El salón de los espejos asesinos
[Éxodo]

El salón de los espejos asesinos.
Nunca te has tomado en serio la existencia del Salón de los Espejos Asesinos. «Es sólo una leyenda urbana», repites con una sonrisa burlona cada vez que te hablan de ella.
Esta tarde has perdido la noción del tiempo en la Biblioteca Nacional, ese «templo de la razón» como te gusta llamarla. Has devorado varios relatos de escritores nihilistas y los de una intrigante escritora americana que te han recomendado. Sus atribulados personajes, en los que la luz pugna por asomar, te están haciendo sudar [1]. Demasiado contraste entre veneno y caricias, tu cabeza empieza a echar humo.
Sales a estirar las piernas por los pasillos de la primera planta, hasta que, sin darte cuenta, te encuentras en una gran sala octogonal. Giras la vista 360 grados: ocho espejos recubren las paredes. Buscas la puerta por la que has entrado, pero aquella sala… Te encoges de hombros, no hay puertas, tan solo las rayas de tu camisa multiplicadas hasta el infinito en un embriagador caleidoscopio de colores.
Te acercas al primer espejo. Tu imagen luce diferente en tonos morados. Te ves más bonita que de costumbre; te giras, te observas por delante, por detrás, te recreas en tu perfil… mmmm, te gustas. «Por aquí, salta hasta mí si quieres salir de esta sala», te apremia tu yo desde el otro lado. Coges carrerilla y te lanzas hacia el espejo. El golpe te deja en el suelo aturdida.
Te levantas y vas hacia el segundo espejo. Ahí estás tú otra vez, aunque la camisa te queda más ajustada que de costumbre. «Este espejo naranja me hace más… gorda; en realidad yo no soy así», te dices a ti misma. «Por aquí, salta hasta mí si quieres verte estilizada», te susurra tu voz espejada con una dulzura difícil de contradecir. No te lo piensas y vuelves a lanzarte con determinación. El golpe es acaso más violento que el anterior.
Avanzas a trompicones hasta el siguiente espejo; allí estás tú de nuevo, con un libro en las manos embebida en tu autor favorito. Tu yo te repite: «Todo lo que existe nace sin razón y muere por casualidad… Ven, ven». El golpe al saltar te sume en una pasajera confusión; tan solo pasajera, pues al poco estás frente al cuarto espejo.
«Ya no voy a intentar salir de esta sala atravesando un espejo», te prometes a ti misma, «estos golpes me están matando». Te asomas cautelosa al siguiente, pero la nueva visión disipa al instante tus recelos, generando en ti una justificada ilusión. Tu yo está retozando en una habitación amarilla, lujosamente decorada, como la que siempre soñaste. Y esta vez sí, saltas convencida de que tus esfuerzos tendrán un fausto final. En vano.
Comienzas a preocuparte al tocar tu rostro tras un nuevo envite frustrado. Ni siquiera tu propia imagen te advirtió de los hilos de sangre que caen por tus mejillas desdibujando el maquillaje. Tampoco el salto al espejo rosáceo resulta más venturoso, por mucho que sintieras un cosquilleo en el estómago al verte reflejada en él.
Los golpes han resquebrajado los cristales, que cada vez reflejan menos luminosidad. Apenas hay rastro de aquel caleidoscopio iridiscente que te subyugó al entrar, así que alzas la vista buscando un haz de luz en la penumbra. Y cuando crees encontrar un destello descolgándose desde el techo, tu voz, cada vez más enternecedora, te llama desde el séptimo espejo. No lo dudas, coges el ímpetu definitivo y te lanzas a atravesar ese velo de cristal verdoso que te devuelva a tu rutina de certezas que defiendes a machamartillo.
El golpe es terrible. A duras penas consigues alzar el rostro en dirección al último espejo, el único que no emana destellos de colores. Y cuando vislumbras tu imagen, la puerta que ansiabas, asoma, por fin, en medio de una luz blanca que se bifurca.
Tus manos temblorosas se arrastran por el suelo, tus codos ceden al peso de tu cuerpo, y antes de que tu cabeza se desplome, una voz retumba por entre las grietas de aquellos vidrios que ya no reflejan colores: «Hubiera sido una buena mujer de haber sabido que los espejos eran asesinos». Una sonrisa burlona, como la que remedabas cuando te hablaban de esa extraña leyenda urbana, acompaña el eco de aquel epitafio estentóreo.
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[1] Flannery O’Connor, Un hombre bueno es difícil de encontrar