Vivir de otro modo
Los astronautas de la misión Artemis II han llegado más lejos que nadie y han orbitado la cara oculta de la Luna con una visión inédita de la tierra desde la nave Orión a 406 mil km de la tierra y 6 mil de la Luna.
Frontal de altar románico
Los astronautas de la misión Artemis II han llegado más lejos que nadie y han orbitado la cara oculta de la Luna con una visión inédita de la tierra desde la nave Orión a 406 mil km de la tierra y 6 mil de la Luna.
Sí, están en la Luna
Como es sabido, al entrar en la zona sin comunicación desearon que el amor reine en la Tierra tan pequeñita a esas distancias pero tan importante porque es nuestro gran hogar, y dijeron: «Cristo dijo, al responder cuál era el mandamiento más grande, que era amar a Dios con todo lo que eres; y Él, siendo también un gran maestro, dijo que el segundo es semejante a este: amarás al prójimo como a ti mismo». Porque ante la grandeza del universo desde esa parcela que es la Tierra con su Luna, el corazón se expande intuyendo la inmensidad y los misterios que encierra. Y entonces, acordarse de Dios es lo natural.
La Luna está es nuestra amable vecina, y más allá están Marte, Júpiter, Saturno… y el Sistema solar a la vuelta de esquina; nuestra Galaxia un poco más allá, y otras galaxias, etcétera. Experimentamos el vértigo maravilloso por la inmensidad, pero sabiendo que no es infinito porque ha tenido un principio, el famoso Big-bang, y una causa real que es el Dios Omnipotente Personal.
Esta Pascua dice el papa León XIV: «Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: “El primer día de la semana” (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad».
Alabanza al Artista divino
En la Vigilia Pascual se leen varios textos de la Biblia comenzando por el Génesis que narra hechos reales con palabras sencillas: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas». El mundo conocido y el inmenso mundo todavía desconocido, el universo entero, es obra del Artista divino que actúa a lo grande como sólo él puede hacerlo y gobernarlo con providencia amorosa.
El salmo 104 reconoce y alaba al Creador cuando canta:
1 Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
2 la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
3 construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
4 los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
5 Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
6 la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
7 pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
8 mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado. (…)
19 Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
20 Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
21 los cachorros del león rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
22 Cuando brilla el sol, se retiran
y se tumban en sus guaridas;
23 el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
24 Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas. (…)
Y termina su alabanza: ¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Aleluya! Y así la liturgia de estos días de la Gran Pascua sigue ese eco: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
En verdad Jesucristo ha resucitado
La liturgia de la Vigilia Pascual nos pone en la órbita de Dios Creador del universo como obra del Dios tripersonal Padre, Hijo y Espíritu Santo. Renovamos nuestra fe encendida de nuevo como las velas que portamos, y recibimos nuevo impulso al ver la fe inicial de los neófitos que son bautizados en esa noche santa, varios miles en España, Francia, USA, etc. Y quedamos asombrados también de los misterios normales que se iluminan desde la nueva perspectiva de la Vida nueva inaugurada por Jesucristo Salvador del mundo.
Entre los fundadores de otras religiones y sus seguidores siempre hay un cadáver, mientras que entre Jesucristo y sus discípulos sólo hay un sepulcro vacío. Jesucristo ha resucitado y sube a los cielos, enviando junto con el Padre al Espíritu para hacernos hijos de Dios, herederos de la gloria. Es otro tipo de vida, ya aquí en la tierra. Y estamos llamados a resucitar con Cristo; por eso buscamos las cosas de arriba sin abandonar las de abajo. Creer en el Resucitado es comenzar a vivir como resucitados.
El sepulcro vacío es el signo y el primer paso para reconocer la Resurrección del Señor: la ausencia del cuerpo no era obra humana. Las numerosas apariciones de Jesús resucitado completarán los signos, probando que es el mismo Jesús -que conserva las cinco llagas y come con ellos-, ahora con un cuerpo glorioso
“Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén” dicen los Apóstoles ante multitudes en los días siguientes a la Resurrección dando testimonio de Aquel en quien han creído, y lo hacen trabajando durante años por la expansión de la Iglesia, cumpliendo la misión confiada por Jesús. También el filósofo Gabriel Marcel daba gracias por haber tratado a cristianos que tenían tan dentro a Cristo “que ya no me era lícito seguir dudando”. Ellos pertenecen a la estirpe de los santos.
Caminar a la luz de la fe
En este tiempo difícil consideremos las palabras del Papa en su mensaje Urbi et Orbi del Domingo de Resurrección: «Hermanos y hermanas, el Señor, con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).
»A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.
»Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo».
En esta Pascua recibimos también la fuerza del Resucitado para ser testigos de una cultura de vida que se opone a una cultura de muerte, favorable a la manipulación genética, a la contracepción o a la eutanasia, confundiendo las conciencias menos formadas. Los creyentes nos alegramos hoy con la Virgen María y creemos en la Resurrección de Cristo y en la Vida eterna. Por todo eso defendemos siempre con alegría la vida humana.
Jesús Ortiz López