Religión en Libertad

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La carta apostólica In Unitate Fidei, publicada por León XIV en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, vuelve a llamar la atención sobre un punto central de la fe cristiana: la unidad visible de los creyentes no es un complemento devocional, sino una exigencia de la fe en Cristo y de la misión de la Iglesia.

No hay que olvidar que, según el Evangelio, la credibilidad misma del anuncio depende de esa unidad. El Señor oró así por sus discípulos:

«Que todos sean uno… para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17,21).

No se puede ser más claro. La división oscurece la misión; la unidad, por el contrario, la revela.

La carta invita a redescubrir el Credo de Nicea, el corazón mismo de la identidad cristiana. Y aquí aparece una noticia sorprendente para muchos católicos:

El criterio fundamental para reconocer a otra Iglesia como “Iglesia hermana” es la confesión íntegra del mismo Credo, especialmente la proclamación de que Jesucristo es «Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre».

Donde esta fe se conserva viva, la Iglesia católica reconoce la existencia de una auténtica eclesialidad, aunque la comunión sacramental esté herida o incompleta.

El Concilio Vaticano II lo expresó con una claridad excepcional. En Unitatis redintegratio 15, refiriéndose a las Iglesias orientales separadas, afirmó:

«Estas Iglesias, aunque separadas, poseen verdaderos sacramentos, sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, mediante los cuales se unen aún a nosotros por vínculos estrechísimos».

Esto no es una concesión sentimental; es una afirmación doctrinal. Y lleva a una conclusión inevitable: en estas Iglesias actúa la gracia de Cristo, y por tanto existe para sus fieles un auténtico camino de salvación, aunque la plena comunión con la sede de Pedro todavía no se haya restablecido.

También Dei Verbum, la constitución dogmática sobre la Revelación, recuerda que la Palabra de Dios tiene fuerza salvífica, y la Dominus Iesus describe que esta salvación se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia. La predicación de la Palabra salvífica —cuando es fiel a la Escritura— puede realizarse también en comunidades eclesiales separadas, porque la Palabra misma lleva su eficacia, no nuestras estructuras.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en coherencia con el Concilio, enseña que en las comunidades eclesiales no católicas hay elementos de santificación y de verdad (CEC 818–819); el bautismo administrado allí es verdaderamente válido y hace que quienes lo reciben sean incorporados a Cristo (CEC 1271) ¡y esto implica necesariamente que allí hay auténtica vida de gracia!

Pero esto no es algo que se asuma fácilmente entre nosotros y por eso se formulan imprecisiones: “La Iglesia reconoce elementos buenos, pero no dice que haya salvación en esas Iglesias”. No obstante, el Catecismo responde justamente lo contrario cuando afirma:

«El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia católica» (CEC 819).

No puede haber afirmación más clara.

Sí: existe un camino de salvación para quienes pertenecen a otras iglesias y comunidades cristianas, no por ser comunidades separadas, sino porque, gracias al único bautismo y a los elementos objetivos de verdad y santificación que conservan, están verdaderamente unidos —aunque imperfectamente— a la Iglesia de Cristo.

Frente a esta enseñanza del Concilio y del Magisterio reciente, resulta desconcertante la existencia de ciertos círculos que se precian de ser la reserva de la “ortodoxa católica” y que mantienen posturas explícitamente contrarias al Vaticano II: niegan la validez sacramental fuera de la Iglesia católica, rechazan la acción de la gracia en otras comunidades cristianas, dudan del bautismo reconocido por la propia Iglesia y defienden un modelo de ecumenismo exclusivamente “de retorno” que el Concilio corrigió y superó.

Pero esto no es tradición; es amnesia eclesial.

No es fidelidad; es desconexión doctrinal.

No es catolicidad; es repliegue confesional.

La Iglesia católica no tiene miedo a reconocer dónde actúa Cristo: lo hace en ella plenamente, y también —aunque imperfectamente— en aquellas Iglesias que confiesan el Credo de Nicea y conservan elementos reales de santificación.

La carta de León XIV es, por tanto, una invitación urgente: volver al Credo para redescubrir quiénes somos, para comprender quiénes son en verdad nuestros hermanos en la fe, y para reconocer que la división actual no es un accidente histórico, sino una herida en el Cuerpo de Cristo que todos estamos llamados a curar.

Si queremos que el mundo crea, tal como pidió el Señor en Juan 17, es necesario abandonar el miedo, dejar los prejuicios y volver al magisterio auténtico de la Iglesia.

El ecumenismo no es cesión doctrinal ni diplomacia interna: es la consecuencia directa de confesar al único Señor en el único bautismo, en la única fe y en la misma esperanza.

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