No podemos olvidar: la memoria del terrorismo no es política, es justicia
ETA fue terrorismo, no un conflicto romántico ni una disputa política abstracta. Fue violencia planificada
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Tal vez hoy me desvíe de mis temas habituales. No es una fecha importante ni un aniversario redondo. No hay motivo externo que lo explique. Pero cuando cumples años curiosamente, la memoria se vuelve inesperadamente nítida. Y hoy ha sido uno de esos días.
Hoy he recordado.
He recordado cuando mirábamos debajo del coche por miedo a una bomba de ETA. No como un gesto exagerado, sino como rutina aprendida. Como algo que se hace igual que se abrocha el cinturón. Así era crecer, siendo tu padre militar, en medio del terrorismo de ETA en España: la amenaza integrada en lo cotidiano.
He recordado a los compañeros de mi padre asesinados por ETA. Hombres con nombre y apellidos. Con hijos. Con historias. He recordado el silencio espeso en casa cuando llegaban las noticias. Las conversaciones en voz baja. El peso invisible del miedo.
He recordado cuando escuché que mi padre estaba en las listas de ETA. Las listas no eran teoría política. Eran papeles con nombres reales. Eran la posibilidad concreta de que un día no volviera. Yo no entendía de ideologías. Pero entendía que el peligro tenía dirección y firma.
He recordado a aquel soldado que me enseñó cómo esconderme en el coche si empezaban a disparar. Cómo agacharme. Cómo no levantar la cabeza. Mientras otros niños aprendían juegos, yo aprendía protocolos de supervivencia. Así se vive cuando el terrorismo no es un concepto, sino una amenaza diaria.
Por eso no podemos olvidar lo que hizo ETA.
No por revancha. No por alimentar odio. Sino por justicia.
Porque ETA fue terrorismo, no un conflicto romántico ni una disputa política abstracta. Fue violencia planificada. Fue disparos en la nuca. Fue coches bomba. Fue chantaje. Fue exilio interior y exterior. Fue escoltas. Fue miedo.
Y fue muerte.
Cuando se diluye el lenguaje, se diluye la verdad. Cuando se habla de “contextos” sin nombrar el terror, algo se traiciona. No podemos blanquear la historia del terrorismo de ETA para que encaje mejor en relatos cómodos.
No podemos olvidar a las víctimas de ETA. No podemos convertirlas en notas al pie. No podemos permitir que su memoria dependa de la conveniencia política del momento. Recordar no es reabrir heridas: es impedir que se cierren en falso.
El perdón —cuando llega— es un acto inmenso de libertad. Pero el perdón no exige olvido. La fe no pide amnesia. Pide verdad. Y la memoria de las víctimas del terrorismo en España es una forma de verdad.
Yo no escribo desde la teoría. Escribo desde una infancia marcada por mirar debajo del coche. Desde la experiencia de saber que tu padre podía estar en una lista. Desde la conciencia de que la violencia tenía siglas y objetivos.
Y, sin embargo, no escribo desde el rencor.
Escribo desde la convicción de que la memoria es una forma de justicia. De que recordar es decir: vuestra vida importó. Vuestra muerte no fue un daño colateral. No fue un matiz histórico. Fue una injusticia radical.
Hoy, esos recuerdos han vuelto con fuerza. Y he entendido que los años no borran la historia. A veces la hacen más clara.
No podemos olvidar.
No podemos olvidar a los muertos.
No podemos olvidar el miedo cotidiano.
No podemos olvidar las listas.
No podemos olvidar que hubo familias que vivieron bajo amenaza constante.
Porque una sociedad que olvida el terror que sufrió se vuelve frágil ante el que pueda venir.
La paz auténtica no se construye sobre el silencio. Se construye sobre la verdad.
Y yo, hoy y siempre, elijo recordar.