Religión en Libertad

Pablo Delgado de la Serna: el hombre que aprendió a vivir donde otros se rinden

Su cuerpo es memoria. Memoria de casi cuarenta operaciones, de una enfermedad que comenzó en la infancia, de hospitales, de diálisis, de trasplantes, de una pierna que ya no está

Pablo y Sara en el hospital, tras el trasplante

Pablo y Sara en el hospital, tras el trasplante@untrasplantado

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Hay vidas que no se cuentan: se veneran en silencio. Hay historias que no se explican porque pertenecen a otro lenguaje, uno hecho de carne herida y luz persistente. La de Pablo Delgado de la Serna es una de ellas.

Su cuerpo es memoria. Memoria de casi cuarenta operaciones, de una enfermedad que comenzó en la infancia, de hospitales, de diálisis, de trasplantes, de una pierna que ya no está y de otra que resiste sin promesas. Su biografía podría escribirse como una geografía del dolor. Y, sin embargo, nada en él remite a la derrota.

En Pablo no habita el sufrimiento como última palabra. Habita la alegría.

No una alegría ingenua, ni ligera, ni fácil. Sino una alegría que ha sido cribada por el dolor, purificada en la espera, sostenida cuando todo invitaba a quebrarse. Una alegría que no grita, pero permanece. Como una llama que no se apaga aunque el viento arrecie.

Conocí a Pablo en ese territorio extraño y fugaz que fue el antiguo Twitter. Y, como ocurre pocas veces, lo virtual se hizo real. Entonces Amelia aún no había llegado, y aquel equipo SAP —Sara y Pablo— aún no estaba completo. Faltaba esa pieza que hoy da sentido pleno a ese pequeño milagro cotidiano que forman Sara, Amelia y Pablo. Recuerdo haber rezado —muchas veces— encomendándolo a la Morenita del Tepeyac, pidiendo por esa vida que estaba por venir. Y el tiempo, que a veces parece lento, fue tejiendo su respuesta.

El equipo SAP, Sara, Amelia y Pablo

El equipo SAP, Sara, Amelia y Pablo@untrasplantado

Porque hay personas que no irrumpen: se quedan. Sin imponerse. Sin hacerse notar. Como los faros. Pablo es uno de ellos. No deslumbra, pero orienta. No hace ruido, pero cambia direcciones.

Su vida no se apoya en grandes discursos, sino en una fidelidad radical a lo cotidiano. Amar a Sara. Estar con Amelia. Habitar cada día sin exigirle más de lo que puede dar. En un mundo obsesionado con el futuro, él ha sido devuelto —casi forzado— al presente. Y ahí ha encontrado una verdad que muchos buscan sin saberlo: que la vida solo ocurre ahora.

La enfermedad le arrebató planes, horizontes, proyecciones. Pero, al hacerlo, le despojó también de lo superfluo. Y en ese despojo apareció lo esencial. No como idea, sino como experiencia.

Hay algo profundamente evangélico en su manera de vivir. Una confianza que no se proclama, pero se respira. Una fe que no necesita justificarse porque sostiene. No es una fe de respuestas, sino de presencia. No elimina la cruz, pero la transforma.

Porque Pablo no ha sido ajeno a la noche. Ha preguntado, ha dudado, ha sentido el peso de lo incomprensible. Pero en algún punto del camino —no de golpe, sino lentamente— descubrió que no todo necesita ser entendido para ser vivido con sentido. Y entonces dejó de resistirse.

Y empezó a abrazar.

Y la cruz, sin dejar de ser cruz, empezó a pesar de otra manera.

Esa fe suya no es abstracta. Tiene carne. Tiene gestos. Tiene momentos en los que se vuelve visible de una forma casi tangible. Como este pasado día de Pascua en el que entró a quirófano. Podía haber sido un día más de miedo, de incertidumbre por si este trasplante no iba bien, de silencio. Pero él eligió otra cosa: bendecir. Desear feliz Pascua. Pedir que las manos que iban a operarle fueran guiadas.

Y después, el sueño. Y al despertar, la vida. Al despertar estaban Sara, su mujer, y Sofía, su prima, como testigos silenciosos de algo que no se puede explicar del todo sin perderle el respeto. Y junto a ellos, ese signo humilde y decisivo: el riñón funcionando. Como si, en medio de todo, la vida dijera en voz baja lo único que importa: que vuelve, que insiste, que no se rinde.

Sara y Pablo, radiantes de felicidad antes de ingresar para este último trasplante.

Sara y Pablo, radiantes de felicidad antes de ingresar para este último trasplante.@untrasplantado

Desde hace unas semanas, todo ha ido floreciendo con una delicadeza que conmueve. El cuerpo respondiendo como si recordara su propio camino. La fuerza regresando sin ruido. La diálisis desapareciendo de su vida como algo que, sin dejar de haber sido real, empieza a quedar atrás. El dolor sigue ahí, sí, pero ya no ocupa todo el espacio, ya no lo define todo, ya no es el centro del mundo.

Y ese riñón nuevo, recibido como se reciben los milagros verdaderos —con temblor, con gratitud, con asombro— ha sido bautizado con un nombre sencillo y profundamente revelador: “Resu”. Porque hay realidades que solo pueden nombrarse desde la fe, como si el lenguaje humano se quedara corto ante lo que desborda.

Pero en Pablo la alegría nunca es olvido.

Hay en él una memoria que no descansa, un hilo invisible que lo mantiene unido a lo que no se ve. Sabe —lo sabe en lo más hondo— que su vida está entrelazada con el dolor de otros. Que mientras él celebra, alguien ha tenido que despedirse. Que mientras él vuelve a empezar, otra familia ha tenido que soltar.

Y en ese punto, su historia adquiere una densidad aún mayor.

Porque no separa la luz de la sombra. No simplifica lo complejo. No reduce lo sagrado a lo cómodo. Es capaz de sostener al mismo tiempo la gratitud más honda y el respeto más absoluto por el dolor ajeno. Y en los donantes reconoce algo que no se puede nombrar sin reverencia: un don inmerecido, casi sagrado, una forma de amor que supera cualquier explicación.

Así, su vida se convierte en un lugar extraño y hermoso donde todo tiene peso. Donde nada se banaliza. Donde la alegría no niega la herida, pero la atraviesa y la transfigura.

A su lado, siempre Sara. Y uno termina sin saber dónde empieza uno y termina el otro, porque hay amores que no se explican, solo se sostienen. Permanecer cuando todo tiembla. Sostener cuando el otro no puede. Reconstruir una y otra vez sin estridencias, con una fidelidad discreta que tiene algo de roca y algo de mar. Y quizá por eso uno se pregunta, casi en silencio, quién sostiene a quién, porque ambos parecen sostenerlo todo sin esfuerzo aparente.

Y Amelia, que no es solo parte de la historia, sino una revelación dentro de ella. Porque con su mirada limpia devuelve a todos a lo esencial, a lo que no necesita adornos, a lo que simplemente es verdad sin explicación.

Sara, Amelia y Pablo: equipo SAP

Sara, Amelia y Pablo: equipo SAP@untrasplantado

La vida de Pablo no es una historia bonita. Es algo más serio. Más hondo. Más verdadero. Es una vida que interpela.

Porque obliga a mirar de frente lo que solemos evitar. A preguntarnos en qué estamos gastando la vida. A descubrir cuánto de lo que nos preocupa es, en realidad, prescindible.

Él, que ha tocado la fragilidad humana en su forma más cruda, vive con una plenitud que desarma. No porque le falte dolor, sino porque le sobra sentido.

Y uno se queda ahí.

En ese modo suyo de habitar la vida.

En ese equipo SAP que convierte lo cotidiano en milagro compartido.

En ese riñón llamado “Resu” que late como una promesa.

En esa forma de estar en el mundo sin necesidad de explicarlo.

Porque, al final, Pablo no enseña con palabras.

Enseña existiendo.

Y en su vida —frágil, herida, luminosa— se va abriendo paso una certeza silenciosa, casi imposible de negar:

que todo es don,

que todo puede ser gracia,

y que incluso en la noche más cerrada, la vida, si se acoge, encuentra siempre la manera de volver.

Y entonces, sin saber cómo, sin buscarlo, casi como un suspiro que se convierte en oración, queda solo esto:

Gracias a Dios.

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