Religión en Libertad

No soy romántica, pero el amor de pareja sigue siendo lo más serio que existe

No creo en cenas con velas ni en el “contigo pan y cebolla”, pero sí en un amor real que no elimina los problemas y, aun así, sostiene la vida

La Conferencia Episcopal Española vuelve a celebrar, por cuarto año consecutivo, la Semana del Matrimonio en torno a San Valentín, del 14 al 21 de febrero.

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Antes de que llegue San Valentín, quiero confesar: "No soy una persona romántica". Nunca lo he sido y, a estas alturas, ya no pienso hacer esfuerzos por aparentarlo. Las cenas con velas me parecen una trampa logística, los globos con forma de corazón despiertan en mí una mezcla de miedo y sospecha, y el famoso “contigo pan y cebolla” siempre me ha parecido precioso… dicho por alguien que no ha tenido que cuadrar un presupuesto real a final de mes. Y, sin embargo —paradojas de la vida— creo profundamente en el amor. En su belleza. En su fuerza. Y en su misteriosa capacidad para ordenarnos por dentro sin pedir permiso.

Porque el amor de pareja no es una postal de Instagram. Es más bien un taller mecánico: ruidos extraños, piezas que no encajan, manuales que nadie lee y momentos muy concretos en los que uno se pregunta en qué instante pensó que esto sería sencillo. El cristianismo, por cierto, nunca prometió que el amor fuera fácil. Prometió que fuera verdadero. Y eso cambia bastante el planteamiento.

La fe cristiana no idealiza el amor romántico: lo encarna. Dios no se hizo idea, se hizo carne. Y la carne se cansa, se equivoca, tiene manías y necesita descanso. Amar, entonces, no es vivir permanentemente emocionado, sino aprender a convivir con la imperfección del otro sin intentar arreglarla a todas horas. Es descubrir que el amor no elimina los problemas, pero los vuelve transitables. Compartidos. Y eso, aunque no suene épico ni se pueda colgar en stories, es profundamente liberador.

El amor cristiano tiene poco de fuegos artificiales y mucho de constancia. Vive más de la fidelidad que de la intensidad, más de la paciencia que del arrebato. No se sostiene en grandes gestos, sino en pequeñas decisiones diarias: quedarse cuando sería más cómodo marcharse, hablar cuando el silencio parece más seguro, perdonar sin necesidad de ganar la discusión. Amar cuando el otro no está especialmente brillante, ni inspirado, ni fácil de querer.

Y aquí aparece una verdad incómoda que conviene decir en voz alta: el amor no te completa. Te descoloca. Te enfrenta a tu propio egoísmo, a tus límites cuidadosamente maquillados, a esa versión de ti que preferías no conocer. Amar es descubrir que uno no es tan generoso, ni tan paciente, ni tan maduro como pensaba… y aun así elegir permanecer. Porque amar de verdad no es encontrar a alguien perfecto, sino aprender a querer a alguien real.

Desde la fe, esto tiene una hondura enorme. El matrimonio cristiano no es un premio para quienes se aman mucho, sino un sacramento para quienes han entendido que no les basta con quererse. No se apoya solo en el sentimiento, sino en la decisión. No en el “me haces feliz”, sino en el “elijo amarte incluso cuando no todo funciona”. No es poco romántico: es radicalmente honesto.

Quizá por eso el amor verdadero no siempre deslumbra, pero casi siempre transforma. Te saca del centro, te enseña a ceder sin desaparecer, a cuidar sin poseer, a amar sin controlar. Con el tiempo, uno aprende que amar bien no es cuestión de química, sino de virtud. Y la virtud —como sabemos— se adquiere con ensayo, error, sentido del humor y mucha misericordia.

No, no soy romántica. No me conmueven las promesas grandilocuentes ni las declaraciones públicas. Pero creo en ese amor que se construye despacio, que sobrevive a los días grises, que aprende a reírse de sí mismo y que, sin hacer ruido, te hace mejor persona. Ese amor que no se exhibe, pero sostiene. Que no se proclama, pero permanece.

Tal vez el amor no sea la locura que nos vendieron, sino algo mucho más serio —y mucho más bello—: una escuela cotidiana donde aprender a amar con paciencia, con verdad y con una ironía sana que nos recuerde que no somos perfectos… pero sí profundamente llamados a amar.

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