Religión en Libertad

La libertad del mártir (2) conferencia del Dr. Martín Ibarra

Impartida durante la Jornada Martirial de Cáceres el 14 de febrero de 2026

El Dr. Martín Ibarra departe, minutos antes del inicio de la Jornada de Cáceres, con el Dr. Martín Rubio.JLT

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2.- Los benedictinos de El Pueyo.

Vamos a analizar dos sucesos relacionados con los monjes benedictinos del monasterio de El Pueyo y de los estudiantes que allí se formaban. El primero nos lo refiere Plácido María Gil que, siendo posteriormente monje en el monasterio de Valvanera (Logroño) lo contó todo en dos libros: Iban a la muerte como a una fiesta (1993) y Un adolescente en la retaguardia (2006).

Veamos el primer caso de libertad interior de los jóvenes detenidos en el colegio de Escuelas Pías.

«Cuando entramos en nuestra sala-cárcel ya nos espera el señor Obispo Mons. Florentino Asensio, que ha debido ser avisado de antemano por el Superior de los escolapios. Su persona, amable y sencilla, nos era casi familiar, y su presencia nos iba a reconfortar, sobre todo al Padre Prior. Tiene la celda-prisión a unos metros de nuestro vestíbulo. Todos le besamos la mano arrodillados, y pregunta al padre si nos ha pasado algo. El padre lo tranquiliza: -Nada malo nos ha ocurrido. Al besarle la mano los seis chicos, se conmueven un poco, y dice: -¿Vosotros aquí?, y pone la mano sobre la cabeza de cada uno de nosotros. ¡Es nuestro Obispo!, que sólo hacía doce días había pasado la jornada en el Monasterio, junto con algunos eclesiásticos. Viste camisa blanca, un chaleco sin mangas, pantalones negros y zapatillas. No lleva ni pectoral ni anillo, pero sí fuertes marcas de sufrimiento. Con él, en la misma celda, se encuentran su familiar D. Marcelino de Abajo, y un seminarista de Barbastro, Manuel Laplana.

Aquella noche se dispuso que los seis chicos, en dos colchones, descansáramos en la salita de Física, que da al río. De ese modo no oiríamos los ruidos que se producían en la plaza, y podríamos dormir sin sobresaltos.

Todo resulta un poco chusco, pues yo tengo la cabeza en los mismos pies de un esqueleto humano de pasta, de tamaño natural para el estudio de anatomía. Con su expresión parece reírse de nosotros y alguno, en plan de broma, comenzó a decir que se oía el chasquear de sus dientes. El pequeño Juanito, que está a mi lado, tiembla de susto. Como el suelo es de baldosa fina, nos hemos tenido que acurrucar para no descansar sobre el mismo.

Antes de acostarnos, los chicos rezamos juntos las oraciones de la noche que prescribe nuestro ritual, y, como de costumbre, el padre Prefecto nos da la bendición y besamos su crucifijo. La noche es muy calurosa, y más estando tan juntos y con la ropa puesta. A pesar de estar abierta la ventana que da al Vero, el calor es sofocante. El cansancio y las novedades vividas nos hacen dormir muy pronto, hasta que nos despierta el padre Prefecto.

¡Buenas noches, señor Jesús! Nunca te hemos sentido tan amigo nuestro”.

Dios está prohibido, pero los chicos de El Pueyo intentan ser fieles a Dios en esa circunstancia. Su libertad es, desde luego, una libertad interior. 

Beatos benedictinos mártires del monasterio de El Pueyo.

El domingo de la Asunción de 1936 uno de los estudiantes benedictinos detenidos, Luis Brualla, salió libre. Su madre Vicenta Mazana, pudo sacarlo por ser menor de edad, después de numerosos problemas. Ese hecho fue aprovechado por don Aurelio Boix para darle una serie de cartas, que se han salvado. Plácido María Gil escribe que a Luis “le debió costar, ya que nosotros voluntariamente habíamos preferido la cárcel a la libertad».

En la madrugada del 9 de agosto se asesinó a muchos de los detenidos, entre ellos al obispo Florentino Asensio. De ese mismo día se conservan ocho cartas que Aurelio Boix Cosials, monje del Pueyo escribió y pudo sacar Luis Brualla tres días más tarde. La que dirige a sus padres y hermano, es muy emocionante y dice entre otras cosas:

«En noches anteriores se han fusilado unas 60 personas; entre ellas, muchos curas, algunos religiosos, tres canónigos, y esta noche pasada, al Sr. Obispo.

Conservo hasta el presente toda la serenidad de mi carácter; más aún, miro con simpatía el trance que se me acerca: considero una gracia especialísima, dar mi vida en holocausto por una causa tan sagrada, por el único delito de ser religioso. Si Dios tiene a bien considerarme digno de tan gran merced, alégrense también Vdes., mis amadísimos padres y hermano, que a Vdes. les cabe la gloria de tener un hijo y hermano mártir de su fe» .

Martirio de los benedictinos, 28 de agosto. En la madrugada del viernes 28, entraron un grupo de milicianos dirigidos por Mariano Abad Castro. Hicieron bajar a todos los Benedictinos al salón que habían ocupado anteriormente los Misioneros. Los ataron fuertemente, de dos en dos, los sacaron a la plaza y los subieron a un camión. El camión bajó por la cuesta del Rollo, con los monjes cantando a coro la Salve, y dando gritos a Cristo Rey. Algunos de ellos fueron golpeados brutalmente con los fusiles por ese atrevimiento. El P. Prior, Mauro Palazuelos, fue obligado a bajar del camión, pues un joven anarquista de Zaragoza se quiso encargar de darle muerte. Según el testimonio de María Armisén, el Prior fue asesinado a la entrada del cementerio, a mano izquierda de la puerta y en su parte exterior. El camión fue por la carretera de Berbegal y a unos 3 kilómetros, lugar bien conocido por haber asesinado ahí a más de cien personas, los descargaron y asesinaron. Dejaron que se desangraran y después los trasladaron al cementerio de Barbastro.

Las reliquias de los mártires benedictinos, beatificados el 13 de octubre de 2013, reposan en el altar de El Pueyo.

3.- El hermano David Carlos Marañón, escolapio de Peralta de la Sal.

El día 23 de julio de 1936 llegaron los comunistas de Binéfar a Peralta de la Sal (Huesca) con intención de quemar el colegio y la iglesia. El Comité de Peralta desalojó a los escolapios y los dejó en libertad vigilada en Casa Llari. Antes de decidir la muerte de los cinco escolapios detenidos, hubo dos momentos en los que pensaron en libertar al hermano David Carlos Marañón. No era sacerdote y en el pueblo sabían que era un trabajador ejemplar. Así que le dijeron que, si se quitaba su hábito, se le podrían perdonar sus errores pasados. El hermano David Carlos se negó en rotundo a quitarse la sotana, pues eso hubiera sido como apostatar de su fe y de su vocación escolapia. Y repuso: “Podéis matarme” .

El segundo intento de los milicianos para salvar al hermano David, según lo narró Jacinto Conte Solano que había trabajado durante muchos años en la huerta con el hermano David fue el siguiente:

Detalle del óleo de los beatos mártires escolapios de Peralta de la Sal (Huesca). JLT.

«Cuando todos los Padres y hermanos fueron llevados a Casa Llari, y se vio lo que iba a suceder, propuse al Comité que “si no se podría salvar a ese Hermano joven que trabaja en la huerta”. Me dijeron que si yo quería, me lo llevase a mi casa. Pero que se lo dijese solo al Hermano, que no hablase con ningún Padre. Hablé con el Hermano acerca de que podía ir a mi casa, y que cuando tuviese ocasión, ya marcharía a su tierra. El Hermano me respondió: - Prefiero morir. Y no hubo modo de hacerle cambiar. Vi también al P. Faustino, y le abracé llorando, sin poder decirle nada, ante la amenaza del guardián».

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