Religión en Libertad

Dios en la cárcel. La primera mujer nombrada Capellán de una prisión.

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La primera mujer que es nombrada Capellán de una cárcel. Nos lo cuenta Virginia RÓDENAS en http://personal5.iddeo.es/magolmo/carcel.htm ,que estuvo en una asamblea de capellanes penitenciarios.

María del Carmen Archanco, dominica misionera de la

Sagrada Familia, se sienta hoy entre unos setenta

curas con el orgullo de haber sido

elegida la primera mujer capellán de prisiones en España.Se acomoda en el salón de actos de la casa

de las franciscanas misioneras de la Madre del Divino Pastor.

«Ya va siendo hora –explica María del Carmen–de que

en la Iglesia las mujeres dejemos de estar en ese segundo

plano, de mano de obra exclusivamente, y tengamos otras

responsabilidades. Estoy contenta porque es un primer

paso».

Esta monja, de cuidadísimo aspecto y labios repasados

en un suavísimo rosa pálido, ha recibido la recompensa a

cinco años de trabajo voluntario en el penal de Arrecife, en

Lanzarote, enseñando a los presos. El trofeo, esa capellanía de la

cárcel de Santa Cruz de La Palma, lo recibe «sin plantearme

grandes metas. En esto, lo primero que hay que hacer es

ganarse a la gente, que confíen en ti, que sepan que estás

dispuesta a escucharles y a tenderles una mano. Yo lo hago

desde la fe pero lo que prevalece es el elemento humano.

Luego, esa fe les acaba proporcionando esperanza»..

En el pasillo, José Sesma, responsable del Departamento de

Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española,

ordena los grupos de discusión. Este sacerdote, que

desde 1971 ha trabajado tras los muros de varias penitenciarías

españolas, está marcado por su experiencia durante siete años

en la cárcel de mujeres de Barcelona. «He sido testigo de

historias impresionantes, he visto cómo las mujeres ´´se

comen los marrones´´, en el argot carcelario, de sus hombres,

auto inculpadas por dejar libres a sus compañeros, o que

eran condenadas como cómplices cuando lo único que habían

hecho era amar a sus parejas o pagar condenas muy serias,

como la de una madre a dieciséis años, por salvar la memoria

de la hija difunta... Yo creo –hace un inciso– que si salvas a

la madre salvas a los hijos y así se crea una cadena que evita

la prisión a generaciones futuras. En esa esperanza reside la

labor del capellán y por ello es muy gratificante. Yo –dice con

rotundidad– vengo a la cárcel porque creo en la libertad y

todo lo que hago es en ese orden».

Sesma, sacerdote mercedario, conoce bien al violador del Ensanche,

el condenado López Maíllo que purgó su pena de 592 años por cien

violaciones atribuidas con diez años de cárcel y mucho fútbol. El

violador vive hoy en la casa que esta orden le ofreció. «Por ahora

–asegura– va bien. Pero el día en que se tuerza... Este muchacho

mostró arrepentimiento hasta el punto de que no quiso lucrarse

con sus crímenes rechazando las ofertas televisivas que le hicieron

dentro de la cárcel y le puedo asegurar que eran muy jugosas.

No quiso. Él sabe que hizo mal y es consciente del daño».

Las víctimasEl cura apoya la espalda en la pared de la angostura.

Desde las habitaciones contiguas llega el murmullo del trabajo

de los capellanes en grupo. Sólo se escuchan voces de fondo

tras las últimas palabras de José Sesma. Entonces irrumpe como

un golpe seco el recuerdo de las mujeres que atacó López Maíllo,

de tantas víctimas humilladas, heridas por una ferocidad atroz,

condenadas a no olvidar jamás, sin ninguna redención... Y le

preguntamos: «La Conferencia Episcopal tiene una Pastoral

Penitenciaria para atender a los reclusos pero ¿cómo es posible

que no se hayan acordado de las víctimas?». El sacerdote asiente:

«Tiene usted toda la razón. En el caso del violador del

Ensanche fueron atendidos los abogados, que cobraron; los

jueces, también; los agentes que lo detuvieron, lo mismo; el

mismo violador fue asistido en el centro penitenciario y ahora

mismo lo está siendo por el Estado... pero las víctimas no han

sido compensadas, a ellas no las ha atendido la sociedad y

nosotros que estamos en esa sociedad tampoco. Por eso

–anuncia– estamos trabajando para poner a este asunto pendiente

un remedio satisfactorio desde esta misma Pastoral Penitenciaria».


«Los internos confían en ti–explica Sesma– hasta el punto de

que en una ocasión el abogado de una presa, que era funcionaria

de prisiones, me pidió a las puertas de la sala que la iba a juzgar

que la insistiera en que dijera al juez que había actuado por

amor, que estaba enamorada de aquel preso y que eso fue todo.

Ellos saben que el capellán sólo está ahí por motivos superiores,

que él no pierde ni gana. También se ha dado el caso de alguien

que me ha querido manipular y porque no me he dejado me han

retirado la palabra; pero yo seguía como si nada y al final acabó

cansándose».Y cuando salían de permiso penitenciario o acababan

sus condenas, como López Maíllo, este cura mercedario se

llevaba a los penados a su casa. «Un día –recuerda José Sesma–

un chileno que vivía con nosotros y que había sido expulsado y

había vuelto a entrar en el país ´´le estoy hablando del año

1973", hace el inciso– estando solos en la casa, de repente, se me

volvió con un cuchillo con el fin de matarme. En ese momento no sé

qué me dio Dios y le dije: ¿Por qué me quieres matar?.

"Porque tú eres cura y a mí me han entrenado para matar´´. Entonces le

contesté: Estoy en tus manos, pero debes saber que hagas lo

que hagas ésta es tu casa y yo soy tu amigo. Dejó el cuchillo

y salió. Mandé que no se tocara nada de su habitación porque yo

debía mantener mi ofrecimiento. Y un buen día apareció, entró sin

decir nada en su habitación y se encontró con que estaba tal y cómo él

la había dejado. Hoy Santi vive en Noruega con su mujer y es

uno de mis mejores amigos. En esto –termina diciendo– uno no puede

permitirse el lujo de fallar, aunque sólo sea por estima personal».

Dios está en la cárcel, en cada cárcel con sus hijos los presos. El quiere llevarles, por medio de estos servidores entre rejas, un poco de alivio y esperanza. Nos recuerda la impresionante escena del Papa Juan Pablo II charlando humildemente con el terrorista que atentó contra su vida. No lo pudo sacar de su celda, pero le llevó la libertad a su alma. Una oración por ellos.

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