Religión en Libertad
El Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, en la diócesis de Getafe.

El Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, en la diócesis de Getafe.

Creado:

Actualizado:

Junio siempre llega con algo difícil de explicar. Tal vez sea la luz más larga de las tardes, el comienzo del verano o esa nostalgia suave que aparece cuando el año empieza a acelerarse demasiado. Pero para mí, desde hace tiempo, junio tiene sobre todo un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús. Y cuanto más pasan los años, más entiendo que esta devoción no habla simplemente de religión, sino de algo mucho más profundo y más humano: de la necesidad inmensa que tenemos de sentirnos sostenidos cuando por dentro todo parece tambalearse.

Porque hay momentos en los que una se siente solo de una manera que cuesta explicar. No una soledad exterior necesariamente. A veces incluso ocurre rodeada de gente, de trabajo, de conversaciones, de ruido. Pero por dentro aparece una especie de cansancio silencioso, una sensación rara de no terminar de encajar del todo, de llevar heridas que no sabes bien cómo contar o simplemente de sentirse agotada de sostener tantas cosas al mismo tiempo.

Y entonces junio aparece casi como un refugio.

Cuando miro una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, no veo una estampa antigua ni una devoción lejana. Veo algo profundamente actual: un corazón abierto. Un lugar donde uno puede dejar de fingir por un momento. Porque quizá lo más agotador de esta vida es precisamente eso, sentir que siempre tenemos que demostrar algo. Que debemos estar bien, ser fuertes, responder rápido, mantener la sonrisa, sostener el ritmo, no rompernos demasiado delante de nadie.

Y llega un momento en que el alma simplemente se cansa.

Por eso me conmueve tanto pensar que el cristianismo coloca en el centro no una idea, sino un corazón. El corazón de Cristo. Un corazón que conoce perfectamente lo que significa el abandono, el sufrimiento, la tristeza, la traición y hasta el silencio de Dios. Y aun así sigue abierto.

A veces pienso que olvidamos demasiado rápido que nunca estamos fuera de ese corazón.

Incluso cuando dejamos de rezar bien.

Incluso cuando dudamos.

Incluso cuando nos decepcionamos de nosotros mismos.

Incluso cuando sentimos que no estamos a la altura de nada.

Hay días en los que esa certeza no es una idea bonita, sino una especie de tabla de salvación interior. Sobre todo cuando llegas al final del día con el alma algo desordenada, con preocupaciones que no sabe cómo encajar, con silencios que pesan más de lo que deberían. Y entonces aparece, casi sin ruido, esta verdad sencilla: sigo estando dentro del corazón de Cristo incluso cuando yo mismo no soy capaz de sentirlo.

Eso cambia la manera de estar en la vida.

Porque el mundo suele funcionar desde otra lógica. Si produces, vales. Si destacas, existes. Si rindes, importas. Y cuando uno falla o simplemente no llega, aparece el miedo a dejar de ser relevante, a desaparecer poco a poco de la mirada de los demás.

Pero delante del Sagrado Corazón de Jesús todo eso se desarma. Ahí descubres que no tiene que ganarse el amor de Dios. Que no necesita sostener una versión perfecta de sí mismo. Que puedes llegar cansada, confusa o incluso vacía… y seguir siendo plenamente acogida.

Quizá por eso esta devoción no envejece. Porque toca una necesidad que no cambia con las épocas: la necesidad de ser amado sin condiciones.

Yo creo que todos, aunque no lo digamos, buscamos alguna vez un lugar así. Un lugar donde no haya que defenderse. Donde el alma pueda aflojar. Donde el corazón deje de estar en guardia.

Y junio, con su manera discreta de llegar cada año, vuelve a recordarlo.

Que existe un corazón donde seguimos teniendo sitio.

Aunque estemos cansados.

Aunque estemos perdidos.

Aunque no sepamos cómo volver a empezar.

A veces imagino a Cristo con ese gesto silencioso de quien no reprocha, sino que espera. Como quien simplemente abre el corazón y permanece ahí, sin condiciones, sin prisas, sin exigencias.

Y quizá la fe, en su forma más pura, no sea otra cosa que eso: dejar de huir y volver.

Volver aunque sea despacio.

Volver aunque no tengamos fuerzas.

Volver aunque no sepamos explicar nada.

Porque incluso en los días donde más pesa la soledad, sigue existiendo un lugar donde nunca dejamos de ser esperados.

El Corazón de Jesús

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking