; “cultura del descarte” es una de ellas. Solo pronunciarla basta para comprender que no se trata de un hecho aislado, sino de una manera de mirar el mundo, de ordenar prioridades y de decidir quién merece ser visto y quién puede ser ignorado. Esta cultura no es solo un problema económico o social, sino también moral y espiritual, porque revela la forma en que evaluamos la dignidad de la vida humana y de la creación que nos rodea.
El Papa Francisco lo subrayó con claridad en su encíclica Laudato Si’ (2015), señalando que vivimos en una sociedad consumista que reduce tanto a las personas como a los recursos naturales a meros residuos desechables. Todo se mide por su utilidad inmediata o por el beneficio económico que puede generar, y quienes no encajan en ese cálculo quedan relegados al olvido. Los más vulnerables —los pobres, los ancianos, los niños no nacidos— son invisibilizados y marginados, mientras que la Tierra, nuestra casa común, es tratada como un vertedero explotado, contaminado y abandonado. La cultura del descarte no necesita violencia explícita; basta con ignorar, minimizar y reducir la vida y la creación a su valor funcional.
Frente a esta lógica, el Evangelio propone una visión completamente diferente: el valor de lo inútil. Jesús se fijaba en lo que la sociedad despreciaba y lo elevaba a lo supremo. Una familia que ofrece lo poco que tiene, un niño que no produce nada, un enfermo al que nadie atiende son, para Dios, tesoros de un valor incalculable. Lo que parece inútil para los hombres puede ser, paradójicamente, el lugar donde se manifiesta la gracia más profunda y donde la vida alcanza su sentido más verdadero.
Este contraste no es solo teoría, sino que se hace evidente en la práctica cotidiana. Se observa en hospitales, hogares de ancianos, misiones y voluntariados invisibles. Aquellos que dedican su vida a lo que la sociedad considera inútil son, de hecho, quienes transforman la sociedad desde sus raíces, enseñándonos que la verdadera medida de la vida no está en lo que produce resultados inmediatos, sino en lo que ama, sirve y sostiene. La viuda que da lo poco que tiene, el enfermo que sonríe en medio del dolor, el anciano que comparte su historia son recordatorios de que lo que el mundo desprecia puede ser, en realidad, lo más valioso para Dios.
En una sociedad que glorifica la eficiencia, la rapidez y el lucro inmediato, la ética del Evangelio resulta incómoda y radical. Ninguna persona es prescindible, ningún ser humano puede ser descartado como inútil, y la cultura del descarte es un mal que nos anestesia frente a la dignidad de quienes no producen resultados visibles. Esta mirada nos desafía a replantearnos cómo valoramos la vida y qué criterios seguimos al decidir qué merece atención y qué puede ser olvidado.
Valorar lo inútil no significa nostalgia ni renuncia al progreso. Implica aprender a mirar con otros ojos, reconocer la dignidad de quienes no encajan en nuestros cálculos y comprender que la verdadera riqueza se mide en amor, servicio y respeto a la vida. Allí donde la sociedad solo ve desecho, Dios ve vida y llama a la esperanza. La pregunta que permanece es incómoda, pero necesaria: ¿Qué personas, qué historias y qué riquezas estamos ignorando hoy porque el mundo las considera inútiles?