Religión en Libertad

Educación diferenciada: cómo un colegio femenino moldeó mi manera de ver el mundo

¿La educación diferenciada aísla? ¿Dificulta las relaciones entre hombres y mujeres? Mi experiencia personal dice lo contrario. En este artículo explico cómo un colegio femenino me dio seguridad, madurez y una profunda visión cristiana de la feminidad.

Red invisible

Red invisibleFoto de Zuoranyi en

Creado:

Actualizado:

Nunca tuve que defender la educación diferenciada hasta que descubrí que, para muchos, era casi una rareza. Yo simplemente la viví. Crecí en un colegio femenino, rodeada de mujeres que enseñaban no solo materias, sino modos de estar en el mundo. Y lo curioso —lo que siempre desconcierta a quien me pregunta— es que no me ha generado ni un solo problema en mis relaciones con los hombres. De hecho, a veces pienso que quienes temen que un colegio femenino te vuelva incapaz de tratar con el sexo masculino quizá estén proyectando algo más suyo que mío. Mi experiencia fue exactamente la contraria: haber sido educada entre mujeres me preparó mejor para relacionarme con todos, también con los hombres, desde la seguridad interior, la identidad bien plantada y una autoestima que no dependía de miradas ajenas.

Durante esos años de adolescencia, que les aseguro intensa y movida, cuando una aún está haciéndose, dudando y estirándose por dentro, tuve la suerte de aprender de mujeres fuertes, cultas, alegres, espirituales, con carácter y ternura al mismo tiempo. Mujeres que no necesitaban competir entre sí ni demostrar nada. Aquella etapa fue un taller silencioso donde se forjó gran parte de lo que hoy soy: la forma de hablar, la manera de respetar, la capacidad de escuchar con hondura, y esa sensibilidad que no es debilidad, sino profundidad. Pero, sobre todo, me dejó una certeza: la hermandad no es un lema reciente, sino una realidad antigua, una cadena de mujeres acompañándose unas a otras, enseñando con la vida.

A veces pienso que mi colegio era una red invisible, un hilo fino que pasa de generación en generación, una transmisión de sabiduría femenina que no aparece en los currículos pero sostiene la vida. Las amigas de entonces siguen siendo hoy un refugio, un consejo, una lucidez que me rescata cuando el mundo va demasiado rápido. En aquel ambiente pude crecer sin comparaciones innecesarias, sin la presión de gustar, sin tener que medir mi valor según variables externas. Simplemente pude ser, y en esa libertad se construyó una identidad sólida. Y una mujer con identidad sólida no teme al hombre: dialoga con él, coopera, se ríe, ama, camina a su lado sin complejos.

Quizá haya quien piense que separar a chicos y chicas es algo antiguo o artificial. Yo solo puedo hablar desde mi historia: nunca me sentí más libre para crecer que en ese entorno donde podía concentrarme en aprender, conocerme, madurar sin interferencias. Cuando uno se sabe querido, respetado y valorado, sale al mundo sin urgencias, sin la ansiedad de buscar aprobación, sin el peso de tener que demostrar que merece un lugar. Mis primeras amistades mixtas, mis primeros trabajos, incluso mis primeros enamoramientos, no llevaron el sello de ningún trauma educativo; al contrario, llegué a ellos con naturalidad, humor y una curiosidad sana.

Con los años comprendí desde la fe algo que de adolescente solo intuía: Dios educa de manera delicada, gradual y profundamente personal. Cada uno necesita un suelo firme, y la educación diferenciada, en mi caso, fue ese suelo. El Evangelio no uniforma, sino que personaliza. Jesús trataba a cada persona según su historia, su vocación y su herida. La Iglesia siempre ha entendido que hombres y mujeres somos iguales en dignidad, diferentes en expresión y complementarios en misión. En mi colegio aprendí a ser mujer sin miedo a serlo, a descubrir que la femineidad no es adorno ni fragilidad, sino una manera concreta de inteligencia, fortaleza y amor. Y cuando una mujer crece desde esa verdad, no necesita competir con el hombre: simplemente camina con él.

Hoy, con la perspectiva de los años, miro atrás y doy gracias por aquella etapa. Gracias por las profesoras que me enseñaron a confiar en mi voz, gracias por las compañeras que se convirtieron en amigas del alma, gracias por esa red silenciosa que me sostuvo mientras yo aprendía quién era. No sé si la educación diferenciada será la solución para todos, ni pretendo convertir mi experiencia en receta universal, pero sí sé que en mí dio fruto: identidad, libertad y paz. Y eso, al final, es lo más hermoso: que aquella etapa no me separó del mundo, sino que me preparó para abrazarlo con más amor y verdad.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking