El amor vence: lo que Juan Manuel Cotelo ha vuelto a recordar al cine
La película plantea, sin necesidad de grandes discursos, una idea profundamente contracultural: que el amor real no es un sentimiento decorativo

Juan Manuel Cotelo es el impulsor y director de 'Leonas'.
Tuve la inmensa suerte de asistir, el martes pasado, al preestreno de Leonas y salí con una sensación extraña, casi olvidada: la de haber visto una película que no intenta impresionar al espectador, sino tocar algo mucho más profundo y mucho más difícil de alcanzar hoy… el corazón.
Y no, no hablo de sentimentalismo barato. Hablo de esa emoción seria, limpia, casi incómoda a veces, que aparece cuando una historia logra atravesar todas las capas de ironía, cansancio y cinismo con las que vivimos blindados.
Eso es precisamente lo que Juan Manuel Cotelo ha vuelto a hacer.
Y, sinceramente, lo echaba de menos.
Porque hubo un momento en el que el cine espiritual —o simplemente el cine que hablaba del alma humana sin complejos— parecía haber perdido la capacidad de emocionar de verdad. Mucho mensaje, mucha intención, incluso mucha estética… pero pocas obras capaces de dejar huella real.
Cotelo ya había logrado algo extraordinario con La última cima. No solo dirigió un documental; consiguió abrir una grieta inesperada en el espectador contemporáneo. Hizo algo dificilísimo: hablar de fe sin convertirla en discurso prefabricado. Hablar de sacerdocio, de entrega y de santidad sin perder humanidad. Y eso marcó a muchísimas personas.
Con Leonas, vuelve a suceder algo parecido, pero desde otro lugar.
Aquí no hay héroes perfectos ni personajes diseñados para parecer ejemplares. Lo que hay son mujeres concretas enfrentándose a una realidad brutal: niños solos, vidas descartadas, estructuras frías, burocracias que aplastan lentamente, ciudades donde la soledad se vuelve casi paisaje urbano.
Y frente a todo eso, aparece una fuerza aparentemente frágil, pero devastadora: el amor cuando decide no retirarse.
Ese es el verdadero centro de Leonas.
No la denuncia social —aunque exista—. No la épica militante. Ni siquiera el drama humano en sí mismo. El centro es algo mucho más radical: la obstinación del amor.
La película plantea, sin necesidad de grandes discursos, una idea profundamente contracultural: que el amor real no es un sentimiento decorativo, sino una fuerza concreta capaz de enfrentarse a estructuras enteras de indiferencia.
Y eso hoy resulta casi revolucionario.
Porque vivimos en una época que habla constantemente de emociones, pero muchísimo menos de entrega. Una época fascinada por el impacto, pero agotada para la permanencia. Y Leonas recuerda algo esencial: que cambiar la vida de alguien casi siempre empieza cuando una persona decide quedarse.
Quedarse cuando sería más cómodo mirar hacia otro lado. Quedarse cuando no hay garantías de éxito. Quedarse cuando nadie aplaude.
Hay escenas de la película que tienen algo de teatro clásico, en el mejor sentido: humanidad expuesta sin maquillaje. Miradas, silencios, agotamiento, ternura, miedo… todo sostenido desde una verdad muy difícil de fingir.
Y entonces ocurre algo extraño: el espectador empieza a notar que la película no solo cuenta una historia, sino que le va agrandando el corazón.
Sí, literalmente.
Porque Leonas no trabaja desde el golpe emocional fácil. Trabaja desde la acumulación lenta de humanidad. Desde pequeños gestos que terminan construyendo algo enorme sin necesidad de proclamarlo constantemente.
Quizá por eso emociona tanto.
En el fondo, la película plantea una pregunta que incomoda bastante más de lo que parece: ¿y si el amor tuviera realmente más poder del que estamos dispuestos a admitir?
No como concepto abstracto. No como frase bonita. Sino como fuerza capaz de sostener vidas, reorganizar destinos y resistir incluso cuando todo invita al cansancio.
Ahí está la grandeza silenciosa de la película.
Y ahí también está la mano de Cotelo, que vuelve a demostrar algo que el cine contemporáneo a veces parece haber olvidado: que se puede hablar de esperanza sin ingenuidad, de fe sin artificio y de amor sin caer en sentimentalismos vacíos.
Salí del cine pensando justamente eso: qué necesario era volver a encontrarse con una película que no tiene miedo de creer que el amor vence.
Y qué falta hacía que alguien se atreviera a recordarlo así.