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Etsuro Sotoo: la conversión del escultor japonés que encontró la fe esculpiendo la Sagrada Familia

Su conversión al cristianismo fue un proceso lento, silencioso y casi imperceptible mientras esculpía la Sagrada Familia

El escultor japonés Etsuro Sotoo se sintió cautivado por Gaudí y su mirada espiritual a la Creación

El escultor japonés Etsuro Sotoo se sintió cautivado por Gaudí y su mirada espiritual a la Creación

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Hay historias de fe que nacen en un templo, otras en una familia y otras en una experiencia límite de la vida, pero la de Etsuro Sotoo, el escultor japonés vinculado durante décadas a la Sagrada Familia de Barcelona, no encaja en ninguno de esos esquemas previsibles porque su conversión al cristianismo no ocurrió como un instante de revelación súbita ni como una ruptura dramática con su pasado, sino como un proceso lento, continuo y casi imperceptible desde fuera, que fue tomando forma al mismo ritmo que su trabajo en la piedra.

Sotoo no llegó a la Sagrada Familia como creyente, sino como artista formado en Japón que buscaba en Europa un lugar donde profundizar en su oficio, y sin embargo aquel templo todavía inacabado, rodeado de andamios y silencio, terminó convirtiéndose en algo muy distinto a lo que él había imaginado inicialmente, hasta el punto de transformar no solo su carrera profesional, sino también su manera de mirar el mundo.

 La obra que empezó a cambiar la forma de ver la realidad

Según ha explicado en diversas ocasiones, el contacto diario con la obra de Antoni Gaudí fue el punto de partida de una transformación interior que no se produjo a través de una enseñanza explícita ni de un discurso teórico, sino a través de una convivencia prolongada con un espacio que parecía hablar un lenguaje propio, donde la piedra, la luz, la naturaleza y el simbolismo cristiano formaban parte de una misma narración visual que el escultor debía aprender a descifrar mientras trabajaba.

En ese proceso, lo que al principio era únicamente un entorno de trabajo fue adquiriendo progresivamente una densidad distinta, casi como si la obra no solo estuviera siendo construida, sino también interpretada desde dentro, y esa interpretación constante fue abriendo en Sotoo una sensibilidad nueva que, sin imponerse de manera brusca, fue reconfigurando su mirada sobre lo real.

Un cambio sin ruptura: cuando la transformación no tiene fecha

Uno de los aspectos más singulares de su conversión es precisamente la ausencia de un momento identificable en el que todo cambia, porque no existe una escena concreta que pueda señalarse como el antes y el después, ni una experiencia puntual que explique el giro completo de su vida, sino una transición larga en la que lo espiritual fue emergiendo de forma gradual dentro de la propia experiencia cotidiana del trabajo.

Mientras esculpía figuras para la fachada del Nacimiento, mientras repetía durante años gestos técnicos aparentemente idénticos, mientras daba forma a escenas que formaban parte del universo simbólico de la Sagrada Familia, algo en su interior iba evolucionando en paralelo, como si el trabajo exterior y el movimiento interior estuvieran unidos por una misma lógica silenciosa que no necesitaba ser verbalizada para ser real.

Gaudí como puerta de entrada a un lenguaje distinto

En ese recorrido, la figura de Gaudí aparece no solo como arquitecto del templo, sino como alguien que propone una manera distinta de entender la realidad, en la que la naturaleza no es un elemento decorativo sino una estructura viva que expresa sentido, y en la que la arquitectura no es una imposición sobre el mundo, sino una prolongación de su propia lógica interna, profundamente vinculada a una dimensión espiritual que el escultor japonés fue descubriendo de manera progresiva.

Ese descubrimiento no se produjo como una adhesión intelectual inmediata, sino como una experiencia acumulativa, casi orgánica, en la que la contemplación diaria de la obra iba modificando lentamente la forma de percibirla, hasta el punto de que el propio acto de trabajar en ella comenzó a adquirir un significado que iba más allá de lo estrictamente artístico.

El momento en que el trabajo deja de ser solo trabajo

En algún punto de ese proceso, difícil de precisar con exactitud, la escultura dejó de ser únicamente una profesión y comenzó a convertirse en una forma de relación con algo más profundo, porque el contacto continuo con los símbolos cristianos, con la idea de trascendencia que impregna el templo y con la lógica interna de la obra, fue abriendo un espacio de preguntas que ya no podían responderse únicamente desde lo técnico o lo estético.

Y esas preguntas, lejos de aparecer como una ruptura, fueron creciendo dentro de la propia rutina del trabajo, hasta el punto de transformar la experiencia cotidiana en un proceso de descubrimiento interior que no separaba lo profesional de lo espiritual, sino que los iba entrelazando de manera progresiva.

Una fe que no irrumpe, sino que madura

Por eso la conversión de Etsuro Sotoo no puede explicarse como un acontecimiento aislado, sino como una maduración lenta en la que la fe no irrumpe de golpe, sino que se va haciendo lugar en la vida del escultor del mismo modo en que la piedra va revelando su forma bajo el trabajo constante de las manos, sin prisa, sin espectáculo y sin necesidad de anunciarse.

Y quizá ahí reside lo más profundo de su historia, porque no es el relato de alguien que entra en la Sagrada Familia y sale siendo otro, sino el de alguien que, al trabajar durante años dentro de una obra que habla de Dios, termina descubriendo que esa pregunta también estaba, de algún modo, trabajando dentro de él.

Al final, la historia deja una imagen difícil de olvidar, no por su dramatismo, sino por su silenciosa evidencia: mientras Etsuro Sotoo daba forma a la piedra de la Sagrada Familia, la Sagrada Familia también iba dando forma a él, y en ese intercambio sin ruido se produjo una de las conversiones más singulares del arte sacro contemporáneo.

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