¿Por qué Dios permite el mal y el sufrimiento? Una respuesta desde la fe cristiana
Un tren descarrila, la vida se rompe y surge la pregunta: ¿Dónde estaba Dios? La fe cristiana no explica el dolor, pero promete no abandonarnos

El párroco de Adamuz, Rafael Prados, a la izquierda de la foto, junto con un trabajador del ayuntamiento.
Hay tragedias que no piden permiso para entrar. Un tren descarrila y, en cuestión de segundos, la vida se parte en dos: el antes y el después. Personas que iban leyendo, pensando en llegar, soñando con lo que vendría, quedan atrapadas en un instante que nadie eligió. Las sirenas, los cuerpos heridos, los nombres pronunciados con temblor… y luego el silencio. En ese silencio, casi siempre, alguien se atreve a decir en voz baja lo que muchos sienten por dentro: ¿Dónde estaba Dios cuando ocurrió esto? No es una acusación pensada; es un lamento que nace del alma.
Cuando ocurre algo así, Dios deja de ser una idea tranquilizadora. Se vuelve un misterio doloroso. La fe cristiana ya no sirve para explicarlo todo, sino para no romperse del todo. Y eso es importante decirlo: la fe cristiana no exige serenidad inmediata ni palabras correctas. Permite el llanto, la rabia, incluso el reproche. Porque Dios no es frágil frente a nuestro sufrimiento; somos nosotros los frágiles, y Él lo sabe.
Dios no estaba ausente cuando el tren descarriló. Tampoco estaba moviendo los hilos. Estaba allí de una manera que no evita la tragedia, pero que se niega a abandonarla. El Dios cristiano no promete un mundo sin accidentes, promete no soltar la mano cuando el mundo se rompe. No es un Dios que controla cada tornillo, sino un Padre que acompaña cada caída. El amor, cuando es verdadero, siempre implica riesgo. Y Dios ha amado al mundo hasta ese extremo.
La cruz es la clave más honda para entenderlo. No como teoría, sino como experiencia. Cristo no muere de viejo ni en paz, muere violentamente, injustamente, en medio del caos. Muere como mueren muchos: sin explicación, sin consuelo inmediato, sin sentido aparente. Y ahí está la revelación: Dios conoce ese lugar. Lo ha habitado. No observa desde lejos el dolor de quienes pierden a alguien en un accidente de tren; lo comparte desde dentro. Cuando alguien grita “¿por qué?”, ese grito ya ha sido pronunciado por Dios mismo.
Pero la fe no termina en la cruz. Si así fuera, sería insoportable. El cristianismo se atreve a decir algo que parece imposible cuando el corazón está roto: la tragedia no es el final. Las vidas que se apagaron no se disuelven en la nada. No quedaron atrapadas para siempre en el instante del impacto. La resurrección proclama que Dios recoge lo que el mundo rompe. Que el amor vivido, incluso en un trayecto ordinario, tiene un peso eterno.
La esperanza cristiana no niega el vacío que deja la pérdida. No lo llena con frases bonitas. Camina con él. Dice que Dios llora con quienes lloran, que cada lágrima importa, que cada nombre es recordado. Dice que hay un futuro donde el dolor no será borrado como si nunca hubiera existido, sino sanado, abrazado, transformado. Un futuro donde las despedidas no serán definitivas.
Creer en medio de una tragedia así no es sentirse fuerte; es seguir respirando. Es confiar cuando no se entiende. Es permitir que, en medio del derrumbe, una certeza muy pequeña pero muy firme se mantenga en pie: no estamos solos. Ni los que se fueron, ni los que se quedan. El tren descarriló, sí. La historia se rompió. Pero en la fe cristiana hay una promesa que sigue avanzando, incluso entre los escombros: el amor no se detiene, y Dios sigue llevando a destino lo que el mundo dejó a medio camino.