Religión en Libertad

Cuando el "yo" toma el micrófono… y Dios pasa a segundo plano

La cuestión no es si hablamos mucho o poco, sino si, al hablar, dejamos espacio a Dios.

El

El "yo" corre el peligro de olvidarse de DiosFoto de israel palacio en

Creado:

Actualizado:

Hay tentaciones evidentes en la vida cristiana. Y luego están las peligrosas: las que parecen virtud. Entre estas últimas hay una especialmente sutil, casi elegante, que se cuela sin hacer ruido: convertir el testimonio cristiano en un escenario donde, sin querer, el protagonista termina siendo uno mismo.

Todo empieza bien. Muy bien, de hecho. Uno quiere compartir lo que Dios ha hecho en su vida, contar una historia de fe, dar razón de una esperanza. Pero en algún punto —imperceptible, casi inevitable si no se vigila— el foco se desplaza. Y entonces ya no está tan claro si hablamos de Dios… o de nosotros hablando de Dios.

El cristianismo no es, en esencia, el relato de una mejora personal ni la crónica de una evolución interior. Es la irrupción de Dios en la vida del hombre. Es Él quien actúa, quien sostiene, quien transforma. Pero cuando el lenguaje del testimonio se llena de “yo”, “mi proceso”, “mi cambio”, “mi experiencia”, el riesgo no es tanto decir algo falso como decir algo incompleto… y, por tanto, desviado.

Porque hay una forma de contar la propia vida que, sin pretenderlo, la convierte en el centro de gravedad. Dios aparece, sí, pero como telón de fondo. Como marco. Como contexto necesario para que el relato tenga sentido. Y, sin embargo, el cristianismo no es eso. No es Dios orbitando alrededor de nuestra historia, sino nuestra historia orbitando —o intentando hacerlo— alrededor de Dios.

La tradición de la Iglesia, que suele ser más sabia que nuestras modas, siempre ha tenido un cierto pudor en esto. Los santos hablan de sí mismos, pero de una manera extraña: cuanto más cuentan, menos ocupan. Cuanto más se exponen, más transparentan. Uno termina de leerlos y no se queda con ellos, sino con Dios. Hay en ellos una discreción que no es timidez, sino verdad.

Hoy, en cambio, nos movemos en una cultura que empuja justo en dirección contraria. Todo invita a mostrarse, a narrarse, a construir una identidad visible y compartible. Y esa lógica —inevitablemente— también se cuela en la vida de la fe. El testimonio se convierte en contenido, la experiencia en mensaje, y el “yo” empieza a ganar un protagonismo que, aunque no se busque explícitamente, acaba ocupando demasiado espacio.

No se trata de dejar de hablar. Ni de esconder lo que Dios hace. Se trata de algo más fino: de discernir desde dónde hablamos. De preguntarnos si lo que decimos abre camino hacia Dios o se detiene en nosotros. Si ayuda a mirar más allá o, sutilmente, invita a quedarse en nuestra historia.

Porque hay testimonios que iluminan… y otros que, sin querer, deslumbran. Y no es lo mismo.

El Evangelio, como siempre, va a lo esencial con una frase que no admite demasiados matices: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). No es una invitación a desaparecer, sino a ocupar el lugar justo. A no competir —ni siquiera inconscientemente— con Aquel de quien hablamos.

Tal vez por eso el verdadero testimonio cristiano tiene algo de transparencia. No se impone, no se exhibe, no se explica en exceso. Es más bien como un cristal limpio: deja pasar la luz sin retenerla. Y eso, en un mundo que vive de acumular miradas, es casi revolucionario.

Quizá convendría recuperar algo que hoy suena extraño: el valor de lo no dicho. De lo que no se publica, de lo que no se comparte, de lo que no necesita convertirse en relato para ser real. Porque hay experiencias con Dios que crecen mejor en silencio, y frutos que se estropean cuando se exponen demasiado pronto.

Al final, la cuestión no es si hablamos mucho o poco, sino si, al hablar, dejamos espacio a Dios.

Porque el mayor peligro no es equivocarse en las palabras, sino acertar en el tono… y fallar en el centro.

Y cuando el centro se desplaza, aunque todo suene bien, aunque todo parezca edificante, algo se ha torcido: el cristianismo deja de ser anuncio y empieza a convertirse, lentamente, en autobiografía. Y entonces ya no es lo mismo.

xml.err
tracking