Los Goya: la gala donde la conciencia selectiva se aplaude de pie
Al final, lo que queda es una sensación difícil de esquivar: no estamos ante una cultura valiente, sino ante una cultura cómoda
Foto de los premiados, Goya 2026
Hay algo casi litúrgico —y no precisamente en el buen sentido— en las galas de los Premios Goya: una ceremonia perfectamente coreografiada y aburrida, donde no se premia solo el cine, sino la adhesión. No a la verdad, ni siquiera a la complejidad, sino a un relato previamente consensuado que permite a todos sentirse, durante unas horas, en el lado luminoso de la historia.
Y, sin embargo, lo verdaderamente revelador no es lo que se dice, sino lo que se decide no decir.
Porque este año hubo emoción, mucha, en torno a Palestina. Y no es ilegítima. Pero la pregunta incómoda —la que nunca llega a formularse— es por qué esa sensibilidad tan afinada se vuelve súbitamente torpe cuando mira hacia Afganistán, donde el nuevo código penal de los talibanes no solo oprime a las mujeres, sino que institucionaliza su borrado. O hacia Irán, donde la vida puede valer menos que un gesto de disidencia. Ahí el silencio no es prudencia: es selección. Y seleccionar el dolor ajeno también es una forma de poder.
Pero la escena más ridículamente honesta —porque hay momentos en los que la verdad se escapa sin querer— llegó antes incluso de que comenzara la gala.
Silvia Abril, con esa naturalidad que solo da saberse en terreno seguro, explicó que le “daba pena” una juventud tan vacía que necesita agarrarse a la fe. Y lo dijo sin ironía. Sin duda. Como quien describe una evidencia.
Y ahí, en esa frase, se condensó todo.
Porque hace falta una fe considerable —aunque no se reconozca como tal— para sostener que el problema del vacío contemporáneo es precisamente quien busca sentido más allá de sí mismo. Hace falta una convicción casi religiosa para afirmar que el consuelo está en la superficie, en la validación constante, en la pertenencia a una sensibilidad dominante… y que el error, el síntoma de carencia, es arrodillarse, callar, preguntarse.
Claro que resulta comprensible. La fe —la de verdad, no la caricatura— incomoda. No porque imponga, sino porque desinstala. Porque no permite vivir del todo tranquilo en la propia superficialidad. Porque introduce una grieta en ese relato autosuficiente donde todo parece estar ya explicado.
Por eso es tan funcional convertirla en objeto de lástima.
Es un gesto elegante, incluso. No hay que argumentar, no hay que confrontar, no hay que escuchar. Basta con sonreír ligeramente y diagnosticar: “vacío”. Y asunto resuelto.
Mientras tanto, lo verdaderamente incómodo —lo que exigiría una mirada menos selectiva, menos complaciente— queda fuera de plano. Como el accidente de Adamuz, tan cercano que casi molesta. Tan real que no admite consigna. Tan humano que no se deja convertir en eslogan.
Pero claro, eso no genera aplausos sincronizados.
Al final, lo que queda es una sensación difícil de esquivar: no estamos ante una cultura valiente, sino ante una cultura cómoda. Una que ha aprendido a indignarse sin riesgo, a señalar sin coste, a burlarse de aquello que sabe que no va a defenderse en ese escenario.
Y en ese contexto, la frase sobre la fe adquiere un matiz inesperado. Ya no suena a crítica, sino a síntoma.
Porque quizá lo verdaderamente vacío no sea quien busca sentido en silencio, sino quien necesita reírse de ello para no tener que enfrentarse a sus propias preguntas.
Pero, en fin, tampoco conviene ponerse dramáticos.
Siempre queda la opción —mucho más sólida, mucho más moderna— de no necesitar nada, de no creer en nada, de no preguntarse demasiado… y de repetir, con impecable precisión, aquello que ya sabemos que será aplaudido.
O, si todo eso falla, siempre nos quedará aspirar a algo más estable, más coherente, más profundamente conectado con la realidad.
Ser un pastor belga.
Al menos él no confunde la conciencia con la consigna, ni la profundidad con el ruido, ni la verdad con lo que simplemente queda bien decir en voz alta.